Ficha técnica

Título: Le Panoptique | Autor: Hans Magnus Enzensberger | Traducción: Richard Gross   |  Editorial: Malpaso Páginas 141 | Formato: 12 x 21 cm  |  Encuadernación: Tapa dura  Precio: 18,50 euros | e-book: 5, 99 euros |   Año de publicación: octubre 2016 |

Le Panoptique

MALPASO

El reto de este libro, de esta panoplia de ensayos, es tratar asuntos de gran envergadura con textos breves. Siguiendo la máximade Michel de Montaigne que reza que lo recomendable es no escribir libros con un único enfoque, Hans Magnus Enzensberger escribe estos veinte ensayos que brincan desde el humor burlón al máximo rigor académico y que pretenden resolver lo irresoluble, desmontar el mito de lo cotidiano y buscarle los tres pies al gato.

Veinte ensayos para analizar el presente con brevedad, pero a fondo. Porque, en muchas ocasiones, los grandes temas se esconden en las pequeñas cuestiones. El autor indaga en los motivos que llevan a las personas a coleccionar cosas, reflexiona acerca de cómo se crean las naciones o cuan racionales son las decisiones económicas o se pregunta sobre la verdadera importancia del sexo en estas cápsulas ensayísticas. «Textos pequeños sobre temas gigantes: eso no tiene nada de nuevo, existe desde hace quinientos años -nos advierte Enzensberger en las páginas de Panóptico-. Fue el gran patriarca del ensayo, Michel de Montaigne, quien dio la pauta escribiendo «De la tristeza», «De la incomodidad de la grandeza» o «De los caníbales», siempre a impulsos de su estado de ánimo, a golpe de ocurrencias y sin agotarse a sí mismo ni al lector ni la materia.»

Este libro es un mapa del pensamiento de Hans M. Enzensberger, uno de los grandes pensadores europeos. Dos decenas de destellos de inteligencia que deslumbran al lector y le ayudan a entender el mundo desde un punto de vista clarividente y privilegiado, con algo de sorna y mucho sentido común. 

 

EN LUGAR DE UNA FICHA PROMOCIONAL

¿Acaso esto es serio? ¿Puede uno, sin ser filósofo, distinguir entre problemas solubles e insolubles o explicar, sin parir una obra de referencia, cómo se inventan naciones desde el tintero? Sí, es posible. Textos pequeños sobre temas gigantes: tampoco supone ninguna novedad, pues se encuentran ejemplos desde hace quinientos años. Fue el gran patriarca del ensayo, Michel de Montaigne, quien dio la pauta escribiendo «De la tristeza», «De la incomodidad de la grandeza» o «De los caníbales», siempre a impulsos de su estado de ánimo, a golpe de ocurrencias y sin agotarse a sí mismo ni al lector ni la materia.

     Aunque, bien mirado, ¿qué quiere decir lo de «temas gigantes»? A él nada le pareció demasiado nimio. Supo iluminar al lector hasta sobre el dormir y los pulgares e incluso acerca de la diversión. Y, por lo general, sólo necesitaba un centenar o poco más de líneas. «Ni pensar en escribir un libro si alcanza con una página, ni un capítulo si una palabra rinde el mismo servicio», un principio que también abrazó Lichtenberg.

      Confieso que la meticulosidad no es mi fuerte… ¿Y de dónde saldrá de súbito esa primera persona, del todo inusual en las fichas promocionales y los textos de solapa? Se debe al lugar imaginario que ocupa un observador que a su vez parte de aquello que le llama tanto la atención y le causa tanta extrañeza que convierte en su objeto de descripción. Por tanto, en este caso, quien ha de dar la cara soy «yo». Y habiendo siempre alguien que lo sabe mejor que yo, cito de buen grado, a la manera del inalcanzable patriarca, a mis informantes y auxiliadores. El antiguo maestro podía ahorrarse comentarios y notas a pie, porque sus lectores conocían a sus clásicos tan bien como él. No dependían, como nosotros, de internet.

       ¿Cuántos sabrán lo que es un panóptico? Al teclear la palabra en la casilla de búsqueda, ya lo inducen a uno a error remitiéndolo a un inglés llamado Jeremy Bentham, un jurista terrible que, en sus ratos de ocio, ingenió una prisión ideal para que un único centinela, sentado a oscuras, pudiera vigilar a un máximo número de reclusos. Y, de hecho, esos centros llegaron a construirse. Y pronto unos empresarios muy calculadores descubrieron que esa invención de mal agüero podía servir también para organizar las fábricas de forma económica y eficiente.

       A pesar de querer tener el control de la situación -eso sí, en un sentido distinto y sólo en la medida de lo posible-, no es ése mi propósito. Antes bien prefiero recordar al público otra acepción del término. Karl Valentin le puso al gabinete de curiosidades y horrores que inauguró en 1935 el nombre de Panoptikum. Allí podían admirarse, junto a peculiares herramientas de tortura, una gran variedad de inventos, anomalías y artefactos sensacionales.

       Pasen, pues, damas y caballeros. No se arrepentirán.

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