Ficha técnica

Título: Libertad | Autor: Jonathan Franzen| Traducción: Isabel Ferrer Marrades
| Editorial: Salamandra | Colección:   Narrativa | Género: Novela | ISBN: 978-84-9838-397-3| Páginas: 672 | Encuadernación: Rústica |  PVP: 25,00 € | Publicación: 1 de Octubre de 2011

Libertad

SALAMANDRA

El retrato minucioso de una familia del Medio Oeste americano a lo largo de varias décadas adquiere en la prosa maestra de Jonathan Franzen un carácter universal. Ahondando en la vida íntima de unos personajes tan cercanos como identificables, la novela es una incisiva radiografía de nuestro tiempo que ha suscitado la admiración unánime de la crítica y los lectores de todos los países donde se ha publicado hasta la fecha.

Patty y Walter Berglund son miembros de una nueva y floreciente clase urbana, pioneros en la recuperación de un barrio degradado. Además de madre modélica y esposa perfecta, Patty es la vecina ideal, la que sabe dónde se reciclan las pilas y cómo escoger un colegio adecuado para los niños. Junto con su marido Walter, abogado ecologista y ferviente defensor de la bicicleta, aportan su grano de arena a la construcción de un mundo mejor. Sin embargo, la llegada del nuevo milenio pone la vida de los Berglund patas arriba. Su hijo quinceañero se instala en casa de los vecinos republicanos, Walter acepta trabajar para una compañía minera, y Richard Katz, antiguo compañero de Walter, rockero extravagante y mujeriego empedernido, cobra un protagonismo insospechado en la pareja. Pero aún más desconcertante es la evolución de Patty, que de ser la figura más activa del barrio se ha transformado en una mujer ensimismada en la búsqueda de su propia felicidad.

Con una efectiva combinación de humor y tragedia, Franzen desgrana las tentaciones y las obligaciones que conlleva la libertad: los placeres de la pasión adolescente, los compromisos despreciados en la madurez, las consecuencias del anhelo desenfrenado de poder y riqueza que arrasa el país. Así, en los aciertos y errores de un grupo de personas que tratan de adaptarse a un mundo confuso y cambiante, Franzen ha pintado un cautivador retablo de nuestra época. 

 

BUENOS VECINOS

La noticia sobre Walter Berglund no apareció en la prensa local -Patty y él se habían trasladado a Washington dos años antes, y en Saint Paul ya no contaban para nadie-, pero la aristocracia urbana de Ramsey Hill no era tan leal a su ciudad como para privarse de leer el New York Times. Según un largo y nada halagüeño artículo de este periódico, Walter había arruinado su vida profesional allá en la capital de la nación. Sus antiguos vecinos tenían ciertas dificultades para conciliar los apelativos que utilizaba el Times para describirlo («arrogante», «prepotente», «éticamente dudoso») con el rubicundo, risueño y generoso empleado de 3M al que recordaban pedaleando bajo la nieve de febrero por Summit Avenue, camino de la oficina; resultaba extraño que Walter, más verde que los Verdes y él mismo de origen rural, tuviera ahora problemas por actuar en connivencia con la industria del carbón y abusar de la gente del campo. Aunque, la verdad sea dicha, con los Berglund siempre había habido algo que no terminaba de encajar.

     Walter y Patty fueron los jóvenes pioneros de Ramsey Hill: los primeros graduados universitarios en comprar una vivienda en Barrier Street desde que tres décadas antes el antiguo corazón de Saint Paul se viera sumido en tiempos difíciles. Compraron su casa victoriana a precio de saldo y luego, durante diez años, se dejaron la piel reformándola. Ya al principio, alguien muy decidido le prendió fuego al garaje y forzó un par de veces la cerradura del coche antes de que consiguieran reconstruirlo. Moteros de piel curtida invadían el solar del otro lado del callejón trasero para beber cerveza Schlitz y asar unas knockwurst y hacer rugir los motores a altas horas de la madrugada, hasta que Patty salía en chándal y les decía: «Eh, tíos, ¿sabéis qué os digo?» Patty no asustaba a nadie, pero había sido una destacada atleta en el instituto y la universidad y poseía la audacia típica de los atletas. Desde su primer día en el barrio llamó inevitablemente la atención. Alta, con coleta, absurdamente joven, empujando un cochecito de bebé entre coches desguazados y botellas de cerveza rotas y nieve salpicada de vómito, podría haber llevado toda su jornada en las bolsas de redecilla que colgaban del cochecito. Tras ella se adivinaban los preparativos con el engorro de un bebé para toda una mañana de recados con el engorro de un bebé; por delante, una tarde de radio pública, el popular recetario Silver Palate Cookbook, pañales de tela, masilla tapajuntas y pintura de látex; luego Buenas noches, luna, y luego una copa de zinfandel. Ella era ya en sentido pleno aquello que en el resto de la calle no había hecho más que empezar.

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