Ficha técnica

Título: Mentiras aceptadas | Autor: José María Guelbenzu | Editorial: Siruela | Colección: Nuevos Tiempos 264 |  Género: Novela | ISBN: 978-84-15803-44-7 | Páginas: 432 | Formato:  14,5 x 21,5 cm. | Encuadernación: Rústica con solapas | PVP: 19,95 € | Publicación: 2013

Mentiras aceptadas

SIRUELA

Gabriel, un guionista de televisión de mediana edad, divorciado y padre de un hijo preadolescente, presencia en una calle de Madrid un accidente de tráfico que le cuesta la vida a un niño. Justo ese mismo día, la muerte del actor protagonista de la exitosa serie original de Gabriel desencadena un cambio en su vida. Poco tiempo después, un oscuro asunto conmueve la cúpula del banco del que es consejero el actual esposo de su ex mujer, Isabel; es un asunto en el que ella se embarca por ambición y que acaba redundando en beneficio de su nuevo amante, un magnate hecho a sí mismo que cubre todas las ambiciones de ascenso social de Isabel. Gabriel, preocupado por la educación de su hijo, tantea la posibilidad de hacerse con la guarda y custodia del chico para evitar que se eduque en un ambiente que considera nocivo. Ésta es la historia de un variopinto mundo de personas que vive en un medio en el que se confunde la realidad con la conveniencia, lo que convierte la vida de todos ellos en una suerte de mentira general, aceptada y consentida. Ahí teje la novela una compleja visión de nuestro país, pero es en la figura de Gabriel y en su preocupación por el futuro de su hijo y de los valores morales que desearía inculcarle, donde se concentran la debilidad y la fortaleza de un personaje al que le toca vivir sobre el suelo de inseguridad que pisa el ser humano en el principio del nuevo siglo. 
 

I

La nevada 

     En la terraza acristalada del Café de la Plaza, Gabriel Cuneo levantó la mirada de las páginas del diario que estaba leyendo y vio pasar un tropel de niños agitando el aire con sus voces chillonas y alegres. Pensó en el preadolescente Martín, en el colegio con sus compañeros. Pensó en que era lunes y que hasta el sábado por la mañana no lo recogería para pasar otro fin de semana juntos, pero, con todo, su corazón se alegró. Después encendió un cigarrillo y se quedó en actitud distraída al tiempo que exhalaba lentamente el humo, como si le complaciera verlo disiparse en el aire. Cuando se desvaneció, sus ojos se encontraron con el dibujo de una mariposa tallada en el centro de cada una de las grandes lunas de la cristalera que lo protegía del frío y le pareció una mariposa helada. Satisfecho, se inclinó hacia delante en busca de su taza de café negro. En ese momento, un agudo haz de gritos se confundió en sus oídos con un violento chirrido metálico; pero lo que le estremeció fue el sonido duro y seco de un cuerpo alcanzado por un impacto: un sonido grave, funeral y modesto.

     No quiso echar a correr en dirección al tumulto que se estaba formando en la calle sino que permaneció pegado a la silla, tratando de conjurar lo presentido. Contempló obstinadamente los objetos desplegados sobre la mesa: la taza de café en primer lugar, el periódico abierto, el azucarero, la cucharilla sobre el mármol, bajo la que asomaba una gota oscura, el servilletero de hojas de celulosa, sus propias manos aferradas a los bordes de la mesa deteniendo el primer impulso de saltar adelante. Sólo después de un minuto fue capaz de levantar la cabeza y, acto seguido, se puso en pie. La terraza había quedado vacía y en el interior del café sólo algunos clientes se asomaban para mirar más allá de la cristalera. Gabriel atravesó la terraza en dos zancadas sorteando las mesas y salió al exterior. El frío le recibió cortante. Un numeroso grupo de personas se agolpaba unos metros más allá, en la esquina de la calle, empujándose unos a otros en estado de agitación y manifestando en sus ademanes una ostensible fatalidad.

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