Ficha técnica

Título: Lo que no aprendí |Autora: Margarita García Robayo | Editorial: Malpaso | Páginas: 184 | Formato: Tapa dura |Tamaño: 14x21cm | ISBN 978-84-15996-41-5 | Precio: 18,50 euros

Lo que no aprendí

MALPASO

La protagonista de esta historia no entiende a sus dos hermanas mayores, que la tratan como si fuera una nulidad; ni a su madre, una señora propensa a las conductas explosivas; ni a su hermano pequeño, que vive abismado en las honduras de sí mismo. La protagonista de este relato no entiende a su familia y, sobre todo, desconoce a su padre, una eminencia que cultiva los trances extáticos como si ensayara su propia extinción. De modo que a nuestra heroína sólo le queda la triste alternativa de pasear su desconcierto durante largas horas de bicicleta. Pero cuando cae la tarde debe volver a casa y compartir las desdichas cotidianas con sus allegados.

La niña deja de tener once años en un colegio exquisito mientras su pequeño mundo se desintegra: el padre se recluye en la antigua vivienda familiar, una de las hijas mayores da cobijo a su madre y ella lo encuentra con una abuela que la ceba hasta la náusea. Intentará conjurar esos espectros para atender sus contratiempos privados, pero la familia siempre llama a la puerta. Cuando por fin comprenda las razones de cada uno será demasiado tarde y sólo le quedará la culpa de su propia incomprensión.

Una ficción autobiográfica que emociona, sorprende y cautiva. La gran novela de una autora ya imprescindible.

Primera Parte

1

Esa tarde yo tenía once años. Eran las vacaciones de junio de 1991 y mis hermanos y yo estábamos frente al televisor mirando propagandas. Por la ventana entraba una luz potente que me daba directo en la cara y me hacía entrecerrar los ojos; por eso no podía ver bien a mi mamá, que estaba parada enfrente:

-Su papá se murió -dijo mientras se envolvía el pelo en un moño.

Nadie dijo nada.

Isabel, mi hermana mayor, se levantó del sofá y se quejó del calor. Antes ya se había quejado de otra cosa. Del olor. Afuera, en algún lote, estaban quemando basura.

-¡Qué se va a morir! -dijo fastidiada.

Tenía puesto un short que se amarraba en las caderas como si fuera un pañal. Mi mamá la miró con los párpados caídos. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que estaba llorando: tenía el delineador chorreado y quiso limpiárselo con la mano, pero lo que hizo fue regárselo más.

-Pareces un mapache -dijo Isabel y se acomodó el short, que se le subía en la entrepierna.

-Ve a ponerte algo decente -dijo mi mamá; después me miró a mí-: Tú también.

Yo tenía puesto mi disfraz de hawaiana porque estaba practicando una obra de teatro con Gabito, mi hermano menor. Él me preguntaba: «¿De dónde provienen las flores de tu cintura?». Y yo, después de un giro completo en punta de pies, le decía: «De todos los príncipes de Europa».

Eugenia, mi segunda hermana (aunque sólo por cuestión de minutos porque era melliza de Isabel), caminó hacia el pasillo que conducía a la oficina de mi papá. Dijo: «Vamos a ver». Pero lo dijo de mala gana y a mi mamá le dio rabia:

-Maldita sea, no me creen, no me respetan, pero ya verán: Dios las va a castigar mandándoles una cosa horrible, alguna enfermedad.

Se persignó y avanzó hacia la oficina. La seguimos. Atravesamos el pasillo en fila india, me pareció más oscuro y estrecho que otras veces. En las paredes colgaban muchas fotos de nosotros. Mi mamá, cada tanto, ponía una nueva pero no sacaba la anterior: yo todavía aparecía en mi primera comunión, con ese velo esponjoso en la cabeza; y estaba Gabito posando con un bate y el uniforme de béisbol, que le quedaba enorme. La más reciente debía ser la del quinceañero de las mellas, hacía casi dos años: una hilera de chicas peinadas con copete.

Las fotos se habían ido comiendo las paredes de la casa. Habían empezado discretas en la sala, después cada quien fue armando collages para su cuarto y, finalmente, llegaron hasta el pasillo donde (decía mi papá) se amontonaban como moscas sobre un restito de mermelada.

Mi mamá abrió la puerta de la oficina y encontramos a mi papá sentado en la silla de cuero verde, de espaldas a la puerta, mirando la ventana que daba a una calle polvorienta con dos postes de luz y, más atrás, un lote vacío.

-¿Gabriel? -dijo ella.

Él no se movió. A mí se me enfrió la barriga. Eugenia se acercó a la silla y le dio vuelta: era una de esas giratorias, con rueditas. Estaba vieja y chilló como un gato. Ya era vieja cuando llegó a la casa: la habían comprado en una feria de muebles usados y los primeros días la miramos con respeto porque era de cuero. En la casa no había nada de cuero. Después, los cuatro nos fuimos subiendo de a dos cada vez y nos hicimos arrastrar por la casa hasta que un día Gabito se cayó y se partió los dientes y estuvo desmellado como un año.

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