Ficha técnica

Títiulo: Los extraños | Autor: Vicente Valero | Editorial: Periférica | Colección: Largo recorrido | Páginas: 176 | ISBN: 978-84-92865-87-1 | Precio: 16,75 euros

Los extraños

PERIFÉRICA

Ya sean desdichadas o felices, es decir, diferentes o parecidas -según la célebre definición de Tolstói-, todas las familias tienen sus extraños: aquellos individuos de quienes tal vez sólo se conserva un puñado de noticias dispersas y a los que, sin embargo, se alude con cierta frecuencia por algún enigmático suceso, por su peculiar oficio o por la fuerza misma de su singular personalidad, que los obligó a permanecer alejados del devenir corriente de la familia. Rostros, por tanto, huidizos, muchas veces en la frontera del olvido definitivo.

Para rescatarlos de esta frontera última y para saciar una antigua curiosidad -la que proviene, pura e ingenua, de los relatos inconexos escuchados durante la infancia-, el narrador reúne en este extraordinario libro a cuatro de sus extraños para intentar reconstruir, sirviéndose de los pocos recuerdos heredados pero también aventurándose en investigaciones personales (viajes, documentos, etcétera), la trayectoria vital de cada uno de ellos, sus ambiciones y fracasos, así como para determinar cuál fue el motivo principal de su extrañeza y, por tanto, de su alejamiento.

Y en esta aproximación, el narrador -tal vez el auténtico protagonista de este libro- no sólo descubre hechos y confluencias sorprendentes, sino que consigue también conocer mejor la identidad y el transcurso de una familia común, con sus olvidos y sus afectos, sus temores y sus esperanzas.

Breve Historia del Teniente Marí Juan

I

Si en aquel hombre que nunca pudo ser llamado abuelo, ni tan siquiera padre -a pesar de haber sido abuelo y, por consiguiente, también padre-, hubo unas manos delgadas y huesudas como las mías, unas cejas oscuras y grandes, o esta predisposición, de la que tanto me he lamentado en mi juventud, a los herpes labiales, no he podido saberlo nunca, pues ninguna fotografía del teniente Marí Juan ha sido encontrada todavía: ni en los álbumes familiares, ni en los cajones de las cómodas más antiguas, ni siquiera entre aquellos retratos anónimos y desordenados de procedencia desconocida que, sin saber nadie cuándo ni por qué, acaban también llegando a una casa para quedarse en ella. Ninguna imagen suya, si la hubo, y tuvo que haberla, al menos en los archivos escolares de Valencia o en los cuarteles coloniales de África, sólo por mencionar algunos lugares a los que fue enviado y acudió con obediencia para permanecer, y donde seguramente con la misma intensidad consiguió sentirse feliz y desgraciado, ninguna imagen suya, digo, ha llegado hasta mí ni hasta nadie que pudiera reclamarlo como suyo también. Y la verdad es que nunca pensé que llegara a lamentar tanto como ahora esta carencia, mientras escribo esta primera página, en el momento en que hubiera querido trazar del modo más exacto posible su perfil, dibujar un retrato suyo satisfactorio, decir algo de su nariz o de su boca, describir sus brazos y sus piernas, saber hasta qué punto mi incipiente calvicie pudiera haber sido también la suya, y averiguar, en fin, si en su mirada hubo una melancolía de adolescente abandonado como yo siempre he querido suponer que la hubo. A este extraño, sin embargo, hay que observarlo una y otra vez desde los recuerdos ajenos hasta poder ver al fin en él al joven de veintiocho años que llegó a ser el día de su muerte. Al joven, en definitiva, que fue y ha continuado siendo siempre y que no dejará de ser nunca. Y hay que intentar ver en él también al padre que ya había logrado ser, e incluso al abuelo en el que apenas tuvo tiempo de poder pensar que acabaría siendo pero en el que yo ahora he decidido pensar por él, recreándolo en una identidad nueva que los años y el olvido han conformado a su figura fugitiva.

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