Ficha técnica

Título: Lluvia y otros cuentos | Autor: Somerset Maugham | Prólogo: Vicente Molina Foix | Traducción: Concha Cardeñoso | Editorial: Atalanta | Colección: Ars Brevis, nº 102 |  Formato: Rústica | Medidas: 14 X 22 cm |Páginas: 422 | Fecha: 2016 | ISBN: 978-84-945231-2-0 | Precio: 25,00 euros

Lluvia y otros cuentos

ATALANTA

La dilatada carrera literaria de William Somerset Maugham estuvo colmada de triunfos, en las primeras décadas del siglo xx como autor teatral en Londres, donde llegó a tener hasta cuatro obras en cartel al mismo tiempo -algo que ni siquiera Oscar Wilde logró nunca-, y más tarde como novelista, con éxitos a escala mundial que hicieron que varios de sus libros fueran llevados al cine. Sin embargo, su verdadero talento cristaliza en sus cuentos, en los que a un amplio conocimiento de la vida mundana cosmopolita se unen sus enormes y minuciosas dotes de observación, salpicadas de aguda malevolencia.

Como advierte Vicente Molina Foix en el prólogo, el cuento era para Maugham la narración de un solo acontecimiento, material o psicológico, del que eliminaba todo cuanto no fuera esencial para su propia elucidación y unidad dramática. Heredero de Flaubert y, sobre todo, de Maupassant, se oponía frontalmente a la moda de la época, rendida al mandamiento chejoviano de no acabar los cuentos con un «final» que otorgase todo el sentido dramático al argumento. Prefería huir de los excesos verbales para permanecer fiel al desarrollo lógico del relato, que debía concluir «con un punto final antes que con puntos suspensivos». Lo importante era «narrar hechos» con la mayor naturalidad y lucidez.

Provenientes de épocas muy distintas y de muy variada extensión, los doce cuentos que integran este volumen son una perfecta muestra de su virtuosismo como narrador de historias.
PRÓLOGO
 
Exotismo y malicia
    
En su juventud, después de haber viajado extensamente por Alemania e Italia mientras leía con avidez a los decadentistas ingleses, William Somerset Maugham llegó a Sevilla. El siglo XIX estaba a punto de terminar, él tenía veintitrés años, había publicado su primera novela, Liza de Lambeth, y era ya fi rme su resolución de abandonar los estudios de medicina. En Sevilla, el joven esteta se dejó bigote, se afi cionó a los cigarros fi lipinos, y cuando acababa las clases diarias de guitarra española solía bajar por la calle Sierpes calándose un sombrero cordobés y anhelando desplegar al viento una capa con un ribete bordado de terciopelo rojiverde. También encontraba tiempo para montar por los campos cercanos un caballo prestado, ir a los toros y hacer «el amor con ligereza a unas criaturitas hermosas cuyas demandas no superaban los exiguos medios de los que yo disponía». Su proyecto, en esa primera estancia larga en la capital andaluza, era dominar bien el español, hacer lo mismo en Roma con el italiano, y en Grecia y en El Cairo aprender el griego vernáculo y la lengua arábiga. Los placeres hallados en Sevilla, a la que volvió repetidas veces, le desviaron temporalmente de una entrega exclusiva a las letras, de modo que el joven William fue posponiendo su educación literaria y lingüística, con el resultado, diría él mismo años más tarde, en su obra confesional y memorialística The Summing Up (El recuento), de que «nunca pude leer La Odisea más que en inglés y nunca logré mi ambición de leer Las mil y una noches en árabe».
Sorprende, sin embargo, que estos lamentos provengan de uno de los escritores más cosmopolitas que han existido, genuinamente curioso de lo foráneo, viajero inagotable hasta después de cumplidos los ochenta, y observador minucioso y nada condescendiente de los modos de vida y las costumbres de los países del sur occidental y el Lejano Oriente, escenarios frecuentes de sus ficciones largas y cortas. Esa extraterritorialidad le emparenta con su en parte contemporáneo Henry James, una figura colosal a la que trató mundanamente en los últimos años de la vida del autor de Retrato de una dama y que asoma como una sombra conflictiva en la obra y en las reflexiones de Somerset Maugham, pues en cierto modo la literatura del británico es la réplica de trazo claro a los alambicados dilemas y a los rigores estilísticos que el neoyorquino establecido en Europa desarrolló; Maugham los llamaría en el citado libro «sermones» novelísticos, predicados por James en inglés y poco atendidos por los franceses, que son sus propios modelos.

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