Los infortunios de Svoboda

IMPEDIMENTA

János Székely es uno de los mejores escritores húngaros de todos los tiempos. Autor de la novela autobiográfica Tentación, vivió muchos años en Estados Unidos escribiendo guiones. De esa época data Los infortunios de Svoboda, una obra maestra de la farsa política.

Estamos en un pequeño pueblo de Bohemia donde nunca pasa nada. Los trenes que paran en la estación rara vez traen a nadie interesante. Svoboda, un tipo algo ingenuo y simplón, frecuenta sus andenes desde hace un cuarto de siglo y se dedica a ayudar a los pasajeros a cargar su equipaje. Hasta que un día, en 1939, las tropas alemanas invaden la ciudad, y el porteador aficionado se ve acusado sin saber muy bien cómo de organizar un atentado para matar a Hitler… Tras la suerte del necio Svoboda adivinamos la historia de todo un país, desgarradora y absurda, como vista por el lado equivocado de un telescopio.

Los infortunios de Svoboda, una novela magistral donde la sátira se mezcla con la ternura, trata sobre la facilidad con que fabricamos cobardes y mártires, todo con olímpico desprecio hacia cualquier valor humano.

Capítulo uno

Un hombre feliz

Svoboda(1) era el mozo de estación del pueblo. De ser cierto que las leyes de la oferta y la demanda se complementan, su existencia era poco menos que una anomalía económica. En dicha estación solo paraban dos trenes al día, dos cercanías lentos como caracoles, seniles, humeantes y tiznados de hollín que usaban principalmente los trabajadores de la fábrica: cogían el de las 6.40 y regresaban en el de las 19.10, sin -huelga decirlo- equipaje. Prácticamente nunca se podía ver a ningún otro pasajero en los andenes. Muy de vez en cuando, una pareja de ancianos iba a la ciudad a visitar a sus hijos, o los hijos venían a visitar a sus padres. Pero para el mozo no resultaban nada rentables como clientes, pues sus bártulos se limitaban a una bolsa de papel llena de regalos. Los turistas y los amantes clandestinos tampoco ofrecían muchas más posibilidades. Los turistas iban con mochila, y era poco probable que los amantes necesitaran los servicios de un mozo para cargar dos simples pijamas y una maquinilla de afeitar. Solo los vendedores amargados que habían fracasado en mercados más animados se dejaban caer por el pueblo con una maleta llena de muestras. Estas eran las únicas oportunidades comerciales que se le presentaban a Svoboda.

Sin embargo, Svoboda trabajaba como mozo de cuerda desde hacía casi un cuarto de siglo. La única explicación que se le podía dar a este fenómeno era su excepcional estupidez. Svoboda estaba considerado un espectáculo local. Los lugareños alardeaban de dicha imbecilidad ante los forasteros y observaban el efecto que causaba con un orgullo casi paternal. Y es que, además, el tipo en cuestión no pasaba precisamente desapercibido. Era una bestia grande y torpona de más de metro ochenta de estatura, fuerte como un toro, aunque sus diminutos ojos celestes se asomaban al mundo con la inocencia de quien no ha alcanzado siquiera la edad escolar. Agazapados en su semblante tosco y curtido, parecían un par de alegres gorrioncillos extraviados que hubieran anidado en un peñasco lúgubre e intimidante. Por debajo de las órbitas cerúleas, los pómulos sobresalían casi en ángulo recto respecto a la formidable barbilla. Su cabeza cuadrada estaba coronada por un mechón de pelo flamígero tan descuidado como unos arbustos silvestres. Svoboda se podaba trimestralmente los rizos con la cizalla del jefe de estación, pues la simple idea de confiárselos al barbero le horrorizaba.

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(1). Svoboda significa «libertad» en checo. En Bohemia y Moravia, oprimidas desde hace tiempo por la falta de libertad, es un apellido tan frecuente como Smith en Boston.