Ficha técnica

Título: Mis años grizzly | Autor: Doug Peacock | Traducción: Miguel Ros González | Editorial: Errata Naturae  | Colección: Libros salvajes | Formato: 14 x 21,5 | Páginas: 392 | ISBN: 978-84-16544-01-1| Precio: 21,50 euros

Mis años grizzly

ERRATA NATURAE

El autor de este libro es una leyenda viva: un híbrido perfecto entre Henry David Thoreau y John Rambo. No exageramos: Doug Peacock es un magnífico naturalista, pero también fue Boina Verde en Vietnam. Y a su regreso, como a tantos veteranos, le fue imposible reinsertarse cabalmente en la sociedad civil. Entonces inició un vertiginoso viaje de huida de los hombres y de acercamiento a lo más salvaje que encontró: los osos grizzly. Sólo entre estos animales, los mayores depredadores del continente americano, era capaz de sentirse vivo.

Este libro es el apasionante relato de sus años junto a los grizzlies en los lugares más remotos de Estados Unidos. Años en los que fue dejando atrás el alcohol, las armas y las terroríficas pesadillas sobre la guerra para convertirse en una referencia del activismo ecologista y en uno de los hombres que más sabe de osos en el mundo.

Al fin y al cabo, nadie ha convivido tanto tiempo con estos animales, siempre en soledad, con el máximo respeto y una curiosidad inagotable. Y, por lo tanto, nadie ha narrado tan bien como Peacock la belleza y el riesgo absolutos de esa vida compartida en plena naturaleza salvaje. Tampoco nadie ha luchado tanto por su preservación: a veces impartiendo conferencias y a veces realizando auténticas operaciones de sabotaje.

Lo que tienes en las manos, por tanto, parece una novela de aventuras, pero todo lo que se cuenta es real; y sin duda es un apasionado manifiesto naturalista: una defensa de la vida como algo indómito, para los osos y para los seres humanos. Unas verdaderas memorias salvajes y un libro adictivo.

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LA GRAN NEVADA

Corría mediados de noviembre y una tormenta de nieve estaba llegando a las montañas del noroeste de Wyoming. Un suave chinook mecía las ramas desnudas de una arboleda de álamos temblones que se recortaban contra el cielo plomizo(1). Las hojas de los árboles, ya en el suelo del bosque tras las heladas del breve otoño de las Rocosas, yacían en silencio bajo la capa de hielo y nieve de noviembre. Yo ascendía con gran esfuerzo por la ladera despejada, cargando con una voluminosa mochila, en dirección a una arboleda de abetos, píceas y pinos. Tenía que escalar una cresta de nueve mil pies(2), descender a otro valle, atravesarlo y luego subir por otra ladera muy escarpada, orientada al norte, hasta llegar a la curva de nivel de los nueve mil doscientos pies.

A esa altura, bajo las raíces de un enorme pino de corteza blanca golpeado por un rayo, había un agujero de cinco pies de profundidad que un joven oso grizzly había excavado en la ladera con cuarenta grados de pendiente. Lo sabía porque había visto cómo lo hizo: el 20 de septiembre empezó a sacar decenas de libras3 de tierra y piedras, planeando hibernar allí. Cuando no trabajaba en su guarida, se alimentaba de las piñas recolectadas por las ardillas rojas. Aunque en octubre abandonó la zona, pensé que, si aún no había regresado, esta tormenta lo traería de vuelta.

Las tierras altas de la meseta de Yellowstone eran una región agradable y despejada. Tras vadear un pequeño arroyo descubrí, oculta tras un peñasco, una capa dorada de hojas de álamo que cubría una charca oscura. Las hierbas amarillas aún despuntaban en los campos; a la sombra de las coníferas, las bajas dunas de nieve aguardaban la llegada del invierno. La brisa soplaba al norte, en la ladera de sotavento de la cresta, y un viento fuerte pasaba sobre la cumbre rocosa, en lo alto.

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(1) En la región de las Montañas Rocosas se conocen como chinooks los vientos del oeste que, tras superar las cumbres, soplan cálidos y secos en las laderas orientales, aumentando considerablemente las temperaturas. Aunque se dice que su nombre indio significa «devorador de nieves», por el efecto que logran, los chinooks eran en realidad la tribu que habitaba la zona costera desde donde soplaban dichos vientos. (Todas las notas son del traductor).

(2) Un pie equivale más o menos a la tercera parte de un metro.

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