Ficha técnica

Título: Mi romance | Autor: Gondon Lish | Traducción: Juan Sebastián Cárdenas | Editorial: PeriféricaColección: Largo Recorrido | Páginas: 144 | ISBN: 978-84-92865-97-0 | Precio: 16 euros

Mi romance

PERIFERICA

El narrador que nos habla en esta novela desde el estrado de un congreso de escritores en Long Island nos cuenta que trabajó para la revista Esquire y, más tarde, fue editor en Knopf. Y lo hace delante de «personajes reales» como el escritor James Salter o el crítico Denis Donoghue. Pero ¿es verdad todo lo que se cuenta aquí o se trata de una ficción?

Concebida como un monólogo improvisado por un escritor y editor excéntrico y misterioso llamado Gordon Lish, con sus libros y su sed de whisky a cuestas,

Mi romance trata -más que de literatura y autores, más que de su ejercicio como famoso y controvertido editor, más incluso que de su psoriasis o sus ropas holgadas o sus posibles «romances» o su relación con el dinero- de la familia y de la vecindad de la muerte: dos de sus temas habituales. Y ambos son abordados en clave tanto de humor como de intriga; aunque en un sentido, digamos, beckettiano.

Estas páginas parecen tejidas, como ya señalara la crítica norteamericana, a partir de una madeja llena de nudos, y nos hablan del aparente desorden del mundo, su complejidad y su extrañeza. Pero al extender ese hilo sin desenredar del todo, el tejido que obtendremos, caótico en parte para algunos, será en todo idéntico a muchas vidas contemporáneas, un sudario perfecto incluso.

¿Caos o, más bien, pequeñas miserias? ¿Cinismo o, en realidad, verdades profundas? No estamos ante una novela «fácil», no; aunque quién dijo que la vida era fácil.

Comienzo del libro

Qué incómodo debió de ser para todos vosotros que el recorrido, el espacio entre esta tribuna y el lugar donde me hallaba hasta hace poco sentado junto a Jim Salter, haya sido por necesidad tan largo; y debió de ser aún peor, como ya habréis podido oír, el hecho de no haber contado con la gracia de vuestros aplausos. Como sea, la distancia era demasiado larga para la conveniencia de cualquier espectáculo. Y encima me demoré aún más por culpa de todos estos libros que, como veis, he cargado hasta aquí arriba. A decir verdad, todavía no sé si os voy a leer o no alguno de estos libros, aunque puedo aseguraros que sé muy bien por qué este volumen está entre los libros que traje. Oh, no, en ningún caso lo he traído para leerlo en voz alta, sino más bien para enseñarlo en público antes de entregárselo a Bill Roberson como debida muestra de mi gratitud por la invitación a su congreso de escritores de la Universidad de Long Island -supongo que así se llama el evento-, verano tras verano. Como podéis ver, se trata de Q14, o dicho de manera más formal, se trata del decimocuarto número de The Quarterly, la revista literaria que yo mismo edito con el generoso respaldo de Random House. En cualquier caso, quiero que veáis este ejemplar del último número de la revista y que, ojalá, sintáis el urgente impulso de salir a compraros vuestro propio y estupendo ejemplar, antes de que yo le entregue éste a Bill Roberson como una pequeña retribución por las copiosas muestras de cortesía que ha tenido conmigo antes de que yo subiera a esta tribuna. Por cierto, debo hacer notar que esta noche, por primera vez en todos los veranos que he estado viniendo a Southampton a leer por las tardes y a dar clases por la mañana, es mi deber, creo yo, es mi deber deciros que esta noche, de verdad, hice el esfuerzo de pedir un whisky ahí fuera, en el vestíbulo, antes de emprender mi larga marcha hasta aquí arriba. De hecho, ésta es, creo recordar, o quizás no estoy dispuesto a admitir lo contrario, ésta es la primera vez en años que le pido un trago a alguien. Veréis, antes solía beberme una botella y media al día, a veces incluso dos botellas al día, una cantidad que, por cierto, supongo, me complace revelaros, pues soy un tipo bajito, como ya habréis visto, no soy muy alto que digamos, desde luego lo habréis notado, y un consumo semejante de whisky obviamente es una cosa salida de madre y bastante desproporcionada. Pero dejé de hacerlo, dejé de beber así, de hecho, dejé el whisky por completo en 1983, creo que fue ese año. Estoy casi seguro de que ése fue el año en que dejé de hacerlo, memorizar datos no es precisamente mi fuerte, cosa que mis profesores de gramática en la escuela no consiguieron comprender y menos retener sin cierta dificultad. Bueno, quizás me haya tomado alguna copa en algún lugar en esos siete años. No sé decir cuándo. Lo que sí puedo aseguraros es que lo hice con Denis Donoghue, un detalle que tal vez recuerdo ahora debido al tamaño de Donoghue, que era un tipo tan alto, tan alto pero tan alto, un tipo inmenso comparado con cualquiera que sea como yo. Bueno, sí, sí, fue justo después de una noche de no sé qué cosa pasmosamente absurda organizada en la Universidad de Nueva York, una especie de camarilla literaria espantosa que se montó allí en NYU.

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