Ficha técnica

Título: Mala letra | Autora: Sara Mesa   |  Editorial: Anagrama | Colección:  Narrativas Hispánicas |  Páginas: 200  |  ISBN: 978-84-339-9805-7 978-84-339- | Precio: 16,90 euros  |  Fecha:  2016 |

Mala letra

ANAGRAMA

La autora de este libro coge mal el lápiz. Lo ha cogido mal desde niña, cuando algunos profesores se empeñaban en corregirla porque «hay que escribir como Dios manda», e, incapaz de aprender, ha seguido cogiéndolo mal hasta el día de hoy, con todas las consecuencias. Porque… ¿puede acaso salir buena letra de un lápiz torcido? Ésta es una de las cuestiones que planean sobre este conjunto de cuentos: la de la escritura indócil, libre y acelerada, la escritura que araña y rasga la memoria, que destroza los recuerdos y hace de ellos otra cosa.

Las historias que aparecen en este volumen abordan temas como la culpa y la redención, la falta de libertad y esos «pequeños instantes, epifanías, revelaciones, imágenes que se abren, palabras que se desdoblan», cuando «algo se quiebra, y todo cambia». Niños que se resisten a obedecer y que viven con asombro y soledad el difícil proceso de crecer; chicas rebeldes cuya rebeldía es subterránea, rabiosa y poco aprovechable; seres atormentados -o no- por los remordimientos y las dudas; picabueyes y nutrias que representan agresión o consuelo; el desconcierto de vidas en apariencia normales que a veces encierran crímenes y otras únicamente el deseo de cometerlos. Sara Mesa ha construido un conjunto sólido y coherente de voces con su ya peculiar estilo tensado y sin artificios, que se revela aún más depurado en el manejo de las formas cortas. La finalista del Premio Herralde de Novela 2012 con Cuatro por cuatro y autora de Cicatriz, perturbadora novela que obtuvo un notable éxito entre los lectores y la crítica, entrega ahora su libro quizá más personal e intimista.

Este libro confirma los diagnósticos de Rafael Chirbes: «Sara Mesa levanta una literatura de alto voltaje trabajada con precisión de orfebre», y Marta Sanz: «Una escritura desnuda y fría, repleta de imágenes poderosas que desasosiegan en la misma medida que magnetizan».

 

EL CÁRABO

     La chica volvió la cabeza desde lo alto de la loma y los vio a todos alrededor de la mesa de pícnic. En la distancia, la conversación era un murmullo ininteligible, como un zumbar de abejas. El sol estaba cayendo y la luz se retiraba de los pinos revelando verdes oscuros y cavidades que habían permanecido ocultas todo el día. Olfateó el aire -tierra húmeda, lavanda y romero, una mierda de vaca aplastada por la rueda de un coche- y regresó con los demás, demorándose en cada paso. El chasquido de las agujas de pino que se quebraban bajo sus pies se fue debilitando al acercarse, asfixiado por la voz de la tía, una voz como salida de una tinaja, grave, poderosa, pétrea. Todos apuraban los restos de la merienda en torno a ella, pidiendo su consentimiento, esperando su turno con una medida escrupulosidad. La tía sabía siempre qué había que hacer y los pasos que había que seguir para hacerlo. Sin permitir que nadie alterara su ritual, había administrado con lentitud la mantequilla, el foie gras, las rebanadas de pan tostado y el café con leche. Actuaba sin prisa, como si el tiempo también estuviese obligado a amoldarse a su ritmo. Sus palabras ocupaban toda la explanada y se expandían más allá de las suaves colinas terrosas. La chica se detuvo a observarla a unos metros. Aquel día cumplía veintidós años y ésa era toda la celebración que le estaba permitida: pinares, coches, merienda campestre y un encuentro familiar con viejos amigos que ni siquiera eran los suyos.

     A un lado, metido en uno de los coches, el tío se cortaba las uñas de los pies con las flacas piernas extendidas fuera de la puerta. En la rigidez de su mandíbula había una concentración casi religiosa.

    -Hay que ir recogiendo -dijo cuando acabó, mirando al horizonte-. Se está haciendo de noche.

     Se guardó el cortaúñas en el bolsillo de la camisa y volvió la mirada ojerosa hacia la mesa. La tía siguió hablando como si no lo hubiese oído. Su fraseo -entrecortado, áspero- no admitía interrupciones. Había finísimas arrugas sobre sus labios. De lejos daba la impresión de tener una especie de bigote, extrañamente despoblado pero marcial.

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