Ficha técnica

Título: Los decimononónicos | Autores: Christopher Domínguez Michael  | Editorial: Ediciones UDP | Género: Ensayo| ISBN: 978-956-314-185-6 | Páginas: 287 |  PVP: $12.000  / USD 24. | Publicación: 2012 |

Los decimonónicos

EDICIONES UDP

Si años atrás nos sorprendió con una notable sucesión de ensayos acerca de sus autores preferidos del siglo XX (La sabiduría sin promesa), hoy el escritor mexicano Christopher Domínguez Michael nos invita a volver la vista hacia la tierra fértil en donde todo, o casi todo, comenzó: el inigualable siglo XIX. Los decimonónicos erige, piedra sobre piedra, un canon porfiado y personal, por el que campean más de cuarenta autores insoslayables, desde los conocidos -o en apariencia familiares- hasta aquellos derechamente raros o escasamente leídos. Satisface también este libro un anhelo superior, sobre todo después de que la Academia se arrogase para sí el arbitraje del buen gusto: devolverle el encanto a un género fascinante, el de los ensayos literarios, que cerca estuvo de morir estrangulado a manos de tanto pedante mistagogo.

Mucha agua corrió bajo ese puente ineludible que fue, que sigue siendo, el siglo XIX. Afortunadamente para el lector contemporáneo, Domínguez Michael está disponible para transportarnos de una orilla a otra con singular efectividad y talento. Y claro, no podía ser de otro modo: sus lecturas son tan basta y profundas como la centuria misma.

«Creo que Christopher Domínguez Michael es un crítico -por decirlo en un lenguaje bien coloquial- de los de antes, un crítico cabal. Y un lujo evidente para las letras  en lengua española en un momento en que, además, el reseñista ha dejado de tener -si es que la tuvo alguna vez- influencia en los lectores.» Enrique Vila-Matas

 


BAUDELAIRE Y LOS ITALIANOS

     Desde hace algún tiempo, a fuerza de leer a Mario Praz, a Sergio Solmi, a Giovanni Macchia y a Roberto Calasso, he acabado por concluir que nada mejor para disfrutar de la literatura francesa que un crítico italiano. Cultivan estos italianos, ante los franceses (y no sé si lo contrario opere) una distancia perfecta: los conocen al dedillo, sacan provecho de la vecindad sin trocar su admiración en esa servidumbre obsequiosa tan parecida a la envidia, como a veces padecen los españoles ante su norte inmediato. Los Alpes, a diferencia de los Pirineos, no son una cadena de montañas que separa, sino el cuerpo por donde pasa esa vena vigorosa, la de Stendhal. Es arduo de imaginar a un Stendhal español, pues el francés-español nunca deja de ser un folclorista a la Mérimée, al menos en lo que se refiere al siglo XIX que yo gloso, y el español-francés, un monstruo, es decir, un afrancesado. Tampoco -a diferencia de los hispanoamericanos- sienten los italianos que haya una cruzada francesa por la civilización de la cual puedan apropiarse, militando tras una bellísima bandera: no exageran en su celo en cuanto a grandeur, pompa y circunstancia, porque no en balde el más célebre de los franceses, Napoleón Bonaparte, pasa por ser italiano. Los franceses, si E.R. Curtius tenía razón, serían una combinación entre lo italiano y lo alemán. Y como los italianos no son alemanes, pero tampoco anglosajones, su privanza con Francia, de la cual no los separa realmente nada, les sienta bien. No les da horror el pretendido método francés ni les parecen ridículas sus facultades universitarias: los consecuentan en su afán de ingenieros sociales. Italia, caótica en su orden, puede decaer gobernada por césares disolutos o papas prevaricadores, hacer de la decadencia (un concepto alemán, como nos lo recuerda Calasso, que pasa por ser francés) una larga duración histórica, sin por ello acomplejarse ante Francia. En el origen -Italia lo sabe- esta el latín, el imperio y la iglesia. Lo demás puede dejársele a la hija consentida y a su falso o verdadero cartesianismo, a su pasión mundana, a su genio romántico, a su creencia en la revolución como el más enervante de los afrodisíacos.

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