Ficha técnica

Título: Mendelssohn en el tejado | Autor: Jiri Weil   | Traducción: Diana Bass | Prólogo: Philip Roth | Editorial: Impedimenta  | Formato: 13 x 20 cm. |  Presentación: Rústica | Fecha: 2016 | Páginas: 328| ISBN: 978-84-16542-34-5 | Precio: 22,50 euros

Mendelssohn en el tejado

IMPEDIMENTA

Junto con Primo Levi, Ana Frank y Elie Wiesel, Weil es uno de los grandes cronistas de un período clave de la historia europea, que, además, se atreve a retratar magistralmente los dilemas psicológicos de aquellos que se vieron obligados a colaborar con los nazis.

Praga, 1942. Julius Schlesinger, aspirante a oficial de las SS, ha recibido de sus superiores la orden de retirar del tejado del Rudolfinum la estatua del judío Felix Mendelssohn. Pero ¿cuál de las efigies es la del insigne compositor? Schlesinger decide llevar a la práctica las enseñanzas recibidas en un curso de «ciencia racial», y ordena a sus hombres que derriben la que tenga la nariz más grande. Solo que la estatua que eligen resulta ser la de Richard Wagner. Mendelssohn en el tejado ofrece una mirada satírica de la vida cotidiana en una Praga asolada por la ocupación nazi. Una obra maestra sobre el mal, el dolor, el poder, la violencia y el sufrimiento que nos muestra que, a pesar de nuestro triste destino, el ser humano encuentra siempre nuevas maneras de sobrevivir.

«Weil escribe sobre la brutalidad y el dolor con una sutileza que es en sí misma el comentario más feroz que puede hacerse del lado más oscuro de la vida.» Philip Roth  

 

I

     Antonín Bečvář y Josef Stankovský se encontraban en el tejado, caminando entre las estatuas. La tarea no era peli-grosa, puesto que dichas estatuas se alzaban sobre una balaustrada y, además, la terraza no tenía inclinación alguna; era casi completamente plana. Julius Schlesinger, funcionario municipal y aspirante a las SS -no a la élite de las SS, tan solo a soldado raso, sin graduación alguna-, no se atrevía a salir a la azotea. Si su rango hubiera sido mayor, no habría tenido que perder su tiempo en cosas como esta. Tal vez incluso podría haber conseguido un cargo más lucrativo en la Gestapo, pero al menos su empleo en el ayuntamiento le permitía vivir con cierta holgura. Además, ¿a qué puesto hubiera podido aspirar si en realidad solo era un simple cerrajero? Pero si le hubieran ascendido, también podrían haberle mandado directamente a combatir al frente oriental, algo que no le hubiera gustado en absoluto. Hasta el momento, le había ido bien en el ayuntamiento; solo a partir de entonces comenzarían sus pesares.

     No quiso salir a la azotea. Los empleados municipales se reían maliciosamente a las espaldas de semejante cobarde, que temía pasar de la puerta y se limitaba a darles órdenes a voz en grito. Eso sí, con los alemanes había que andarse con sumo cuidado: habían encarcelado o deportado a muchas personas al Reich por menos. Puede que tal vez precisamente por no haber obedecido una orden de inmediato.

     Schlesinger era de la ciudad de Most -en la región de los Sudetes-, cuyos habitantes hablaban el idioma de sus vecinos checos, y durante un tiempo estuvo trabajando en la fábrica de los Ringhoffer. Antes incluso de que se estableciera el Protectorado, los nazis ya le habían encomendado una tarea. Su misión resultó ser tan delicada -llegó a hacerse pasar por socialdemócrata alemán para infiltrarse entre los obreros- que tenía que reconocer que pensó que recibiría una recompensa mayor por sus servicios. Sin embargo, solo consiguió que le dieran un puesto de funcionario municipal, eterno aspirante a las SS. Y la culpa la tenía su nombre. De haberse llamado Dvorzacek o Nemetschek, todo habría sido diferente. Cientos de personas salen adelante con nombres semejantes sin tropezar con ningún obstáculo. Sin embargo, el apellido Schlesinger, y además precedido del nombre Julius, tenía toda la pinta de ser judío, y despertaba desconfianza entre la gente allá por donde iba. Él llevaba siempre consigo sus certificados de raza aria, cuya pureza se remontaba hasta su bisabuelo y su bisabuela, pero aquello no dejaba de resultar sospechoso, y los documentos también se podían falsificar. ¿No había falsificado él mismo los papeles que había presentado ante el responsable del Gobierno de Most para conseguir trabajar en la fábrica de los Ringhoffer?

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