Ficha técnica

Título: Lo que vio el perro | Autor: Malcolm Gladwell | Editorial: Taurus |   Colección: Taurus pensamiento|  Género: Ensayo | ISBN: 978-84-306-0755-6 | EAN: 9788430607556 | Páginas: 336 | Formato:  13 x 21,5 cm. | PVP: 20,00 € | Publicación: Marzo de 2010

Lo que vio el perro

EDITORIAL TAURUS

Sólo poniéndose en la piel de un perro, pensó Gladwell, podría destapar los secretos de César Millán, el «encantador de perros», capaz de calmar al animal más inquieto o enfurecido con un simple gesto. El ensayo que da título a este libro es un divertido y eficaz ejemplo del método gladwelliano, consistente en «mirar el problema con ojos ajenos».

Gladwell nos trae historias de todos los rincones del mundo moderno: investiga las agridulces vidas de genios menores, audaces y obsesivos como el señor Heinz, responsable de que sólo exista un tipo de ketchup frente a docenas de variedades de mostaza; nos revela la trascendencia de la evolución del tinte capilar en la historia del siglo XX; compara los métodos de búsqueda de armas de destrucción masiva con los de detección del cáncer.

Autor de tres best sellers que han dado un vuelco a nuestra manera de entender el mundo, Gladwell ha elegido los que consideraba sus mejores artículos, diseminados en distintos números de la mítica revista The New Yorker y nueva muestra de su insaciable curiosidad.

«Un libro magnífico que reúne el estilo de escritura que ha hecho de Gladwell la extraordinaria figura que es hoy.» The Guardian

«Gladwell es probablemente el mejor exponente de la reciente tendencia de libros que intentan revelarnos los secretos de nuestro complejo mundo a través del prisma de las ciencias sociales.» Financial Times

«Algunos capítulos de Lo que vio el perro son obras maestras del arte del ensayo.» The New York Times

 

MENTES PELIGROSAS. EL PERFIL CRIMINOLÓGICO, SIMPLIFICADO 

1.  

El 16 de noviembre de 1940, los trabajadores del edificio de la Consolidated Edison en la calle Sesenta y cuatro Oeste de Manhattan encontraron una bomba tubular casera sobre una cornisa. Llevaba atada una nota: «Aquí tenéis, delincuentes del Con. Edison». En septiembre de 1941 se encontró una segunda bomba, en la calle Diecinueve, a pocas manzanas de las oficinas centrales de la Con. Edison, cerca de Union Square. La habían dejado en la calle, envuelta en un calcetín. Unos meses más tarde, la policía de Nueva York recibió una carta que prometía «llevar al Con. Edison ante la justicia: pagarán por sus ruines actos». Siguieron otras dieciséis cartas, entre 1941 y 1946, todas escritas con mayúsculas, con mucha repetición de la expresión «ruines actos» y todas firmadas con las iniciales FP. En marzo de 1950, una tercera bomba -mayor y más potente que las anteriores- fue hallada en el nivel subterráneo más bajo de la estación ferroviaria Grand Central Terminal. La siguiente se halló en un teléfono público de la Biblioteca de Nueva York. Explotó, al igual que la colocada en otro teléfono público de la Grand Central. En 1954, el «Terrorista Loco» -como acabó conociéndosele- golpeó cuatro veces, una en el auditorio de Radio City, repartiendo metralla entre el público. En 1955 golpeó seis veces. La ciudad estaba alborotada. Las investigaciones de la policía no llevaban a ninguna parte. A finales de 1956, desesperado, el inspector Howard Finney (del laboratorio criminológico de la policía neoyorquina) y dos agentes de paisano fueron a ver a un psiquiatra llamado James Brussel.

   Brussel era un discípulo de Freud. Vivía en la calle Doce, en el West Village, y fumaba en pipa. En México, al principio de su carrera, había hecho contraespionaje para el FBI. Escribió muchos libros, incluido Instant Shrink: How to Become an Expert Psychiatrist in Ten Easy Lessons [Loquero al instante: cómo convertirse en un avezado psiquiatra en diez sencillas lecciones]. Finney puso un montón de documentos sobre el escritorio de Brussel: fotografías de bombas no explosionadas, imágenes de devastación, fotocopias de las nítidas misivas de FP. «No pasé por alto el escepticismo que se leía en los ojos de los dos policías de paisano -escribe Brussel en sus memorias, Fichero de un psiquiatra criminalista-. Yo había visto esa mirada antes, sobre todo en el Ejército, en los rostros de los duros oficiales de la vieja escuela, agentes de a pie de calle que estaban seguros de que este asunto de la psiquiatría moderna no era más que una sarta de tonterías».

   Se puso a hojear los materiales del caso. Durante dieciséis años, FP se había obsesionado con la idea de que la Con. Ed. le había infligido alguna terrible injusticia. Claramente era un paranoico clínico. Pero la paranoia tarda algún tiempo en desarrollarse. FP llevaba poniendo bombas desde 1940, lo que sugería que había alcanzado la mediana edad. Brussel examinó a fondo la minuciosidad de la letra en las notas de FP. Se trataba de un hombre ordenado, cauteloso; probablemente un trabajador ejemplar. Además, su uso de la lengua sugería cierta educación. Pero había algo de afectado en la elección de los términos y en su formulación. A menudo se refería a la Con. Edison como el Con. Edison. ¿Y eso de «cobardes y viles actos»? FP parecía haber nacido en el extranjero. Brussel reexaminó más estrechamente las cartas y notó que todas las letras eran mayúsculas perfectas, excepto las uves dobles, que estaban abombadas y se parecían más a dos úes. A ojos de Brussel, aquellas úes dobles parecían un par de pechos. Repasó las descripciones de escenarios de crímenes. Cuando FP plantaba sus bombas en cines, rajaba con un cuchillo el forro inferior del asiento y embutía los explosivos entre la tapicería. ¿No parecía esto simbolizar la penetración de una mujer, o la castración de un hombre, quizás ambas cosas? Era probable que FP nunca hubiera progresado más allá de la etapa edípica. Era un soltero, un solitario. Vivía con una figura materna. Brussel dio un paso más: FP era eslavo. Así como el empleo de un garrote habría apuntado a alguien de extracción mediterránea, la combinación de cuchillo y bomba apuntaba más a Europa oriental. Algunas cartas se habían echado a buzones del condado de Westchester, pero era improbable que FP hubiera enviado las cartas desde su ciudad natal. De todos modos, varias ciudades del sureste de Connecticut tenían una gran población eslava. ¿Y no había que pasar por Westchester para llegar a la ciudad desde Connecticut?

   Brussel esperó un momento y luego, en una escena que se ha hecho legendaria entre los que trazan perfiles criminales, hizo una predicción:

       -Una cosa más…

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]