Ficha técnica

Título: Mañana nunca lo hablamos | AutorEduardo Halfon |  Traducción: Antonio Gimeno Cuspinera |  Editorial: Pre-Textos | Colección: Narrativa Contemporánea | Referencia: 1137/ 95 | Género: Novela| ISBN978-84-15297-23-9 | Páginas: 140| Formato:  23 x 14,5 cm. | Peso: 246 gr. | Encuadernación: Rústica|  PVP: 15,00 € | Publicación: Mayo de 2011

Mañana nunca lo hablamos

PRE-TEXTOS

Toda infancia tiene sus puertas de salida. En toda infancia hay momentos o episodios – ora magnánimos, ora prolijos, ora breves y fugaces – que son como estrechos pórticos hacia la grandeza del futuro. Los atravesamos con pasos inocentes, llenos de ímpetu y curiosidad, sin entonces lograr comprender, por supuesto, que esos precarios pasos de niño son irrevocables, que no tienen marcha atrás. A veces pienso que por eso escribo. Para intentar regresar a mi niñez, en la Guatemala de los turbulentos años setenta. Para meter el plumón en la tinta de mi memoria infantil hasta encontrar allí los momentos y episodios que fueron mis puertas de salida. Para volver sobre mis pasos de niño y caminar nuevamente en aquellos estrechos pórticos y quizás así, ahora, en un puñado de páginas, y a través del prisma nebuloso de la memoria y la ficción, recuperar destellos de mi paraíso perdido.

Eduardo Halfon

Guatemala, 1 de enero, 2011

 

EL BAILE DE LA MAREA 

HERVÍA la arena negra. Tuve que caminar rápido, sobre piedras y conchas y pedazos de plástico y largas semillas de mangle, hasta sentir en mis pies de niño el frío bálsamo de la marea. No había nadie, salvo un viejo indígena metido hasta la cintura en las olas, pescando con un hilo casi invisible que lanzaba y luego enrollaba entre su palma y su codo.

   -Deme la mano -dijo mi papá-. La marea está muy fuerte.

   -Yo quiero solito.

   -Que me dé la mano, le digo.

   Permanecimos un rato así, en silencio, él agarrando mi mano con algo de tosquedad, ambos metidos hasta las rodillas en el agua fresca y espumosa.

   -Yo me ahogué en este mar.

   No entendí. Busqué su rostro hacia arriba.

   -Tenía más o menos su misma edad cuando me ahogué en este mar.

   Mi papá hizo una pausa, esperando a que pasara una fila perfecta de pelícanos, quizás ocho o diez pelícanos, sus panzas blancas raspando ligeramente la superficie del agua.

   -No me ahogué aquí, en Sipacate, sino más hacia allá -dijo mirando a su izquierda-, en la playa de Iztapa.

   Lejos, en el horizonte, un inmenso buque carguero no avanzaba.

   -Una tarde me metí a nadar pese a las advertencias, y sin darme cuenta ya me había alejado demasiado de la costa. Por más que luchaba, y pataleaba, y trataba de regresar, la marea seguía arrastrándome mar adentro, cada vez más fuerte y más lejos. Hasta que me ahogué.

   Sentí algo en el vientre que hoy, ahora, describiría como miedo.

   -Me salvó un soldado de la marina norteamericana. Escuchaba a mi papá hablar, pero no quería verlo. Me puse a contar olas.

   -Esa tarde había un soldado norteamericano en la playa, asoleándose o tal vez paseando, no sé. Pues él vio lo que me estaba ocurriendo o tal vez alguien le anunció lo que me estaba ocurriendo, y se lanzó al mar y nadó hasta alcanzarme y me sacó ya muerto a la playa, donde él mismo me revivió.

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