Ficha técnica

Título: Lea | Autor: Pascal Mercier | Editorial: El Aleph | Colección: modernos y clásicos, 295 |PVP: 17,00 € | Páginas: 288 | ISBN 978-84-7669-850-1 |Medidas: 14 x 21,5 cms.

Lea

EL ALEPH

 

Lea cuenta la historia de una joven a través del relato de su padre, alguien que fue incapaz de desviarla de una tragedia que se preanuncia desde las primeras páginas. Adrian, un cirujano desplazado de su profesión de una manera traumática es un personaje que irrumpe al comienzo de la novela para ejercer de confidente de Martijn van Vliet, el padre desdichado. La imprevista relación entre ambos permite que la historia se despliegue a partir de un punto de intimidad que se abre a un relato de alienación y extrañamiento.

El relato enhebra hechos claves que marcaron el destino de la hija de Van Vliet, donde la casualidad y los sentimientos van delineando un camino que conduce inevitablemente a la muerte. Son precisamente los sentimientos muchas veces engañosos los que mueven a los personajes de la novela: así el amor a su hija lleva al padre a utilizar fondos de la universidad para comprarle a su hija un violín a un precio exorbitante. Su deseo de hacerla feliz se trastoca en una desventura que lo envuelve a él y a Lea.

A su vez, Lea que revela un talento innato por la música, y el violín establece un vínculo con su profesor, un amor casi místico que también refuerza su camino hacia la locura. Por debajo de los sentimientos aflora una dificultad manifiesta de establecer un contacto real entre los seres más próximos. Una especie de alienación que se profundiza y crea un clima asfixiante.

 

Capítulo I

Nos encontramos una clara y ventosa mañana en Provenza. Yo estaba sentado delante de un café en Saint-Rémy, contemplando los troncos de los plátanos bajo la luz pálida. El camarero que me había traído el café estaba de pie en la puerta. Con su gastado chaleco rojo, parecía como si hubiese sido camarero toda la vida. De vez en cuando, daba una calada a su cigarrillo. En una ocasión, saludó a una chica que estaba sentada de través en el asiento trasero de una Vespa, como en una vieja película de mis tiempos de escolar. Cuando la Vespa hubo desaparecido, la sonrisa perduró todavía un rato más en su rostro. Pensé en la clínica, en la que seguían trabajando sin mí desde hacía tres semanas. Luego volví a mirar al camarero. Ahora su rostro tenía una expresión reservada y su mirada parecía vacía. Me pregunté cómo sería vivir su vida en lugar de la mía.

 Martijn van Vliet fue primeramente una cabellera canosa dentro de un Peugeot rojo con matrícula de Berna. Intentaba aparcar y lo hizo de una manera bastante torpe, a pesar de que había sitio suficiente. La inseguridad a la hora de aparcar no encajaba de ninguna manera con el hombre alto que se bajó a continuación, se abrió camino con paso seguro en medio del tráfico y se acercó al café. Me observó de refilón con una mirada escéptica de sus ojos oscuros y entró.

 «Tom Courtenay -pensé-, Tom Courtenay en la película La soledad del corredor de fondo». Ese hombre me lo recordaba. Sin embargo, no había mucho parecido. Sólo se parecían en la mirada y en la manera de andar, en la forma en la que parecían estar en el mundo y consigo mismos. El director de la universidad detesta a Tom Courtenay, el joven larguirucho de sonrisa tímida, pero lo necesita para ganar contra la otra universidad con su nuevo corredor estrella. Por eso se le permite correr durante el horario de clases. El chico corre y corre a través del colorido follaje del otoño, la cámara enfoca el rostro con su sonrisa feliz. Entonces llega el día, Tom Courtenay los supera a todos, su rival parece paralizado, Courtenay entra en la recta final; se ve entonces un primer plano del director con su cara obesa, radiante por el triunfo anticipado, faltan cien metros para la meta, cincuenta, y entonces Courtenay aminora el ritmo de un modo provocador, frena, se detiene; la incredulidad se refleja en el rostro del director, que en ese momento reconoce cuál es el propósito del joven; lo tiene en su mano, ésa es su venganza por todas las humillaciones; Courtenay se sienta en la tierra, estira las piernas que podían haber seguido corriendo mucho más, el rival cruza la meta, y el rostro de Courtenay se desfigura en una irónica sonrisa de triunfo. No me cansaba de ver ese rostro en la función de mediodía, por las tardes y por las noches, y los sábados en la última función.

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