Ficha técnica

Título: Los libertinos barrocos. Contrahistoria de la filosofía, III | Autor: Michel Onfray | Traducción: Marco Aurelio Galmarini | Editorial: Anagrama |  Páginas: 320 pp.|  Fecha de publicación: noviembre 2008 | Precio: 19 euros | ISBN: 978-84-339-6284-3 | Ilustración: Luis XIV vestido de Rey Sol en el ballet «La Nuit», 1653, Escuela Francesa, Biblioteca Nacional, París/The Bridgeman Art Library

Los libertinos barrocos

 EDITORIAL ANAGRAMA

Ésta es la tercera pieza del gran edificio de la contrahistoria de la filosofía que Michel Onfray levanta a contracorriente de los manuales al uso, después de haber sacado a la luz, en los dos primeros tomos, a los «proscritos» y los «malditos» de la historia racionalista, idealista y cristiana de la Antigüedad y la Edad Media -los materialistas y los hedonistas-, cuyo pensamiento ha revitalizado al mostrar el interés que entrañan para el mundo del siglo XXI. En Los libertinos barrocos se ocupa del siglo XVII francés, conocido como «Grand Siècle», deconstruyendo los mitos y las leyendas de la historia oficial y descubriendo, en las antípodas de su tarjeta postal con la efigie de Descartes, Pascal o Fénelon, una constelación de «libertinos barrocos» que, aunque sin dejar todavía de ser cristianos, se inspiran en Montaigne, los relatos de viaje del Nuevo Mundo, los gabinetes de curiosidades, las lecciones que se extraen de las lentes astronómicas o la anamorfosis de los pintores, para dar lugar a un pensamiento original y a veces oculto bajo el brillo de los «salones» de la época. Los libertinos barrocos son protagonistas de una importante revolución en la metodología, la ética y la religión imperantes hasta entonces. Defienden una actitud y un pensamiento inspirados en el relativismo y el perspectivismo, son partidarios entusiastas del nuevo modelo científico, escépticos en materia de religión, que no desdeñan del todo, pero que matizan con un enfoque fideísta, y reivindican decididamente la plena libertad filosófica, que combinan con su apoyo a la moral epicúrea y el sensualismo. Entre los pensadores aquí estudiados -además de Pierre Charron, Cyrano de Bergerac, François de La Mothe Le Vayer, Charles de Saint-Évremond y Pierre Gassendi- figura Baruch Spinoza, que, por raro que parezca, nunca ha sido abordado bajo el ángulo de su especificidad hedonista.

 

INTRODUCCIÓN

Identidades del «Grand Siècle». La historiografía clásica habla del Grand Siècle en referencia al siglo XVII. Grande, sí, probablemente. Pero ¿por qué? ¿Por qué razones y para quién? Nadie se lo pregunta. Todo está sobrentendido… De modo que quien se pregunte de dónde viene la expresión, a quién se la debemos o quién la ha acuñado, se encontrará con graves dificultades. La expresión circula, pero nunca se explica, se razona ni se desmonta.

El siglo XVIII es el Siglo de las Luces o de la Ilustración, el siguiente es el de la Revolución Industrial, el XX todavía no ha sido bautizado -podría ser el Siglo de los Fascismos…-, suponiendo que sea posible reducir cada época a unos cuantos términos, a una expresión, incluso a una sola palabra. Así, la oscura Edad Media condena este período a no ser otra cosa que una época de brutalidades, crueldades, barbarie, en la que no merece la pena detenerse… Así que Grand Siècle

Esta etiqueta cubre una mercancía heterogénea a la que se presenta como un todo coherente: la filosofía de Descartes y las tragedias de Corneille, los Pensamientos de Pascal y la Athalia de Racine, las oraciones fúnebres de Bos-17 suet y las sátiras de Boileau, las cartas de la marquesa de Sévigné y las comedias de Molière, los caracteres de La Bruyère y las Máximas de La Rochefoucauld. Un poco de cogito, un lugar para Cinna, un junco pensante, dos infinitos, el cadáver de Enriqueta de Francia, un Arte poética, un escritorio de campaña en Grignan, un Tartufo, un Don Juan, Alcestes o aforismos, el Grand Siècle triunfa en los fragmentos escogidos.

 No se sabe quién selecciona estos bibelots, ni cuándo, ni en qué circunstancias, para crear este escaparate francés. Es evidente que supone elecciones que dejan de lado autores, pensamientos y corrientes que tallan en profundidad el siglo XVII y lo constituyen en su copiosa totalidad. ¿Acaso no hubo en estos cien años otra cosa que cartesianismo y jansenismo, quietismo y jesuitismo, cristianismo y clasicismo? ¿Héroes romanos, pero apuestas de Iglesia? ¿Figuras griegas para problemas católicos? ¿Retorno de los antiguos, pero para un tiempo presente? ¿Sófocles y Eurípides resucitando en Corneille y Racine? ¿Fedro y Esopo disfrazados de Jean de La Fontaine? ¿Plauto y Terencio reencarnados en Jean-Baptiste Poquelin? ¿Teofrasto vestido de La Bruyère? El alma y el cuerpo de Platón convertidos en sustancia pensante y sustancia extensa en Descartes. ¿Y por qué, en este banquete de antiguos, la ausencia absoluta de Demócrito, Leucipo, Epicuro o Lucrecio? ¿Cómo puede llegar a ser tan grande este siglo si sacrifica a tantos grandes pensadores, aunque molestos, sin duda, en la perspectiva hagiográfica…?

 

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