Ficha técnica

Título: Los círculos morados | AutorJorge Edwards  | Editorial: Lumen | Género: Memorias | ISBN: 9788426421470 | Páginas: 384 | Formato:  15,2 x 23 cm.| Encuadernación: Tapa blanda con solapas | PVP: 20,90 € | Publicación: 17 de enero de 2012

Los círculos morados

LUMEN

«La conversación en la sombra, en la penumbra sucia, era siem-pre literaria hasta el extremo, hasta el agotamiento», escribe Jorge Edwards en este primer y brillante volumen de memorias, una historia a la vez íntima y generacional del descubrimiento de la literatura, un hallazgo a contracorriente del Santiago con-servador de su infancia y de su casa «burguesa, prudente, cuidadosa, temerosa del qué dirán, del exceso, de la espontaneidad de cualquier tipo, de casi todo».

La formación de un escritor en sus claroscuros queda magis-tralmente retratada en estas páginas, desde los recuerdos inicia-les al cobijo de su madre -«la simpática, la estupenda, la dulce»- y de una clase social inexpugnable, pasando por traumas infantiles, profundas heridas debidas a un cura, la formación je-suita en el colegio San Ignacio (donde tuvo entre sus profesores al sacerdote Alberto Hurtado), las primeras lecturas reveladoras, el erotismo, hasta los personajes de los años cuarenta y vísperas de los cincuenta, la figura de Pablo Neruda, y el encuentro con Alejandro Jodorowsky, Enrique Lihn y los surrealistas…

Los círculos morados, es decir las marcas del vino en las comi-suras de los labios en los años de la bohemia y la rebeldía, es una lectura honesta, íntima y vibrante. Un espléndido retrato litera-rio de una vida y de una época en que los cigarrillos y el alcohol acompañaban el desfile de las grandes ideas. 

 

I

La casa de la Alameda 

         Conservo un frasco azul.
         Dentro de él una oreja y un retrato…

 

Los recuerdos iniciales, infantiles, propios o ajenos, reales o ficticios, tienen una resonancia interna, borrosa, una vibración, un eco, algo así como una sombra, o como una doble sombra, que con la cercanía en el tiempo, con una precisión mayor, dentro de contornos más nítidos, tienden a perderse. Memoria cercana frente a memoria profunda. El lente desenfocado produce el misterio, o ayuda a producirlo. Permite que exista el misterio, por lo menos. Toco una nota, un punto sensible del pasado, un nudo, y su resonancia permanece vibrando durante un buen rato. Le pongo pedal a una nota: acorde prolongado. Salgo de mi casa de la Alameda frente a la entrada principal del cerro Santa Lucía, a sus escalinatas convergentes, sus enredaderas, sus fuentes de agua, sus grutas artificiales, sus cúpulas de fantasía, en compañía de mi madre, que va vestida de traje de sastre gris, apenas maquillada, con un sombrero negro discreto, y cruzamos la calle, mirando de reojo las peligrosas góndolas, los buses del Santiago de aquel tiempo, hasta llegar al convento del Carmen, que se encuentra en la esquina opuesta, en el lado del oriente, el de la cordillera. En la amplia avenida, la Alameda de las Delicias, como dice mi madre, antiguo lecho del otro brazo del río Mapocho, frente a la entrada ceremonial del cerro concebida por don Benjamín Vicuña Mackenna, el alcalde grafómano e inventor, hay un movimiento de góndolas llenas de que cuelga de las pisaderas y hasta de las ventanas, como racimos humanos, de tranvías que trituran rieles y avanzan tocando una campanilla, de carretelas arrastradas por caballos flacos, de carretones cargados por hombres que parecen no tocar el suelo con sus chancletas o sus pies desnudos, de uno que otro automóvil, un Ford de bigote, un Hudson gris en forma de acorazado, de niños harapientos, llenos de mocos, que corren por todos lados, pero no tienen zapatos ni trajes de marinero, de beatas encorvadas, escondidas bajo velos negros, que dan pasos cortos apresurados para alcanzar la misa de nueve de San Francisco.

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