Ficha técnica

Título: Manual para embaucadores (o para aquellos que prentendan serlo) | Autor: Walter Serner | Editorial: El Desvelo |Colección: Narrativa Páginas: 208 | Tamaño: 210 x 135 mm | Encuadernación: Rústica | ISBN: 978-84-938663-2-7 | Precio: 17 euros

Manual para embaucadores

EL DESVELO

Manual para embaucadores, la obra maestra de Serner, consta de 591 reglas de oro que todo pícaro caballero debe conocer. Por primera vez en español, El Desvelo Ediciones publica ahora esta obra, precedida del Manifiesto Dadá, ambos libros bajo el título que él mismo quiso darle al conjunto: Manual para embaucadores (o para aquellos que pretendan serlo).  En 1917, Serner hizo correr entre los dadaístas su Última relajación-Manifiesto Dadá (Letzte Lockerung-Manifest Dada), un escrito destructivo que provocó entre los vanguardistas escándalo e interés. En 1927 apareció en Berlín la segunda parte de la Última relajación: el Manual para embaucadores (o para aquellos que pretendan serlo) compuesto por 591 reglas de comportamiento para delincuentes y estafadores. En la época de la publicación del Manual, la censura conservadora en Alemania empezó a ejercer cada vez más presión con el fin de prohibir los textos de Serner, por considerarlos «un peligro para la moral pública» y a su autor un «proxeneta judío». 

Este libro contiene muchos libros dentro, pero sobre todo la historia de un personaje tan atractivo como huidizo. La mitología dadá ha proporcionado curiosos personajes desde Arthur Cravan hasta Marcel Duchamp, pasando por Haussmann, Picabia, Arp, etc. Todos ellos compartían la idea (o más bien la necesidad) de hacer saltar el mundo por los aires, y para ello consideraron que la mejor manera era haciendo explotar las convenciones sociales, las ideas, el arte. Es decir, todo aquello que el mundo burgués había hecho suyo.

Es de ese contexto del que surge este Manual para embaucadores que Serner escribió en dos oleadas. Primero en forma de manifiesto dadá, escrito allá por 1917. Este texto (Última relajación-Manifiesto Dadá), que leería en público a sus compañeros dadaístas, provocaría un gran revuelo, hasta tal punto que un sujeto que por allí pululaba llamado Tristan Tzara se lo robaría para convertirlo en el primer manifiesto dadá. El texto se publicaría ya en 1919. Tristan Tzara tuvo suerte: hoy día ninguna historia del arte sabe quién es Walter Serner, y la ratería de Tzara no es más que una anécdota melancólica (que se puede leer, por lo demás, en cualquiera de los libros sobre Serner).

El segundo momento de este libro tuvo lugar en 1927. Diez años después, su cinismo e ironía se han agudizado y han madurado. En 1927 apareció en Berlín la segunda parte con el título de Manual para  embaucadores (o para aquellos que pretendan serlo), compuesto por 591 reglas de comportamiento para delincuentes y estafadores. Y -basta leer unos pocos preceptos para entenderlo así- para el resto de hombres. El Manual, sin duda la obra más desvergonzada de la entreguerra alemana, se divide en trece capítulos (algunos de ellos: «Conocimiento humano», «Mujeres», «Viajes y hoteles», «Trucos», «Hombres», «Vestimenta y buenos modales», etc.), en los que podremos aprender cómo engañar a todo el mundo (y al mundo) y obtener de él algunos favores discretos. Por ello, Peter Sloterdijk en su Crítica de la razón cínica afirma: «Serner, el más reflexivo de los dadaístas, calculó cómo el odio dadá contra la cultura se orienta en un sentido propio hacia el interior.» Y el profesor y crítico Juan Albarrán, autor del prólogo, señala: «La recuperación bibliográfica de los trabajos de Serner parece absolutamente pertinente para una necesaria reestructuración de los relatos de la vanguardia histórica, mucho menos homogéneos y coherentes de lo que en ocasiones se ha hecho ver. Su fuerza pasada parece proyectarse hacia un futuro en el que reverbera con un sentido renovado. Los contextos de producción y recepción nunca serán los mismos, pero la contestación implícita en el trabajo de Serner se mantiene intacta en un mundo que muta a gran velocidad. Y, teniendo en cuenta que «el mundo desea ser engañado», el manual para llegar a ser un embaucador debería convertirse en el libro de cabecera de todo aquél que desee seguir viviendo en él».

I

1. Alrededor de una bola de fuego corre a toda pastilla una bola de mierda sobre la cual se venden medias de seda para señoras y se habla de Gauguin. Un aspecto en verdad sumamente deplorable que, sin embargo, permite al fin y al cabo ciertas distinciones: las medias de seda pueden ser disfrutadas, Gauguin no. (Imagina a Bernheim como biólogo prestigioso). Los miles de embaucadores oligofrénicos de la más yerma observancia, que sirven lo estético a erectos dedos índice burgueses (¡oh, pastoso encopetado!) para fijar expresiones, han causado hasta ahora tales negligencias que aún hoy suelen dejar con las ganas a muchas damas. (Llegados a este punto ha de reflexionarse tres minutos sobre las consecuencias psíquicas de una vista mal tratada. Síntoma clínico primario: subestimación de las medias de seda femeninas. Síntoma clínico secundario: desórdenes digestivos).

2. ¿Qué haría el primer cerebro que vino a parar a este planeta? Probablemente se asombraría ante su propia existencia y no sabría qué hacer consigo mismo ni con el sucio vehículo que se mueve bajo sus pies. Con el tiempo la gente se ha acostumbrado al cerebro, considerándolo de tan poca importancia que ni merece ser ignorado. Todos ellos se han vuelto estafadores (en lo más bajo: dueño de un barracón de feria; en lo más alto: por ejemplo, el presidente del Senado). Han convertido la injusta y querida naturaleza en el decorado de una obra muy intensa. A pesar, sin duda, de esta poco heroica salida para evitar un dilema -que todavía recibe un amplio reconocimiento- se ha vuelto algo totalmente exento de gracia desde que es tan previsible (¡qué estúpida es una báscula de baño!), pero precisamente por ello resulta muy adecuado para llevar a cabo ciertos procedimientos.

3. Incluso a un maquinista se le ocurre al menos una vez al año que sus relaciones con la locomotora no son en absoluto ineludibles. A pesar de ello él no sabe demasiado de su compañera tras aquella cálida noche en Bois. (Si hubiera nombrado La Villette o la Theresienwiese, ambas relaciones hubieran sido totalmente ilusorias; una advertencia para los que solicitan una cátedra: «Sobre anatomía topográfica, ventilación psíquica y temas semejantes.») En el Hotel Ronceray o en Piccadilly, por el contrario, ya ocurre que se vuelve endemoniadamente confuso saber por qué en ese momento precisamente uno clava la vista sobre su mano y tararea, se escucha rascar y ama su saliva. Este, en apariencia, apacible ejemplo supone una posibilidad para que el penetrante sentimiento del aburrimiento dé un salto mortal y se convierta en un pensamiento que considera su causa. La perspectiva de tal agradable momento no puede sino satisfacer al desesperado (¡oh, qué preciosidad!) que como profeta, artista, anarquista, hombre de estado, etc., y pronto como embaucador, se dedicará a hacer tonterías.

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