Ficha técnica

Título: Los Virreyes |Autor: Federico De Roberto | Editorial: Acantilado Traducción de: José Ramón Monreal | Colección: Narrativa del Acantilado, 139 | Páginas: 728 | Género: Novela | Precio: 29 € | ISBN: 978-84-96834-55-2

Los Virreyes

EDITORIAL ACANTILADO

Los Virreyes, una de las más grandes y desconocidas novelas del siglo XIX, es la crónica privada y pública de la decadencia de una familia de antigua estirpe española cuyos antepasados-llegados a Catania hacia el 1300–adquirieron, en tiempos de Carlos V, el cargo de virreyes. El marco temporal son los años que van de 1855 a 1882, período en el que se precipita y culmina el proceso de unificación italiana. Combinando la crónica de costumbres con una acerba sátira de tintes expresionistas, De Roberto traza una inolvidable galería de retratos de nobles prepotentes y extravagantes en medio de continuas luchas, litigios e intrigas. Sus vidas y sus excentricidades se entretejen con los acontecimientos contemporáneos, en el tránsito de una época feudal a una nueva era de democracia parlamentaria. Monumental y compacta, pletórica de fuerza narrativa, Los Virreyes sorprende al lector de hoy por la riqueza de planos de lectura, el pesimismo histórico y el nihilismo existencial, y también por su diagnóstico profético de todos los males de la política y de la sociedad italiana modernas. El arte de De Roberto eleva este diagnóstico a símbolo universal de las amargas verdades que se esconden detrás de las falsas ilusiones sobre la historia y la propia condición humana.

                                                  PRIMERA PARTE

                                                             I

Estaba Giuseppe, delante del portón, entreteniendo a su niño, mientras lo acunaba en los brazos y le enseñaba el escudo de mármol fijado en lo alto del arco, el armero clavado en la pared del vestíbulo, donde, en tiempos antiguos, los lansquenetes del príncipe colgaban las alabardas, cuando se oyó el ruido creciente de un coche que se acercaba a todo correr; y, antes de que tuviera tiempo de volverse, un carruaje sobre el que se hubiera dicho que había nevado, tanto era el polvo que traía, y cuyo caballo chorreaba sudor, hizo su entrada en el patio con ensordecedor estruendo. Por el arco del segundo patio se asomaron criados y sirvientes: Baldassarre, el mayordomo, cerró la vidriera de la galería del segundo piso, cuando ya Salvatore Cerra se apeaba a toda prisa del simón con una carta en la mano.

    -¿Don Salvatore?… ¿Qué sucede?… ¿Qué novedades hay?…

    Pero éste hizo un gesto desesperado con el brazo y subió los escalones de cuatro en cuatro.

    Giuseppe, con el niño aún al cuello, permanecía como atontado, sin comprender nada; pero su mujer, la de Baldassarre, la lavandera y un buen número de otros miembros de la servidumbre rodeaban ya el coche de punto y se persignaban al oírle contar al cochero ininterrumpidamente:

    -La princesa…, ha muerto de golpe… Esta mañana…, mientras yo me encontraba lavando el coche…

    -¡Jesús mío!… ¡Jesús mío!…

    -Y orden de enganchar…, el señor Marco que corría de acá para allá…, el vicario, los vecinos…, apenas tiempo de ponernos en camino…

    -¡Jesús mío!… ¡Jesús mío!… Pero ¿cómo?… ¿No estaba mejor?… ¿Y el señor Marco?… ¿Sin mandar aviso?

    -¿Qué sé yo?… No he visto nada. Me han llamado… Ayer noche dice que se encontraba bien…

    -¡Y sin ninguno de sus hijos!… ¡En manos de extraños!…Enferma estaba, pero, ¿así tan de repente?

    Pero desde lo alto de la escalinata un vozarrón interrumpió de pronto los chismorreos.

    -¡Pasquale!… ¡Pasquale!…

    -¿Eh, Baldassarre?

    -¡Un caballo fresco, a escape!…

    -Voy corriendo…

    Mientras cocheros y sirvientes se afanaban en desenganchar el caballo sudoroso y jadeante para enganchar otro, toda la servidumbre, que se había reunido en el patio, comentaba la noticia y la transmitía a los copistas de la administración, que se asomaban a las ventanas del primer piso, o incluso bajaban ellos también.

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