Ficha técnica

Título: Libros proféticos. Tomo I | Autor: William Blake| Traducción y Prefacios: Bernardo Santano Moreno | Editorial: Atalanta | Colección: Imaginatio vera | Formato: 20,8 x 27 | Encuadernación: Cartoné | Páginas: 705 | ISBN: 978-84-940941-5-6| Precio: 58,00 euros

Libros proféticos I

ATALANTA 

El poeta, pintor y grabador William Blake (1757-1827) es una de las pocas mentes poéticas auténticamente imaginativas, creador de un mundo mítico de una profundidad y coherencia únicas en la cultura europea. Su mensaje «profético», que proclama a los cuatro vientos las devastadoras consecuencias de la separación de la mente humana de su objeto, la naturaleza, y exige la reinstauración de la unidad original del ser, no significa para Blake una anticipación de hechos futuros de inspiración divina, como para los profetas bíblicos, sino la capacidad de recibir visiones reveladas por agentes superiores.

La presente edición bilingüe, a cargo de Bernardo Santano, reúne por primera vez la totalidad de sus obras «proféticas». Dividida en dos volúmenes (el primero de ellos prologado por Patrick Harpur), incluye los siguientes poemarios: Tiriel (ca. 1789), El libro de Thel (ca. 1789), El matrimonio de Cielo e Infierno (1790), La Revolución francesa (1791), Visiones de las hijas de Albion (1793), América: Profecía (1793), Europa: Profecía (1794), El [primer] libro de Urizen (1794), El libro de Ahania (1795), El libro de Los (1795), El cantar de Los (1795) y Vala, o los cuatro Zoas (1797-1804).

Los Libros proféticos nunca habían sido editados de forma completa en español. El hecho de venir aquí acompañados de todas sus láminas en color concede por primera vez al lector de lengua española la posibilidad de acercarse a la obra de Blake tal como éste la concibió: como una serie de poemas ilustrados cuya indisoluble unidad entre texto e imagen se asemeja mucho a los códices miniados de la Edad Media.

Bernardo Santano Moreno, traductor, prologuista y autor del glosario de esta edición, es doctor en filosofía y profesor titular de filología inglesa en la Universidad de Extremadura. Autor de numerosos artículos y codirector de la colección «In Geardagum» que publica la editorial Sílex, ha llevado a cabo, entre otras obras, la edición completa de los Sonetos de William Shakespeare (Acantilado, 2013) en versión literal y versificada, y la traducción del Prólogo General a los Cuentos de Canterbury de Chaucer en versión poética (Universidad de Extremadura, 2013).

Introducción a los Libros proféticos de William Blake

Patrick Harpur

No hay nadie como William Blake en la literatura y el arte ingleses. Su genio prendió la antorcha del Romanticismo en Inglaterra hacia finales del siglo XVIII, pese a que fue ignorado o, al menos, apenas reconocido a lo largo de su vida. La mayoría lo tenía por un loco, pero aquellas incendiarias obras suyas ensombrecen a las de todos sus contemporáneos. Combinación de poesía, grabado, escritura, diseño y acuarela, nada ha habido comparable a sus obras desde los manuscritos iluminados de la Edad Media.

Las circunstancias externas de la biografía de Blake son irrelevantes. Nació el 28 de diciembre de 1757, segundo de los cinco hijos de un lencero moderadamente próspero domiciliado en Golden Square (actualmente en la zona del Soho londinense). Con la excepción de tres únicos años de estabilidad, pasó su vida en diferentes partes de Londres, siempre pobre e infravalorado, trabajando en sus grabados día y noche. Sin embargo, los hechos que acontencieron en su vida interior -a la que él llamaba su vida imaginativa- son otro asunto. Fue un visionario. En sus días finales, rememoró como sus visiones comenzaron cuando tenía nueve o diez años: paseaba por el campo en Peckham (actualmente un área edificada al sur de la ciudad) y vio un árbol lleno de ángeles con sus brillantes alas resplandeciendo como estrellas en cada rama. En otra ocasión, mientras observaba a unos campesinos segando, vio moviéndose entre ellos a unas figuras angélicas invisibles para todos, salvo para él.

Poco sabemos acerca de sus padres, aunque seguramente debieron advertir algo extraordinario en su hijo porque accedieron a su petición de no ser enviado a la escuela. En lugar de ello, alentaron su talento para el dibujo llevándole, a la edad de diez años, a una academia de dibujo en la que pasó gran parte del tiempo copiando reproducciones de estatuas griegas y romanas. A los catorce años empezó a trabajar como aprendiz del grabador James Basire, que solía enviar al joven William a dibujar viejos monumentos e iglesias, en particular la abadía de Westminster. En su taller, Blake aprendió a estimar el estilo gótico, que defendió durante toda su vida frente al entonces predominante gusto por el neoclasicismo. También admiraba los manuscritos medievales que vio allí, los cuales empleó como modelos para sus propios «libros iluminados», que no eran los poemas ilustrados con grabados al uso, sino poemas e ilustraciones grabados al unísono para producir juntos una obra artística única.

Tras siete años de aprendizaje, Blake abrió su propio taller de grabador. Cuatro años más tarde, a la edad de veinticinco, contrajo matrimonio con Catherine Boucher, hija analfabeta de un hortelano. Su padre no aprobó aquel enlace con una muchacha de clase más baja, pero parece ser que -aun pese a la falta de hijos- la unión fue feliz. Enseñó a su esposa a leer y escribir, y Catherine, además de cónyuge, se convirtió también en compañera de trabajo; incluso aprendió a imprimir los grabados que él hacía.

El padre de William Blake falleció en 1784. Su hijo mayor, James, heredó el negocio de lencería y William tomó como aprendiz a su hermano menor Robert, por el cual sentía un gran afecto. Era quizá la persona más cercana a él, un verdadero compañero intelectual. Blake sufrió la más dolorosa pérdida de su vida cuando, al cabo de dos años y medio, Robert murió con apenas veinte años. Blake contaba que, en el momento de su muerte, vio al espíritu de su hermano ascender a través del techo, «dando palmas de alegría». Desde entonces vio y habló con su hermano pequeño cada día; a veces escribía lo que éste le dictaba y otras seguía sus consejos sobre técnicas de grabado. Blake siempre tuvo un pie en el Otro Mundo.

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