Ficha técnica

Título: Los millones | Autor: Mijaíl Artsybáshev | Traducción: Enrique Moya Carrión  | Ilustración: Alice Potter | Editorial: Ardicia | Páginas: 176 | ISBN: 978-84-942916-2-3 | Precio: 16,90 euros 

Los millones

ARDICIA

Fiódor Ivánovich Mizhúyev, temido y envidiado millonario moscovita, parece tenerlo todo. Sin embargo, hace tiempo que ni su vida junto a la atractiva Maria Serguéyevna, ni la relación con su hermano Stepán Iványch, consiguen sustraerle de la constante sensación de ser «un hombre anhelante y solitario a la búsqueda de algo». Será durante unas apáticas vacaciones en Yalta cuando el momento de enfrentarse a sus propios demonios y encontrar una salida a su situación se presente de una vez por todas.

El protagonista de Los millones (1908), figura que, desde otro ángulo, reelaboraría pocos años más tarde Irène Némirovsky en su David Golder, persigue sin cesar y siempre en vano una felicidad incomprensiblemente esquiva para él y cuantos le rodean; un sentimiento que ni todos los lujos y placeres que permite el dinero pueden proporcionarle. 

«Quiero leer las obras de los autores que están en mi alma: Chéjov, Schnitzler, Artsybáshev…» Fumiko Hayashi

«He leído a Artsybáshev. Tiene talento.» Lev Tolstói

«Artsybáshev es uno de esos escritores, incomprendidos por sus contemporáneos, que necesitan del transcurso del tiempo y de una mayor perspectiva histórica para ser apreciados y adorados.» Alexandr Amphitheatrov 

I

Entre el cielo oscuro y el mar, como si de un velo se tratase, se alzaba la inmutable luz de la luna, redonda y brillante sobre el horizonte. En los árboles del jardín, igual que un enjambre de colibríes de fuego llegados de no se sabe dónde, se balanceaban unos farolillos de colores que parecían colgar de alambres invisibles. Desde el escenario, excesivamente iluminado, la silueta negra y extravagante del director de orquesta, que agitaba con gracia las manos y los faldoncillos del frac, se afanaba en dirigir su vuelo hacia algún lugar. Los sonidos de un violín se propagaban livianos y misteriosos en todas direcciones, precipitándose desde los árboles hacia la orilla, hechizada por la luz lunar como una armoniosa filigrana.

     Tras cruzar sus manos robustas sobre el frío mármol de la mesita, Mizhúyev miró en silencio a uno y otro lado, melancólicamente. Al dirigir la vista al escenario, todo le parecía agitado, insignificante, estúpidamente ruidoso; pero cuando se giraba hacia el mar, el conjunto adquiría un ensoñador aire de libertad, una serenidad grandiosa. Su poblada barba castaña y sus hombros fornidos avivaban la idea de una fuerza tremenda y una firme voluntad; sus ojos, en cambio, parecían agotados, hundidos, como los de los condenados a muerte. 

     En la mesa contigua, un grupo de señores tocados con sombreros claros, a los que acompañaban unas elegantes y hermosas damas, celebraban algún acontecimiento. Reían escandalosamente, haciendo entrechocar sus copas, estrechas como libélulas, mientras bromeaban sin descanso, elevando la voz con cada agudeza y sin dejar de mirar a Mizhúyev. No lejos de allí, inclinados hacia delante y sosteniendo bajo el brazo sus blancos paños, permanecían en pie unos camareros que tampoco apartaban los ojos de él, como si estuvieran dispuestos a salir corriendo para arrojarse al mar en cuanto se lo ordenase.

     Mizhúyev lo veía todo, pero no reparaba en nada. En otro tiempo, aquello le hubiera servido de distracción, pero ahora solo le importunaba y le resultaba tan corriente como el aire, del que resulta imposible escapar.

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