Ficha técnica

Título: Los relatos del padre Brown |Autor: Gilbert Keith Chesterton | Editorial: Acantilado |  Traducción de: Miguel Temprano García |  Colección: Narrativa del Acantilado, 145 |  Páginas: 1176 | Género: Relatos | Precio: 33 € |  Fecha de publicación:  7 de Noviembre de 2008 | ISBN:  978-84-96834-46-0

Los relatos del padre Brown

ACANTILADO

Publicada entre 1910 y 1935, la saga del padre Brown es probablemente la obra más querida y personal de Chesterton. Si el relato policiaco es la expresión más temprana de la poética de la vida y la ciudad modernas, ¿quién mejor-propone Chesterton, en una de sus brillantes paradojas-que un sacerdote de la humilde vieja guardia para descifrarla? Surge así uno de los más entrañables personajes literarios. Armado con poco más que una sombrilla y el profundo conocimiento de lo humano adquirido en el confesionario, el regordete y despistado cura de Essex-para quien desacreditar la razón es mala teología-desentraña crímenes y misterios en los que la verdad elude tanto la fría deducción como la crédula explicación paranormal. Esta edición reúne los cinco libros publicados por Chesterton, e incluye algunos relatos del padre Brown rescatados en fecha reciente y nunca antes publicados en español.

«Chesterton dijo que no se habían escrito cuentos policiales superiores a los de Poe, pero Chesterton -me parece a mí- es superior a Poe.»Jorge Luis Borges 

LA MÁSCARA DE MIDAS

Un hombre esperaba junto a una tiendecita tan envarado como un escocés de madera a la puerta de un estanco anticuado. Se hacía difícil creer que alguien que no fuese el propio tendero pudiera apostarse tan erguido a la entrada de la tienda, pero había una incongruencia casi grotesca entre el tendero y su negocio. Se trataba de uno de esos encantadores tugurios llenos de objetos diversos que los niños y los sabios exploran con la vista como si fuese un país encantado, y que muchos otros, de gustos más dóciles y ordenados, no distinguen de un cubo de la basura. En suma, que en sus mejores momentos pasaba por ser un bazar de curiosidades, aunque por lo general se la consideraba una tienda de trastos viejos, sobre todo por parte de la realista y bulliciosa población de la ciudad industrial costera en una de cuyas callejuelas se encontraba. Quienes conocen esos sitios no necesitarán que les detallemos sus tesoros, a los que en su mayor parte era difícil atribuirles ningún propósito. Diminutas maquetas de barcos totalmente aparejados y metidos en botellas de cristal o en burbujas de alguna rara resina oriental; bolas de cristal en las que tormentas de nieve se abatían sobre figuras humanas totalmente impasibles; huevos enormes que quizás hubiera puesto algún pájaro prehistórico; calabazas deformes que tanto podrían haber contenido veneno como vino; armas exóticas; extraños instrumentos musicales y otras cosas por el estilo, y todo ello sumido en el polvo y el desorden. El hombre que montaba guardia a la puerta de aquella tienda podría haber sido un judío decrépito con algo de la dignidad y la larga vestimenta de los árabes; o un gitano de belleza descarada y tropical con pendientes de oro o de latón. Sin embargo, se trataba de alguien sorprendentemente distinto. Era un joven delgado y despierto vestido con ropa pulcra de corte americano, con la cara alargada y esos rasgos duros tan frecuentes entre los americanos de origen irlandés. Llevaba un sombrero Stetson calado sobre los ojos y un apestoso cigarro de Pittsburg que asomaba en ángulo agudo por la comisura de los labios. Si hubiese llevado también una automática en el bolsillo, quienes le estaban observando en ese momento no se habrían extrañado demasiado. El nombre tenuemente impreso sobre su tienda era «Denis Hara».

    Quienes lo observaban eran personas de cierta importancia, e incluso de cierta importancia para él, aunque nadie podría haberlo adivinado por sus rasgos pétreos y lo rígido de su postura. El más relevante de todos era el coronel Grimes, el comisario de Policía de aquel condado. Desgarbado, de piernas largas y rostro enjuto, gozaba de la confianza de quienes lo conocían, pero no era muy popular entre los de su clase porque daba claras muestras de querer ser un policía y no un terrateniente rural. En suma, el comisario había cometido el pecado sutil de preferir dirigir la comisaría al condado. Dicha excentricidad había exacerbado su natural taciturno, y era, incluso para tratarse de un detective competente, muy reservado y discreto en cuanto a sus planes y descubrimientos. Sus dos acompañantes, que lo conocían bien, se sorprendieron mucho cuando se detuvo delante del hombre del cigarro y le habló con una voz alta y clara que rara vez empleaba en público.

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