Ficha técnica

Título:Los culpables | Autor: Juan Villoro | Edición española: Anagrama, febrero de 2008 | ISBN: 978-84-339-7165-4 | Precio: 15 € | Páginas: 168

Los culpables

EDITORIAL ANAGRAMA 

Los culpables ofrece una brillante reflexión sobre las posibilidades de la voz hablada. Los seis cuentos y la nouvelle que integran este volumen de Juan Villoro han sido escritos en primera persona. A través de ellos, el escritor no busca ser un taquígrafo del habla real, sino explorar la forma en que alguien podría hablar en un momento crítico y revelador. Un mariachi harto de su éxito folclórico, un futbolista al borde del retiro, un ejecutivo que pierde demasiados vuelos, un guionista que edita con tijeras para rebanar pollos, un limpiador de ventanas suspendido en un andamio, un viajero que adopta una iguana y un anfitrión convencido de que los mexicanos sólo matan a sus amigos, cuentan lo que no quieren contar. Ninguno de ellos es un escritor profesional; si alguno quiso serlo, ha fracasado. ¿Por qué se desahogan en este libro? Para evadir una responsabilidad incómoda. Curiosamente, logran lo contrario.

 

Extracto del libro: capítulo 1. Amigos Mexicanos

El teléfono sonó veinte veces. Al otro lado de la línea, alguien pensaba que vivo en una hacienda donde es muy tardado ir de las caballerizas al teléfono, o que no existen los teléfonos inalámbricos, o que tengo vacilaciones místicas y dudo mucho en tomar el auricular. Esto último, por desgracia, resultó cierto. Era Samuel Katzenberg. Había vuelto a México para hacer un reportaje sobre la violencia. En su visita anterior, viajaba a cuenta del New Yorker. Ahora trabajaba para Point Blank, una de esas publicaciones que perfuman sus anuncios y ofrecen instrucciones para ser hombre de mundo. Tardó dos minutos en explicarme que el cambio significaba una mejoría.

Point Blank quiere decir «A quemarropa» -Katzenberg no había perdido su gusto por demostrar lo bien que habla español-: la revista no sólo publica temas frívolos; mi editora busca asuntos fuertes. Es una mujer chida, que se prende fácil. México es un país mágico pero confuso; necesito tu ayuda para saber qué es horrible y qué es buñuelesco -pronunció la eñe en forma lujosa, como si chupara una bala de plata, y me ofreció mil dólares.

Entonces le expliqué por qué estaba ofendido.

Dos años antes, Samuel Katzenberg había llegado a hacer el enésimo reportaje sobre Frida Kahlo. Alguien le dijo que yo era guionista de documentales «duros» y me pagó para acompañarlo en una ciudad que juzgaba salvaje y para explicarle cosas que juzgaba míticas.

Katzenberg había leído mucho acerca de la desgarrada pintura de los mexicanos. Sabía más que yo de murales con mazorcas de ocho metros cuadrados, el Museo de la Revolución, el atentado contra Trotski y el tenue romance de Frida con el profeta soviético en su exilio de Coyoacán. Con voz didáctica, me reveló la importancia de «la herida como noción transexual»: la pintora paralítica era sexy de un modo «muy posmoderno, más allá de la definición de género». En forma lógica, Madonna la admiraba sin entenderla.

Para preparar ese primer viaje, Katzenberg se entrevistó con profesores de Estudios Culturales en Brown, Princeton y Duke. Había hecho su tarea. El siguiente paso consistía en establecer un contacto fragoroso con el verdadero país de Frida. Me contrató como su contacto hacia lo genuino. Pero me costó trabajo satisfacer su apetito de autenticidad. Lo que yo le mostraba le parecía, o bien un colorido montaje para turistas o un espanto sin folklor. Él deseaba una realidad como los óleos de Frida: espantosa pero única. No entendía que los afamados trajes regionales de la pintora ya sólo se encontraran en el segundo piso del Museo de Antropología, o en rancherías extraviadas donde nunca eran tan lujosos ni estaban tan bien bordados. Tampoco entendía que las mexicanas de hoy se depilaran el honesto bigote que a su juicio convertía a F. K. (Katzenberg ama las abreviaturas) en un icono bisexual.

De poco sirvió que la naturaleza contribuyera a su crónica con un desastre ambiental. El Popocatépetl recuperó su actividad volcánica y visitamos la casona de Frida bajo una lluvia de cenizas. Esto me permitió hablar con calculada nostalgia de la desaparición del cielo que determina la vida del D.F.:

-Hemos perdido la región más transparente del aire -comenté, como si la contaminación significara también el fin de la lírica azteca.

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