Ficha técnica

Título: Memorias de un francotirador en Stalingrado | Autor: Vasili Záitsev | Traducción: David Paradela López | Editorial: Crítica | Colección: Memoria Crítica | Páginas: 232 | Género: Novela | Formato: 15,5 x23 | Encuadernación: Rústica con solapas | ISBN: 978-84-9892-652-1 | Precio: 20,90 euros |Ebook: 14,99 euros

Memorias de un francotirador en Stalingrado

CRÍTICA

Nacido en los Urales y habituado a la caza, Vassili Záitsev era un tirador excepcional, como lo demostró en la batalla de Stalingrado, donde, según sus propias palabras, «maté a 242 alemanes, incluyendo más de diez tiradores enemigos». Este libro es el relato personal de su experiencia en la guerra, sin las manipulaciones con que la falseó el cine en «Enemigo a las puertas». Lo que da un valor excepcional a este relato es el hecho de que nos ofrece el testimonio de alguien que vivió personalmente el salvajismo de la que ha sido considerada como la batalla más sangrienta de la historia: una «guerra de ratas» entre las ruinas, donde la esperanza de vida de un nuevo combatiente no pasaba de las 24 horas, y que acabó cobrándose de tres a cuatro millones de bajas. Las Notas de un francotirador de Záitsev, un libro que consigue transmitirnos la experiencia del combate tal como la vive un soldado, es un auténtico clásico de la literatura de guerra.

 

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INFANCIA Y JUVENTUD

Todo el mundo recuerda su infancia. Algunos rememoran aquellos días con amargura, otros con sentimiento y orgullo: «¡Ah, qué infancia la mía!». Sin embargo, nunca he tenido ocasión de oír a nadie tratando de definir cuándo empieza o acaba la juventud. Por lo que a mí respecta, lo ignoro. ¿Por qué? Probablemente porque damos nuestros primeros pasos en el territorio de la infancia sin percatarnos y sin que de ellos quede rastro en la memoria, y porque el paso de la infancia a la juventud se produce de forma espontánea y pueril, sin una visión reflexiva sobre el mundo. No por nada hablamos de «niños mayores». Se hace difícil decir a qué edad empezamos a llamarlos así. En ocasiones, incluso, nos encontramos con «niños» que pasan de los veinte años, aunque difícilmente se puede presumir de ese tipo de infancia.

     En mi recuerdo, el final de la infancia está marcado por las palabras de mi abuelo Andréi, que un día me llevó con él a cazar y, tras ponerme un arco y unas flechas de factura casera en las manos, me dijo:

     -Dispara apuntando con firmeza y mira a los ojos de tu presa. Ya no eres un chiquillo.

     A los niños les gusta jugar a ser mayores, pero aquello no era un juego. En los bosques habitan animales salvajes de verdad, bestias hábiles e inteligentes, no como las de las fantasías. Pongamos que queremos echarle un vistazo a una cabra – para ver qué clase de orejas, de cuernos o de ojos tiene-; para ello, hay que camuflarse de tal modo que el animal nos mire como si fuéramos un arbusto o una brizna de heno. Hay que permanecer inmóviles, sin respirar ni pestañear. Si lo que queremos es acercarnos a la madriguera de un conejo, tendremos que reptar en la dirección del viento, para que bajo nuestro peso no cruja ni una sola hebra de hierba.

     Debemos ser uno con el suelo, pegarnos a él como una hoja de arce y avanzar en silencio. Al conejo hay que cazarlo de un flechazo certero. 

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