Ficha técnica

Título: Lo que escucha la lluvia | Autor: Francisco Solano | Editorial: Periférica | Colección: Largo Recorrido | Páginas: 120 |  ISBN: 978-84-16291-13-7 | Precio: 15 euros

Lo que escucha la lluvia

PERIFÉRICA

Tiempo atrás, en un pequeño pueblo de Castilla, un niño juega en el río con el barquito de corcho que su padre construyó para él. Para el futuro hijo de la viuda.

El narrador de esta extraordinaria novela, obra de madurez total de su autor, parece recelar tanto de su memoria como de su identidad, pues ninguna le ha procurado un fértil asentamiento en la realidad, según iremos sabiendo al avanzar en sus páginas. La memoria es una vibración constante, cuya inestabilidad es sospechosa. La identidad se rige por el nombre, y el narrador de Lo que escucha la lluvia vio el suyo, sí, lo vio, de niño en el grito de su madre. El narrador también desconfía de las palabras, sólo lo reconforta una: «improbable». Su resonancia le confiere una condición espectral, y con esa inconsistencia indaga en sus experiencias primordiales: en la muerte del padre, en la protección de la soledad, en construir cabañas, en el recurso de convertirse en personaje.

He aquí un itinerario sinuoso por los orígenes y sus consecuencias para «pulsar una sola nota musical, pero donde prevalezca el sonido de las sinfonías nunca escritas». Como si el significado pudiera convocarse, y la literatura no fuera, en el mejor de los casos, una manera de dejarse ver para ocultarse.

Texto del autor sobre la novela:

Hay una pregunta recurrente, a la que todo escritor debe resignarse, que se expresa así: «¿De qué trata?». Lo considero uno de los momentos más agraviosos a los que se somete el individuo cuyo nombre ilustra la portada. Incluso si se sale con buen pie, el agravio no disminuye con una respuesta aprovechable. El problema reside en que toda narración literaria que se precie, a estas alturas, trata de cómo narrar. El tema es un incentivo, una orientación, tal vez una zona a explorar. Ya Baudelaire avisaba: «Tener temas es tener dinero». Esa frase, leída hace mucho tiempo, traslucía mi condición, y se ha mantenido hasta hoy; por tanto, no sé de qué trata mi libro. Escribo para indagar en una experiencia que reclama una expresión verbal, que ya no será propia, sino de cualquiera. No sé de qué trata un libro hasta que se publica y alguien lo menciona, como si siempre hubiera estado ahí. Cabría decir que gira sobre la destrucción y la pérdida -sin aplacarse en la elegía-, y que se defiende del ofuscamiento. Y aunque yo también pueda, sin demasiado disgusto, leer el libro, lo cierto es que me vence la extrañeza de que lo haya escrito yo. No hablo de falta de vanidad, sino de un reconocimiento difuso. Admito, ante la inminente publicación de Lo que escucha la lluvia, que algún estremecimiento de sus páginas me pertenece, pero de un modo que tiende a enmudecerme en lugar de hacerme expansivo. ¿Qué significa este librito en mi bibliografía? Tal vez, me arriesgo a formularlo así, un concentrado de prosa sobrevenida que revela el conflicto entre imaginación y vida privada, pese a la prevención del autor por la memoria personal. Algo que sólo tangencialmente se apreciaba en los otros libros. Mucho de lo que amparan sus páginas ha surgido de una manera, se podría decir, fatídicamente epifánica. Durante algún tiempo lo consideré demasiado particular, casi exclusivo. Creía ingenuamente que lo que decía el texto lo respaldaba la experiencia del autor. Ahora creo menos en el autor y más en esa congregación de yoes de la que hablaba Pessoa. Y puedo ver el texto como una ebullición que «afirma lo que niega». No es mala divisa para estos tiempos confusos. La contradicción no se retrae del conflicto, sino que sugiere la vida que se escapa. Aspiro, sin ninguna imposición, a que este librito se compadezca, con el lector, de la soledad nunca compartida, como se ha compadecido de las experiencias primordiales del autor.  Francisco Solano

I

A usted también le habrá pasado. Es una tontería de juego, un pasatiempo. Se juega, sobre todo, en la adolescencia. Yo sólo lo jugué en la adolescencia. Todos hemos asistido a reuniones aburridas. Nadie va por gusto a una reunión aburrida; el aburrimiento es algo que sucede. Sucede así: nos conocemos todos, hasta el hartazgo; las chicas, como siempre, ya se han ido; no quedan bebidas, hay mucho silencio, y se fuma porque el silencio y el humo nos hacen reflexivos y melancólicos. Nadie quiere volver a casa. ¿Para qué? Con algo habrá que llenar el tiempo. Un modo cualquiera, no el menos absurdo, es formar un círculo y pedir a cada uno de los participantes que defina con una palabra a los demás. El trance parece inocente, aunque tiene su veneno. Yo recuerdo que, para no ofender a nadie, elegía palabras de índole más bien poética. Por ejemplo, para un amigo muy gordo (su nombre era Jorge) escogí la palabra cósmico, y para Ricardo, que tenía la cara arrasada de acné, mimosas. Quería decir las flores, claro, pero no me dio tiempo a reaccionar. Quiso pegarme. Entre todos lo sujetaron. Ofendido en su virilidad (aunque éramos casi unos niños), jamás volvió a dirigirme la palabra. Lo parece, pero no estoy contando recuerdos importantes. De hecho, ni siquiera me acordaba de ese juego hasta ahora, al empezar a escribir. Porque iba a presentarme con una sola palabra, tenía la frase preparada: «Si tuviera que definirme con una sola palabra escogería improbable. Me gusta, no hace demasiado ruido, se paladea bien y deja en la boca un sabor espectral que conviene a mi condición». La escribí, tal como la ve, en un paseo, y la he retenido sin modificar. Al verla escrita, lo reconozco, me gusta menos. En la memoria las frases tienen una vida mejor. Quería empezar así, con una declaración, para que no hubiera dudas. Concebí esa frase como una tarjeta de visita. Nos acabamos de conocer, y es de personas educadas, al presentarse, decir el nombre y la ocupación. Sin embargo, me va a permitir que no diga mi nombre. Es un nombre común, no demasiado vulgar, y alguien podría pensar que es inventado. Con respecto a la ocupación, la cosa es más sencilla: soy encuadernador. O eso digo cuando me preguntan a qué me dedico. Aunque no es toda la verdad: hace mucho que no encuaderno un libro. De vez en cuando, sin embargo, voy al local, que sigue abierto al público, pero sólo para cerciorarme de que, en otro tiempo, tuve un pasado artesanal, que también yo enhebré mi aguja en el tejido del mundo, como usted, que está tumbado en el sofá, con mis frases en las pupilas. El local está abierto al público, pero ya no es un taller de encuadernación: es una tintorería, lavado y secado, cuero, ante y napa. La prensa, el telar, las pieles, las chiflas, las plegadoras de hueso y madera, junto con restos de cuerdas, tarlatanas, botes de cola y las cubetas para preparar guardas, todo eso está almacenado en un cuarto, detrás de una enorme máquina de lavado en seco.

[ADELANTO DEL LIBRO EN PDF]