Ficha técnica

Título: Los cigarrillos son sublimes |  Autor: Richard Klein | Traductora: Catalina Martínez Muñoz | Prólogo de: Carlos Boyero  | Editorial: Turner Precio: 20 € |  Páginas: 222 | Fecha de publicación: Noviembre de 2008 |   Formato: Rústica con solapas  14 x  22 | Género:  Ensayo literario | ISBN: 978-84-7506-864-0 Nº de fotos: 16

 

Los cigarrillos son sublimes

TURNER

Un libro nostálgico, pero siempre, ingenioso y divertido.

Este libro es un provocativo estudio de la historia literaria, filosófica y cultural del tabaco. Richard Klein se centra en la oscura belleza, los placeres negativos y los beneficios relacionados con el consumo del tabaco en general y de los cigarrillos en particular. Su gusto por la paradoja y el uso lúdico de la hipérbole abren las puertas a este atinado y ambivalente divertimento que presenta los cigarrillos como algo sublime, precisamente por sus contradicciones intrínsecas.

Klein se sirve de recursos sumamente variados para abordar la importancia filosófica de los cigarrillos y valorar su placer estético, así como su peso cultural. A partir de las reflexiones de Sartre en El ser y la nada y las meditaciones de los poetas simbolistas franceses, Klein se pregunta ¿Qué es un cigarrillo? Diversas novelas bélicas, entre las que figuran las de Mailer, Remarque y Hemingway, sirven de marco para la reflexión sobre la utilidad de los cigarrillos en tiempo de guerra, el lugar que ocupan en la vida de un soldado y su función como instrumento para dominar la ansiedad, en particular frente a la muerte. Asimismo analiza fotografías que captan la relación entre el fumador y su cigarro o entre el fumador y otros.

Páginas del principio del libro:

La vida es un cigarrillo,

hierro, ceniza y candela,

unos la fuman deprisa

y algunos la saborean.

MANUEL MACHADO,

El cante jondo

Al escribir este libro me propongo ensalzar los cigarrillos, pero en modo alguno incitar a su consumo. Tampoco pretendo censurarlo. De ser así no lo habría dicho directamente (es decir, no lo habría censurado, mencionando que se trataba de una censura), basándome en el principio -que es una de las conclusiones de este libro- de que el hecho de condenar abiertamente el consumo de cigarrillos por lo general no produce el efecto deseado, sino que consigue justamente lo contrario de lo que pretende: en ocasiones afianza aún más el hábito y tal vez sirve para iniciarlo. Para muchos, en lo tocante al tabaco, la censura sólo sirve para seguir fumando. A otros, puede inducirles a empezar a fumar.

   El corolario de esta conclusión es que no basta con saber que los cigarrillos son nocivos para tomar la decisión de no fumar. Los efectos nocivos del tabaco se conocen desde su llegada a Europa, a finales del siglo XVI. Desde comienzos del siglo XIX se sabe que el alcaloide de la nicotina, administrado en estado puro a las ratas y en dosis mínimas, produce su muerte instantánea. A ningún fumador le pasan inadvertidas las señales que el cuerpo emite con creciente urgencia a medida que envejece: en realidad, es muy posible que todos los fumadores intuyan que se trata de un veneno desde que experimentan los violentos efectos del primer cigarrillo, y tal vez constaten esta primera impresión a diario, con las primeras caladas del primer cigarrillo del día. Pero, por lo general, a nadie le basta con conocer los efectos nocivos del tabaco para dejar de fumar o no empezar a hacerlo; antes al contrario, saber que es perjudicial parece una condición previa para adquirir y afianzar el hábito del cigarrillo. De hecho, se podría argumentar que muy pocas personas fumarían si el tabaco fuese realmente saludable, suponiendo que tal cosa fuera posible. Así pues, el corolario es que, si los cigarrillos fuesen buenos, no serían sublimes.

   Los cigarrillos no son realmente hermosos, pero son sublimes por su deliciosa capacidad para proporcionar lo que Kant llamaría «un placer negativo»: un placer de oscura belleza, inevitablemente doloroso, que surge de la percepción de la eternidad; el sabor de infinitud del cigarrillo reside precisamente en ese «mal gusto» que el fumador aprende a amar rápidamente. Puesto que son sublimes, los cigarrillos resisten por principio cualquier crítica dirigida desde la perspectiva de la salud y la utilidad. Advertir a los fumadores o a los neófitos de los peligros implícitos en el tabaco les empuja aún más hacia el borde de ese abismo en el que, como un viajero ante un paisaje suizo, se estremecen por la sutil grandeza de las perspectivas de mortalidad que entrañan los pequeños horrores contenidos en cada calada. Los cigarrillos son malos. Por eso son buenos; no son buenos, no son hermosos, pero son sublimes.

   Alcohólicos Anónimos descubrió hace mucho tiempo las limitaciones de la idea de que un simple acto de voluntad, como respuesta a una orden imperiosa procedente de uno mismo o de una autoridad externa, bastaría para que un alcohólico dejase de beber. La creencia de que uno «sencillamente puede decir No» entraña precisamente la ilusión que motiva a la persona que tiene un hábito. Un hábito lleva consigo la creencia eternamente repetida de que uno tiene el suficiente dominio de sí mismo para dejarlo, bruscamente, en cualquier momento: pensar que uno puede dejarlo es la principal condición para continuar.

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