Ficha técnica

Título: Memorias de una suegra | Autor: George R. Sims | Traducción: Alejandro Palomas | Editorial: Siruela | Colección: Libros del Tiempo 325 | Encuadernación:Cartoné (Disponible en EPUB, Kindle) | Dimensiones:145 x 215 mm | Páginas: 228 | ISBN:978-84-16280-36-0 | Precio: 17,95 euros | Ebook: 9,99 euros

Memorias de una suegra

SIRUELA

En este clásico, George R. Sims retrata con humor y maestría la figura de la suegra y su sempiterna fama, consiguiendo así una joya satírica que merece la pena saborear.

La señora Jane Tressider nunca ha tenido miedo de decir lo que piensa, ni siquiera para reconocer que al hacerlo haya podido ofender a alguien. En cualquier caso, siendo madre de nueve hijos, no puede permitirse el lujo de que esa pequeña flaqueza interfiera en su labor, que no es otra que la de mantener a raya a su irresponsable marido mientras se encarga de llevar no solo su propia casa, sino también las de sus siete hijos e hijas ya casados.

Partiendo de la premisa de que las suegras han sido mal entendidas y nadie se ha puesto jamás de su lado, Jane está decidida a poner las cosas en su sitio y a defender al grupo más difamado que existe sobre la faz de la tierra. El resultado es este diario, una hilarante comedia de modales y una sutil sátira de costumbres y actitudes típicamente eduardianas.

Memoria I
Yo

Desde tiempos inmemoriales las suegras han sido constantemente objeto del ridículo y del desprecio. No estoy del todo segura del uso que debe darse a la palabra «inmemorial», porque no soy una autora profesional y, cuando yo era niña, las jovencitas no tenían la cultura que tienen hoy. Me educaron para que aprendiera a escribir, a coser, a cocinar correctamente y, debo añadir sin tardanza, a hablar con corrección, algo que heredé de mi querida madre.

Mi querida madre siempre decía lo que pensaba. En muchas ocasiones la oí decir a mi querido padre, cuando él la regañaba por algo que ella había dicho en público: «No puedo evitarlo, Zachariah. Siempre digo que lo pienso, y siempre lo haré, tanto si ofende a la gente como si no».

En cuanto a mí, ya de pequeña decía siempre lo que pensaba. Lo hice también de jovencita y, aunque soy ya una mujer de mediana edad, sigo haciéndolo aún, y tengo intención de hacerlo en estas memorias. Sé que a veces he causado alguna ofensa al obrar así. Una mujer con cuatro hijas casadas y tres hijos también casados, una hija soltera que vive en casa y el menor de todos, un niño de once años encantador, listo y algo travieso, además de un esposo incapaz de matar una mosca, a menos que la mosca sea su esposa, y que durante los treinta y cinco años de nuestra vida marital me ha permitido no solo decir todas las cosas desagradables, sino también hacerlas, mientras él se mantiene al margen, no puede evitar ofender de vez en cuando si es honesta y franca.

Por supuesto, si mi esposo (y no es mi deseo decir una sola palabra contra él como hombre) hubiera cumplido con sus obligaciones como marido y como padre, yo no tendría que cargar con la reputación de ser una «fiera» en ciertos círculos. Esa es la elegante expresión que oí en su día aplicada a mi persona y en mi propia casa en boca del joven repartidor de una ferretería y de mi propia criada.

Fiera o no, no permití que el jefe del muchacho se burlara de mi esposo, que sinceramente tiene la misma idea del valor de las cosas que un niño y al que jamás deberían permitirle entrar solo en una tienda. Mi marido se cree todo lo que le dicen los tenderos y odia lo que él llama «regatear» por el precio de las cosas. En una ocasión dejé que me acompañara a comprarme un sombrero, porque me dijo que había visto uno en un escaparate que creía que me favorecería, y debo decir que hizo una escena de no poco calado. En cuanto me hube probado una media docena, empezó a mover nerviosamente el bastón y los pies y quería que me llevara una cosa horrenda que me daba el aspecto de un auténtico esperpento. Naturalmente, me di cuenta de lo que ocurría. Él creía que yo estaba importunando a la joven dependienta.

-Ah, claro -le dije-. Te trae sin cuidado que parezca un esperpento. Solo te preocupan los demás.

Lo dije en voz alta y él se puso como la grana, una fastidiosa costumbre que tiene cuando me dirijo a él en público.

-No pretendo que parezcas un esperpento, querida -tartamudeó-, pero no irás a probarte todos los sombreros de la tienda y marcharte después sin haber comprado ninguno

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