Ficha técnica

Título: Los mares de Wang | Autor: Gabi Martínez | EditorialAlfaguaraPáginas: 480 |  Fecha de publicación: 04/6/2008 |  Precio: 19.50 € | ISBN: 978-84-204-7384-0 | EAN: 9788420473840

Los mares de Wang

EDITORIAL ALFAGUARA 

«¿Y por qué viene de tan lejos a ver nuestros mares?»

Gabi Martínez narra el viaje que hizo por la costa china junto a su traductor Wang, un veinteañero del interior que jamás había visto el mar, y nos conduce en su periplo hasta las orillas de una realidad aparentemente remota, pero inevitablemente inmediata. Nos asoma a lo inminente a través de Wang, un chico educado en los valores comunistas que descubre una China tan inesperada que le perturba devastadoramente.

Desde la frontera con Corea del Sur hasta Vietnam, Los mares de Wang nos muestra la vida en la región China que está cambiando el mundo. Del legado alemán en la olímpica Qingdao a la desbritanización de Hong Kong; de los casinos de Macao a los canales de Suzhou; de los rascacielos de Shanghai a las playas de la Isla de los Mares del Sur.

Más allá de la mera observación, Gabi Martínez se acerca a la gente, se sumerge en los ambientes, acepta la compañía de los sujetos más extravagantes, alterna los más variados medios de transporte, frecuenta casinos y playas, para ofrecer un libro sincero, inteligente y profundo que nos aboca a una intensa reflexión sobre los aspectos más sustanciales de nuestra vida individual y colectiva. Un viaje que explica dos Chinas. O cómo un país estalló ante Wang. 

La costa china

      «¿Y por qué viene de tan lejos a ver nuestros mares?», preguntó el conductor. Trataba de ser amable después de la estafa.

      En el aeropuerto habíamos acordado el precio del trayecto hasta Pekín en el achacoso vehículo que utilizaba como taxi ilegal. Al encajar la mochila en el maletero, preguntó qué me traía por su país y fue entonces cuando respondí que me dirigía a la costa. «Siéntese atrás.» Salió del parking. Cuando estaba a punto de acceder al ramal que desembocaba en la autopista, paró en una zona intermedia flanqueada por vehículos que pasaban zumbando. Un hombre apareció de algún lugar ocupando el sitio del copiloto. «Aprovecharemos el viaje para llevar a este señor», decidió el chófer. Giró el volante embocando la vía y, con el motor en marcha, dijo: «Como son dos personas, le costará doscientos yuanes». «¿Qué? Hemos quedado en cien. Que pague él su parte.» Los hombres se volvieron hacia mí. «Si no le gusta, puede bajarse.» Los autos pasaban deprisa por los flancos dejando restos de sonido. «De acuerdo, vamos», dije. El taxi se incorporó a la autopista.

      «¿Y por qué viene de tan lejos a ver nuestros mares?», preguntó el conductor un par de silenciosos kilómetros más tarde. Yo prefería no hablar, aún menos de cosas tan íntimas como los porqués de un gran viaje. Podía haberme enfundado la irritación y aceptar la charla para recabar los primeros datos sobre Pekín, pero al fin y al cabo la capital no interesaba a mi proyecto -es una ciudad interior, tiene el mar a tres horas- y estaba cansado después de cruzar Europa y Asia escuchando las expectoraciones ultrahumanas de los chinos en los lavabos de Schiphol -donde hice escala- y en el avión.

      De todas formas, la pregunta era buena para empezar: ¿por qué la costa china? La respuesta detallada concluiría que al principio me sugestionó la abrumadora cantidad de informaciones recibidas sobre China en los últimos años, la mayoría apuntando al boom económico sin precedentes en la Historia. Números muy largos rutilaban en los media, que reproducían cifras y estadísticas a destajo, tan incomprensibles como aparentemente asombrosas. Se publicaron grandes reportajes y libros sobre las condiciones laborales de las fábricas chinas, sobre el retorno de Hong Kong y Macao a la égida del Partido Comunista, sobre las nuevas mecas del shopping, la piratería y la corrupción desbocada, la política de hijo único, los maltratados derechos humanos, la incierta amenaza que suponía el país para Occidente…

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