Ficha técnica

Título: Lección de alemán | Autor: Siegfired Lenz | Traducción: Ernesto Calabuig   | Editorial: Impedimenta  | Formato: 14 x 21 cm. |  Presentación: Rústica | Fecha: 2016 | Páginas: 496 | ISBN: 978-84-16542-48-2 | Precio: 29,95 euros  |  

Lección de alemán

IMPEDIMENTA

Impedimenta presenta en una nueva traducción Lección de alemán, una de las obras maestras de la literatura del XX, que ahonda en el sentimiento de culpa individual y de todo un pueblo. Un audaz precedente de las novelas de Jelinek, las reflexiones de Sebald o las películas de Haneke.

Siggi Jepsen, internado en una institución para jóvenes inadaptados, debe escribir una redacción sobre «Las alegrías del deber», pero fracasa una y otra vez ya que tiene demasiadas historias que contar sobre el tema. Su padre, policía de un remoto pueblo del norte de Alemania durante la época nazi, recibe la orden de impedir que el anciano Max Ludwig Nansen pinte más cuadros, considerados ofensivos para la raza alemana. A ambos les une una amistad que se remonta a su juventud, de modo que la prohibición no solo destruirá los cuadros, sino también su identidad e incluso la infancia de Siggi: su padre, obsesionado con cumplir con su obligación hasta sus últimas consecuencias, le hace espiar al artista. Para él, el estudio de Nansen es su segundo hogar, y la observancia del mandato paterno le arrastra a una asfixiante crisis de conciencia.

«Lenz es capaz de regalar a sus lectores historias poéticas pero de una fuerza demoledora.» Marcel Reich-Ranicki  

 

1. EL CASTIGO

     Me han impuesto un castigo. El propio Joswig me ha llevado a mi celda, ha dado unos golpes en la reja de la ventana y ha ahuecado el jergón de paja. Después, nuestro vigilante favorito ha registrado a fondo mi taquilla metálica y mi viejo escondite de detrás del espejo. Callado, callado y ofendido, ha proseguido con su inspección, esta vez centrándose en la mesa y en el taburete cubierto de muescas. Se ha interesado también por el desagüe del lavabo, e incluso, con sus nudillos desafiantes, ha parecido plantear algunas preguntas al alféizar de la ventana mientras lo golpeaba. Ha querido asegurarse de la neutralidad de la estufa, y a continuación se ha acercado a cachearme lentamente de arriba abajo para comprobar que no llevaba nada en mis bolsillos que resultara dañino. Luego, con una expresión de reproche, ha dejado el cuaderno sobre mi mesa, el cuaderno de redacciones en cuya etiqueta gris puede leerse: «Redacciones de alemán de Siggi Jepsen». Se ha encaminado hacia la puerta sin despedirse. Joswig, que es un hombre bondadoso, se sentía decepcionado y algo enfadado. Pues Joswig, nuestro vigilante favorito, sufre con los castigos que nos imponen y estos dejan en él incluso más secuelas que en nosotros mismos. Sin embargo, no me ha dado a entender su preocupación mediante palabras, sino por el modo en que ha cerrado el portón. Apático, ha hurgado confusamente con la llave en la cerradura. Ha titubeado al intentar girarla una primera vez y luego, tenaz, ha vuelto a intentarlo. Ha probado una vez más y, de repente, como reprochándose a sí mismo su indecisión, ha cerrado con dos bruscas vueltas. Ha sido precisamente él, Karl Joswig, hombre delicado y tímido, quien tuvo que encerrarme bajo llave para que cumpliera con mi castigo.

     Aunque he permanecido aquí sentado sin moverme casi un día entero, aún no me encuentro en condiciones de empezar a redactar. Si miro por la ventana veo el río Elba, que surca mis propios rasgos suaves, que se reflejan en la luna del espejo. Aunque cierre los ojos, no deja de fluir, oculto bajo los hielos flotantes cuyo azul resplandece. Sin poder evitarlo, mi pensamiento se va con el remolcador, que, con la defensa de su proa cubierta de costras, parece cortar y delinear patrones grises en la superficie del agua. No puedo apartar la vista de la corriente, y descubro que su excesivo caudal arrastra hasta nuestra playa témpanos de hielo, los empuja y los eleva haciéndolos crujir hasta llevarlos a los secos cañaverales, donde los abandona. Contra mi voluntad observo a unas cornejas, que, según parece, tienen una cita en la localidad de Stade. Una a una se acercan planeando desde los pueblos de Wedel y Finkenwerder y desde la isla de Hahnöfer. Se reúnen formando una bandada sobre nuestra isla y después ascienden y giran en un escorzo, hasta encontrar por fin un viento favorable que las empuja hacia el islote de Stade. Me distrae la enredada vegetación de sauces, que parece hecha de vidrio, empolvada de escarcha seca.

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