Ficha técnica

Título: Lolly Williwes | Autora: Sylvia Townsend Warner | Traducción: Celia Montolío |  Editorial: Siruela | Colección: Libros del Tiempo, 335. | Formato: Cartoné | | Páginas: 212 | Medidas: 14,5 X 21,5 cm | Fecha:  2016 | ISBN: 978-84-16638-78-9 | Precio: 19,95 euros | Ebook: 9,95 euros

Lolly Williwes

SIRUELA

Lolly Willowes, de veintiocho años, está aún soltera cuando tras la muerte de su adorado padre pasa a depender de sus hermanos. Tras ocuparse de todo durante demasiado tiempo, decide escapar de su constreñida existencia y se traslada a una pequeña aldea en Bedfordshire. Allí, feliz y sin trabas, no tardará en descubrir su verdadera vocación: la brujería. Y junto a su gato y al más inesperado de los aliados, Lolly será, por fin, libre.

Publicada en 1926 con un éxito inmediato, Lolly Willowes es la primera y más mágica creación de su autora. Deliciosamente irónica y sugerente, la obra supuso un corrosivo alegato a favor de la independencia de las mujeres, tema que, con una serena inteligencia y un genio subversivo, anticipó el tratamiento que de él harían más tarde escritoras modernas como Angela Carter o Jeanette Winterson. 

«Su visión de la mujer es la que otorga a esta novela esa vertiente subversiva que la emparenta con la obra de Jane Austen y Virginia Woolf».  SARAH WATERS

 

 

PRIMERA PARTE

Al morir su padre, Laura Willowes se fue a vivir a Londres con su hermano mayor y su familia.

     -Por supuesto -dijo Caroline-, vendrás con nosotros.

     -Pero no quisiera arruinaros los planes. Es mucha molestia. ¿Seguro que queréis que vaya?

     -Pues claro que sí, querida.

     Caroline hablaba con tono afectuoso, pero tenía la cabeza en otra parte. Habían vuelto a Londres a comprar un edredón para la cama del cuarto de invitados pequeño. Si acercaban el aguamanil a la puerta, ¿sería posible encajar un escritorio entre este y la chimenea? ¿Quizá mejor un buró, que tiene más cajones? Sí, eso. Lolly podía traerse el pequeño buró de nogal, con sus tiradores falsos a un lado y esa tapa que saltaba cada vez que tocabas el resorte junto al tintero. Había pertenecido a la madre de Lolly, y esta siempre lo había utilizado, así que Sibyl no podía poner ninguna objeción. En realidad, Sibyl no tenía ningún derecho a quedárselo. Solo llevaba dos años  casada con James, y si el buró había dejado marcas en el papel pintado de la salita, le sería fácil poner otra cosa en su lugar. Una peana con helechos y macetas quedaría la mar de bien.

     Lolly era una criatura apacible, y las niñas la querían; enseguida se adaptaría a su nuevo hogar. Era una pena prescindir del cuartito. No podían cederle el cuarto grande a Lolly, y el pequeño era, de los dos, el más práctico para los invitados corrientes: no dejaba de ser una extravagancia lavar un par de sábanas de lino de las grandes para esos visitantes que apenas venían a pasar un par de noches. En fin, ahí estaba el cuartito, y Henry tenía razón: Lolly tenía que irse a vivir con ellos. Londres le supondría un grato cambio. Conocería a gente agradable, y allí tendría más posibilidades de casarse. Lolly tenía veintiocho años. Iba a tener que darse prisa si quería encontrar marido antes de los treinta. ¡Pobrecilla! El negro no le sentaba nada bien. Tenía la tez cetrina, y sus ojos grises asomaban más claros y sorprendentes que nunca por debajo de aquel sombrerito negro tan poco favorecedor. El luto nunca sentaba bien cuando lo comprabas en una ciudad de provincias.

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