Ficha técnica

Título: Mi educación | Autora: Susan Choi | Traducción: Laura Vidal  | Editorial: Alba |Colección: Contemporánea | Presentación: Rústica | Páginas: 432 | ISBN: 97884-90650356 | Precio: 22 euros

Mi educación

ALBA

Cuando Regina Gottlieb llega a la universidad, ya le han hablado del que va a ser su profesor de literatura. Un admirador de Polanski que a veces se encierra en su despacho y pide a sus alumnas que le lean versos en la oscuridad. Pero nadie le ha dicho que era tan atractivo. Tampoco le han advertido de la extraordinaria belleza de Martha, su mujer, que, cuando la novela empieza, está a punto de tener un niño.

Mi educación es a la vez una novela de campus y una historia de amor obsesivo. Una lúcida descripción de lo que el tiempo hace con la pasión. Susan Choi nos ofrece una historia que se lee con a misma intensidad con la que viven sus personajes.

«Para decirlo brevemente, Susan Choi ha escrito un libro genial.» Michael Cunningham

«La escritura de esta novela es magistral. Me afectó personalmente. Me obsesioné con ella. Necesitaba leerla sin parar.» Meg Wolitzer

«Choi es una escritora elegante e intuitiva. Sus novelas sorprenden por la belleza visual de sus descripciones. » The New York Times

«Un análisis fascinante de política sexual y de los muchos disfraces del deseo. » The Daily Beast

 

1992

Desde mi llegada la semana anterior había estado oyendo hablar de una persona con mala fama y ahora, al entrar en el atestado salón de actos, reparé en un hombre de lo más llamativo. Es él, me dije, lo que por supuesto era absurdo. Era una universidad inmensa, con cientos de almas. No había motivo alguno por el que aquellas dos maneras de llamar la atención -notoriedad escandalosa y un atractivo excepcional, incluso siniestro- debieran coincidir en la misma persona. Y sin embargo así era. Aquel hombre era Nicholas Brodeur, aunque eso no lo supe hasta más tarde.

     La primera vez que le vi, antes incluso de estar segura de quién era, tuve claro que su atractivo estaba acompañado de altas dosis de ridiculez. Llevaba un abrigo de paño largo en pleno septiembre. El pelo rubio sucísimo sobresalía en mechones pajizos de punta debido al uso generoso de algún fijador, como si estuviéramos en 1982 y no en 1992, y llevaba unas gafas de sol como las de Lennon, con lentes completamente negras, como si estuviera al aire libre y no en un lugar cerrado. En líneas generales, y en consonancia con su parecido a un cartel de los Joy Division, se comportaba como si tuviera veinte años y no, como luego sabría, casi cuarenta. Pero con todo y con eso seguía siendo, y con diferencia, el hombre más atractivo de la sala y desde luego el más atractivo que había visto yo en carne y hueso hasta aquel entonces. Aún no había vivido en ninguna de las grandes ciudades del mundo en las que se congrega esta clase de especímenes, pero ahora que ya lo he hecho sigo incluyéndolo en esa categoría. Y él debía de saberlo; había en su actitud una suerte de vanidad a la inversa, la insinuación de que lo ridículo de su indumentaria era el resultado de cierta impaciencia respecto a los efectos que producía su belleza. Estaba de pie al fondo, solo, con los pies separados de la pared y la espalda apoyada en la misma. Las comisuras de la boca ligeramente levantadas en una expresión ambigua que no llegaba a ser una sonrisa. Tenía las manos metidas en los profundos bolsillos del abrigo. Aquella actitud chulesca tan fuera de lugar parecía atraer a todos los que le miraban, yo entre ellos.