Ficha técnica

Título: Masacre | Autor: Mark Danner |  Traducción: Rocío Gómez de los Riscos   | Editorial: Malpaso Páginas 336 | Formato: 15 x 21 cm  |  Encuadernación: Tapa dura  Precio: 22 euros |  Fecha: septiembre 2016

Masacre

MALPASO

En diciembre de 1981 un batallón de soldados salvadoreños entrenados por el ejército de los Estados Unidos entró en el Mozote. Mataron a centenares de mujeres, hombres y niños. A muchos de ellos los decapitaron. Aunque la masacre fue denunciada en el país de Ronald Reagan, con fotografías y otras pruebas, el gobierno lo tachó de propaganda, la sociedad civil olvidó el caso y, lo que todavía es más grave, la guerra del país centroamericano continuó con su terrible destrucción de vida, gracias al capital y a la logística estadounidenses.

No fue hasta 1993, cuando Mark Danner publicó su mítico reportaje en The New Yorker «La verdad sobre El Mozote», que los periodistas y los políticos de los Estados Unidos tomaron conciencia de la gravedad de los eventos ocurridos más de una década antes. Aquel texto se convirtió en un libro legendario. Con maestría, el cronista no sólo encaja todas las piezas de la reconstrucción histórica, con datos, testimonios y pruebas; va más allá y nos convence, con las herramientas del mejor periodismo de investigación y de la mejor literatura de lo real, que ha llegado al mismo corazón de la verdad. 

«Mark Danner es uno de nuestros mejores y más ambiciosos cronistas. Sólo escribe de aquello que conoce a fondo, de aquello que le interesa con pasión. […] Un libro admirable y necesario.» Susan Sontag

«Muy de vez en cuando un escritor reexamina un episodio polémico de la historia reciente de un modo tan minucioso e íntegro que la verdad no puede seguir siendo puesta en duda. Mark Danner ha hecho justamente eso.» Anthony Lewis, The New York Times

«Esta crónica de lo sucedido en El Mozote nos sobrecoge en tres planos: el de la matanza misma, el del encubrimiento y el de la prensa. Se trata, además, de una brillante pieza literaria.» Frances FitzGerald 

 

1.

LA EXHUMACIÓN

Cuando viajas a las cumbres de Morazán envuelto en la luminosa claridad del aire, ya cerca de la frontera conHonduras, cruzas el río Torola por un estrecho puente de madera cuyos tablones crujen al paso de las ruedas y te adentras en la más violenta de las antiguas zonas rojas salvadoreñas (ése era el término que empleaban los militares durante la larga década de guerra civil). Tras un rato de ascenso abandonas el castigado asfalto para continuar varios kilómetros por un áspero camino de tierra que bordea una ladera recorriendo poblaciones en ruinas que lenta y penosamente regresan a la vida. Entre ellas hay una aldea, ahora apenas un montón de escombros, que la naturaleza se apresura a recuperar: los muros de adobe se agrietan y desmoronan abriéndose a una invasión de hierbajos alimentada por los aguaceros de la tarde y la espesa niebla nocturna del valle.Cerca de allí, en los pueblos tanto tiempo deshabitados, se aprecian indicios de vida, incluso en Arambala, como a un kilómetro y medio, con su amplia plaza cubierta de hierba rodeada por edificios derrumbados y dominada, donde una vez hubo una hermosa iglesia, por un campanario acribillado a balazos y un arco dentado de adobe que se alzan contra el cielo: un niño lleva una vaca baya atada a una cuerda; un hombre con gorra y vaqueros camina fatigado cargando madera a sus espaldas; tres niñas se asoman de puntillas tras la barandilla de un porche y sonríen a un coche que pasa.

     Pero si sigues por el camino pedregoso, que serpentea y se retuerce por el bosque, en pocos minutos entras en un gran claro y, allí, todo está tranquilo. Nadie ha vuelto a El Mozote. Vacío y salpicado por la luz del sol, el lugar sigue siendo espantoso, comomedijo estremecido un joven guerrillero que patrulló por aquí durante la guerra: espeluznante, pavoroso, horrible. Después de echar un vistazo, seis estructuras (sin techo, sin puertas y sin ventanas, medio engullidas por la maleza) apuntan a una cierta pauta: las cuatro ruinas de la derecha debieron de delimitar la calle principal, la quinta, el principio de un carril lateral y, en el lado opuesto de un claro, a pesar de que no se ve iglesia alguna, debió de haber una plaza pública, ahora apenas un montículo irregular, una especie de plataforma de tierra casi invisible debido a una gran maraña de maleza y matorrales.

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