Ficha técnica

Título: María Chapdelaine | Autor: Louis Hémon | Prólogo de: Alicia Mariño |  Traducción de:  A. Hernández Catá | Editorial: Ediciones del viento | Colección:  Viento Simún nº 38 | Páginas: 168 | Género: Ensayo | Precio: 17 € | ISBN: 978-84-96964-27-3

 

Ediciones del Viento recupera María Chapdelaine, de Louis Hémon, obra cumbre de la literatura «quebecoise«. Se une así a los actos de homenaje a esa región canadiense que cumple 400 años de su fundación. La obra se edita coincidiendo con el LIBER, que este año está dedicado a Québec. 

María Chapdelaine

EDICIONES DEL VIENTO

Más allá de las interpretaciones, las contradicciones y la problemática histórica que refleja, la novela que tienes en las manos, amigo lector, es por encima de todo una obra maestra de la literatura franco-canadiense que ha trascendido todas las fronteras. Ríos de tinta han corrido en artículos periodísticos y universitarios sobre ella; ha sido objeto de numerosas adaptaciones teatrales, radiofónicas y televisivas; inserta en el tejido popular, vivió también en el mundo de los cómics, e incluso tiene su novela gráfica. Fue llevada al cine en Francia por Julien Duvivier en 1934 y por Marc Allégret en 1950, y en Quebec por Gilles Carles en 1984.

Maria Chapdelaine, como las obras maestras, siempre será reinterpretable, al igual que los mitos. Su lectura emociona por muy diversos motivos, por la belleza del paisaje o por la propia sensibilidad del personaje de Maria, pero, sobre todo, por la grandeza, la lucha por la supervivencia, la abnegación y la voluntad de un pueblo que hoy sabemos que ha conseguido superarse a sí mismo.

(Del prólogo de Alicia Mariño Espuelas)

I

Ite missa est.

   Se abrieron las puertas de la iglesia de Péribonka y los hombres comenzaron a salir.

   Un momento antes se hubiera creido abandonado aquel templo recostado al borde del camino, en el alto ribazo que domina el curso del Péribonka, cuya superficie helada y cubierta de nieve parecía una llanura. Los caminos y el campo estaban nevados también, pues a través de las pardas nubes, el sol de abril no enviaba sino pálidos rayos, y las grandes lluvias de primavera no se habían iniciado aún. La extensa y fría blancura, la pequeñez de la iglesia de madera, así como la de unas cuantas casas de tablas esparcidas a lo largo del sendero; la sombría linde del bosque, tan próxima que semejaba una amenaza, hablaban de una vida dura en un país inhóspito. Pero, de súbito, los fieles, entre los cuales se veían no pocos muchachos, al reunirse en grupos sobre la amplia gradería y empezar la cháchara salpicada de bromas burlonas y opiniones y comentarios acerca de asuntos bien graves, bien festivos, atestiguaron que aquellos hombres pertenecían a una raza dotada de alegría invencible y para siempre dueña del supremo tesoro de la risa.

   Cléophas Pesant, hijo de Thadée el herrero, lucía ya vanidosamente un veraniego traje de color claro, ancha americana de acolchadas hombreras, y pantalón. Únicamente había conservado aquel domingo, todavía frío, su gorra de paño negro con orejeras de piel de liebre, en vez de ponerse, según su gusto, un ligero sombrero de fieltro.

   A su lado, Égide Simard y otros que como él habían venido en trineo desde muy lejos, se abrochaban al salir de la iglesia los gruesos capotes de piel ceñidos al talle por cinturones rojos. Los jóvenes del lugar, elegantísimos con sus pellizas de cuello de nutria, departían deferentes con el viejo Nazaire Larouche, hombretón canoso, de anchas y huesudas espaldas, que en nada había alterado para ir a misa su cotidiano indumento: chaqueta corta de paño oscuro forrada de piel de carnero, calzones remendados, gruesas medias de lana gris y zapatones de piel de ante.

   -Vaya, vaya, señor Larouche, ¿conque todo va bien por la otra orilla?

   -No va peor, muchachos… No va peor.

   Sacaron de los bolsillos sendas pipas y vejigas de cerdo, llenas de tabaco picado a mano, y se pusieron a fumar voluptuosamente después de hora y media de abstinencia. Envueltos en el humo de las primeras bocanadas, hablaban del tiempo, de la primavera ya próxima, de cómo marchaba el deshielo en el lago de Saint-Jean y en los arroyos cercanos, de sus asuntos y de las noticias de la parroquia, como hombres que sólo se ven de semana en semana, a causa de las grandes distancias y el mal estado de los caminos.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]