Ficha técnica

Título: Lento en la sombra | Autor: Peter Handke | Editorial: Eterna Cadencia | Páginas: 288 | Selección y prólogo: Matías Serra Bradford | Traducción: Ariel Magnus |   ISBN: 978-987-1673-68-1 | Formato: 14 x 22 cm. | Precio: 23 euros

Lento en la sombra

ETERNA CADENCIA

 Las figuras de las narraciones de Peter Handke se comportan como mensajeros, acaso entre los verdaderos protagonistas de sus libros: la narración y el lector. En estos ensayos, el que actúa como mensajero es el propio Handke, que le ofrece al lector el fruto de sus lecturas, de sus andanzas como espectador de cine y aficionado al arte. Así, el escritor comparte sus impresiones ocasionales -no por eso menos imborrables- de Franz Kafka, Thomas Bernhard, Ludwig Hohl, Hermann Lenz y Nicolas Born. Buena parte de ellos se convierten en sus aliados, en compañeros de ruta, como sucede con Patricia Highsmith, Marguerite Duras, John Berger, Yasushi Inoué o Emmanuel Bove.

Esta selección incluye también homenajes a clásicos en lengua alemana como Karl Philipp Moritz y Adalbert Stifter; extraordinarios apuntes sobre la traducción y sobre la relación entre escritores y editores; textos sobre el cine de Abbas Kiarostami y de Straub y Huillet, así como sobre la pintura de Pierre Alechinsky, Anselm Kiefer y Jan Voss.

 

 

Sobre la traducción: imágenes, fragmentos, un par de nombres
para Fabjan Hafner, por el Premio Petrarca
 

 

Cuando empecé a leer los nombres impresos en letra chica de los traductores, de los que nada más se sabía, como una añadidura mágica a las novelas extranjeras: Sigismund von Radecki (en Dostoievsky), Guido M. Meister (en Camus), Georg Goyert (en Joyce), Helmut M. Braem (en William Faulkner), Helmut Scheffel (en Michel Butor), Elmar Tophoven (en Samuel Beckett, Alain Robbe- Grillet)… Cómo me imaginaba a estas personas: dignatarios serios, retirados del mundo, completamente abocados al servicio de la causa, invisibles. Tanto más sonoros para el lector principiante los meros nombres. 

Singular encuentro más tarde: el intermediario de mi primer manuscrito con una editorial era un traductor. El hombre en persona no se correspondía para nada con mi imagen del traductor: en lugar de ser un silencioso y mero esbozo, dominaba la escena; no la taciturnidad de un sirviente, sino el brío de un luchador (y efectivamente había participado en la Guerra Civil española). 

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