Ficha técnica

Título: Mi año de asesino | Autor: Friedrich Christian Delius | Traducción: Lidia Álvarez Grifoll   | Editorial: Sajelín | Género: Novela | ISBN: 978-84-940627-5-9 | Páginas: 330 | Formato:  13 x 19 cm.  | PVP: 19,00 € | Publicación: 6 de mayo de 2012

Mi año de asesino

SAJALÍN

Berlín, 6 de diciembre de 1968. Un joven estudiante de filosofía escucha, en la emisora de radio del sector americano, la noticia de la absolución de R., un ex juez nazi responsable de 230 condenas a muerte. Atónito ante este hecho, el joven decide investigar al juez con el propósito de asesinarlo y de escribir un libro que justifique su acción. Muy pronto su atención se dirige hacia el destino de una de las víctimas del juez absuelto: Georg Groscurth, reputado médico alemán y uno de los fundadores de la organización clandestina Europäische Union (Unión Europea). Movidos por el anhelo de restablecer los derechos fundamentales democráticos y de derrotar al fascismo en toda Europa, los miembros de la Unión Europea asistieron a un buen número de perseguidos del Reich y llevaron a cabo todo tipo de actividades de resistencia durante la Segunda Guerra Mundial. Tras ser delatado, Georg Groscurth fue ejecutado en 1944; más de dos décadas después, Anneliese Groscurth, lejos de ver la memoria de su marido reparada, sufre ella misma el acoso de las autoridades de la República Federal Alemana, inclementes con quienes juzgan sospechosos de simpatizar con el Este. En las calles de Berlín, a menudo tomadas por estudiantes, se extiende un clamor que exige justicia y venganza contra los antiguos nazis que campan a sus anchas por los pasillos de la administración; el joven determinado a asesinar al juez R. quiere dar el primer paso.

«Un retrato emocionante y de gran rigor histórico sobre la justicia alemana de los años sesenta.» Die Zeit

 

Una voz libre del mundo libre

     Fue el día de San Nicolás, al anochecer, cuando recibí el encargo de convertirme en asesino. Casi al instante, aunque con cierta ligereza atolondrada, estuve conforme. Una voz masculina y firme procedente del aire, del éter infinito, me azuzó; no fue un demonio, no fue un dios, sino un locutor que leía el parte y que, a través de una especie de segunda pista de audio, me exhortaba, susurrándome al oído, a asesinar al asesino R. Una voz de la RIAS, la emisora de radio del sector americano, y encima el día de San Nicolás: comprendo que, ahora que confieso un atentado que prescribió hace mucho tiempo, habrá quien me tome por loco o tome por loco a quien yo era entonces.

     Nadie conoce mi secreto, la policía percibió tan poco como mis mejores amigos el instinto asesino que yo ocultaba, y puesto que se me consideraba una persona tranquila y pacífica, mi silencio cuando se tocaba el tema de los asesinatos y la violencia nunca resultó sospechoso. Ahora puedo hablar, ha llegado la hora de confesar. Progresivamente van aumentando las ganas de poner en marcha el tren fantasma de los recuerdos y de bajar a la pequeña vivienda del sótano, donde un estudiante enciende la radio, alimenta con carbón la estufa de cerámica, pone a hervir agua para el café soluble y no puede resistirse al aroma de las galletas que la madre le ha enviado en el paquetito de Adviento.

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