Ficha técnica

Título: Milagro de la rosa | Autor: Jean Genet | Editorial: errata naturae | Colección: La mujer cíclope | Género: Novela | ISBN: 978-84-937889-8-8 | Páginas: 392 | Formato:  14 x 21,5 cm. | PVP: 21,90 € | Publicación: 29 de Noviembre 2010

Milagro de la rosa

ERRATA NATURAE

Milagro de la rosa fue escrita en una celda de la mítica cárcel parisina de La Santé. Redactada clandestinamente en pedazos de papel robados de los talleres de esta prisión, destinados originalmente a la fabricación de bolsas, es una de las grandes novelas autobiográficas de la segunda mitad del siglo XX. En ella, el sexo y el amor son siempre extremos; y la violencia y la catástrofe aparecen siempre envueltas por el rito.

El amor, tan puro y extraño como esas flores que crecen en el fango, se eleva sobre las vivencias en cárceles y correccionales para convertir su lectura en una experiencia nueva y renovadora, donde la sordidez conforma la verdadera belleza literaria, mientras seguimos leyendo, seducidos y fascinados por esta historia de historias.

Hermosa y demoledora, Milagro de la rosa anticipa en muchos de sus pasajes la contracultura europea y norteamericana que estaba por nacer: de la potencia descarnada de la poesía de Allen Ginsberg al humor provocador de Joe Orton; de las imágenes tortuosas de Fassbinder y el Nuevo Cine Alemán a la prosa carnal de Hanif Kureishi en Mi hermosa lavandería o Intimidad.

He aquí un corazón al desnudo, según reclamara Baudelaire. Una obra rotunda para lectores audaces y descarados.

 

PÁGINAS DEL LIBRO

DE TODOS LOS PENALES DE FRANCIA, Fontevrault es el más turbador. Fue el que me dio la mayor impresión de desvalimiento y desconsuelo; y sé que los presos que han pasado por otras cárceles notaron, sólo con oírlo nombrar, una emoción y un sufrimiento semejantes a los míos. No intentaré desentrañar la esencia de su poder sobre nosotros: ya le venga de su pasado, de sus abadesas, infantas de Francia, de su aspecto, de sus paredes, de su hiedra, de los presidiarios de paso para Cayena, de esos presos más malvados que en otros lugares, de su apariencia, da lo mismo, pero yo sumo a todas esas razones esta otra: que fue, mientras yo estaba en la Colonia de Mettray, el santuario hacia el que se elevaban los sueños de nuestra infancia. Notaba que entre aquellas paredes se conservaba -como en la custodia se conserva el pan- la mismísima forma del futuro. Mientras que el chiquillo que era yo por entonces se enroscaba en la hamaca, abrazando a un amigo (los rigores de la vida nos obligan a buscar una presencia amiga, pero creo que son los rigores del presidio los que nos arrojan unos hacia otros con unos ataques de amor sin los que no podríamos vivir: el brebaje encantado es la desdicha), ese chiquillo sabía que su forma definitiva residía en lo que viniera tras aquéllos, y que aquel penado a treinta tacos era la plasmación última de sí mismo, el último avatar que la muerte haría definitivo. Y, por último, Fontevrault aún reluce (aunque con resplandor empalidecido, muy suave) con los destellos que, en su corazón más oscuro, los calabozos, lanzó Harcamone, condenado a muerte.

   Al salir de la cárcel de La Santé rumbo a Fontevrault, ya sabía que estaba allí Harcamone, a la espera de que lo ejecutasen. Me embargó, pues, al llegar, el misterio de uno de mis ex compañeros de Mettray, quien supo llevar esa aventura común a todos nosotros hasta el extremo más sutil: la muerte en el patíbulo, que nos concede la gloria mayor. Harcamone «triunfó». Y, al no ser ese éxito de orden terrenal, como la fortuna o los honores, me causaba el asombro y la admiración propios del hecho consumado (incluso el más simple resulta milagroso), y también ese temor que trastorna a quien presencia una operación de magia. Los crímenes de Harcamone no me habrían afec-tado quizá el alma si no lo hubiera conocido de cerca; pe-ro el amor que siento hacia la belleza anheló tanto para mi propia existencia la coronación de una muerte violenta -sangrienta más bien-, que, dado que mi aspiración a una santidad de ecos amortiguados me impediría que esa muerte fuese heroica según los hombres, me movió secretamente a elegir la decapitación, que tiene a su favor que es reprobada: se reprueba la muerte que da, e ilu-mina a su beneficiario con una gloria más oscura y suave que el terciopelo bajo la llama danzarina e ingrávida de las magnas honras fúnebres; y los crímenes y la muerte de Harcamone me mostraron, como si lo desmontaran, el mecanismo de esa gloria alcanzada al fin. No es humana una gloria así. No conocemos ejecutado alguno cuya ejecución haya bastado para aureolarlo de la misma forma que vemos aureolados a los santos de la Iglesia y a las glorias del siglo, pero, no obstante, sabemos que, de entre los hombres que recibieron esa muerte, los más puros sintieron en sí, en las cabezas cercenadas, cómo se posaba en ellas la corona, pasmosa e íntima, de joyeles arrancados de la oscuridad del corazón. Todos supieron que, en el ins- tante mismo en que cayera su cabeza en el cesto del serrín, y la agarrase por las orejas un ayudante, cuyo papel me parece no poco extraño, unos dedos enguantados de pu-dor le recogerían el corazón y lo llevarían a algún pecho de adolescente ornado como una fiesta de primavera. Era, pues, a una gloria celestial a la que aspiraba, y Harcamone la había alcanzado antes que yo, tranquilamente, merced al asesinato de una niña y, quince años después, al de un boqui de Fontevrault.

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