Le ParK

EDITORIAL SIBERIA

Un nuevo concepto de entretenimiento ha nacido de la mano de un empresario ruso (multimillonario gracias a la industria del arma- mento) y un misterioso arquitecto que vive recluido y consagrado al desarrollo de la neuroarquitectura. Se trata de un parque insólito construído en una isla privada del océano Pacífico.

«El principio es muy simple: su diseñador ha querido reunir en un solo espacio todas las formas que podría adoptar un parque. De este modo, Le ParK agrupa -haciendo gala de una totalidad novedosa- una reserva animal y un parque de atracciones, un cementerio y un kindergarten, un parque zoológico y una residencia de ancianos, un arboreto y una cárcel. Sin embargo, no las reúne de manera que sus elementos conserven su autonomía y sigan funcionando por separado; las combina por completo, en – caja cierta característica con tal otra, tiende puentes, mezcla los géneros, confunde sus edificios, fusiona las poblaciones, invierte los roles.»

A modo de crónica periodística, Bégout nos invita a un recorrido alucinante por el parque de parques. Un paseo terrible a través del ocio corrupto de la sociedad actual y las atracciones de la modernidad entre el horrror y la diversión. Pasen y vean.

«Bégout firma una excelente novela de ciencia ficción, su parque es una métafora del mundo actual.» Les Inrockuptibles

«Una crítica brutal a nuestra sociedad. Lectura obligada.» Le Nouvel Observateur

«Lúcido y provocador.» Le Magazine Littéraire

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Lo habitual es que los nombres propios estén exentos de la obligación de significar algo. Si aparecen referidos a seres, no dicen nada de ellos. Existen excepciones a esta regla. Le ParK es un parque, si bien un parque distinto a los demás. Hay muchas clases de parques: para plantas, para animales, para hombres, parques de empresa, destinados a vehículos e incluso a aparatos averiados, parques de ocio, de encarcelamiento, de estacionamiento, de espacios protegidos. Le ParK es eso y más. La K mayúscula subraya su singularidad absoluta. En cierto modo, este lugar expresa la esencia universal de todos los parques reales y posibles. Es el parque de todos los parques, la síntesis definitiva que revela al resto como obsoletos; el concepto universal, el invariante formal. Todo aquello que pueda caracterizar a un parque se encuentra reunido en Le ParK, bajo una forma inédita y un tanto fantástica. Abominable, dirán algunos.  

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Le ParK está situado en una isla privada en algún punto cercano a Borneo. Su superficie de 624 km2 se corresponde aproximadamente con el tamaño de una megalópolis como Yakarta. Se accede a él desde los puertos de Malasia a bordo de lanchas o desde cualquier parte del mundo en aviones de larga distancia que se posan, en medio de un cataclismo de trenes de aterrizaje, sobre un nuevo y flamante aeropuerto internacional. Su propietario ruso, Kalt,1 debe su fortuna a la industria armamentística y del entretenimiento, sectores económicos que -a pesar de su aparente heterogeneidad- tampoco son demasiado ajenos entre ellos, a juzgar por las técnicas de venta y las estrategias de distribución que emplean. Hace unos años que Kalt se ha forjado un nombre al inaugurar el primer parque de ocio consagrado al trabajo fabril en los suburbios del norte de Moscú, a medio camino entre una intersección de autopistas en expansión y un inmenso desguace al cuidado de unos taciturnos kazajos. A la entrada, en un enorme vestuario de estilo soviético, los visitantes pueden ataviarse con un mono de trabajo y, con la ayuda de animadores cualificados, divertirse mientras moldean piezas, operan con maquinaria industrial, funden acero o ensamblan un motor. Actividades todas que han resultado entretenidas a la gran mayoría de gente y que han supuesto un éxito fulminante, traducido en un incremento de las reservas.