Ficha técnica

Título: Las variaciones Bradshaw | Autor: Rachel Cusk |  Traducción: Cruz Rodriguez Juiz |  Editorial: Lumen | Colección: Futura | Género: Novela | ISBN:9788426417916 | Páginas: 256 | Formato:  14,2 x 20,9 cm. | Encuadernación: Tapa blanda con solapa  |  PVP: 20,90 € | Publicación: 8 de Octubre 2010

Las variaciones Bradshaw

EDITORIAL LUMEN

Las variaciones Bradshaw es, sin ninguna duda, su mejor y más ambiciosa novela hasta la fecha. Como siempre, Cusk indaga en las relaciones sentimentales y familiares con una lucidez hiriente. Aquí, el protagonista es un matrimonio que ha decidido trastocar las posiciones tradicionales: Thomas Bradshaw deja su trabajo para cuidar de su hija Alexa y se dedica a tocar el piano, una práctica que parece llenar el súbito vacío de su mediana edad. Su elección irrita tanto a los padres como a los suegros. En cambio, su intensa mujer, Tonie, ha aceptado un absorbente trabajo en la universidad, apartándose así de la vida doméstica y reecontrando aspectos y modos de vida que creía perdidos. ¿Cómo va a afectar todo esto a su familia?

A lo largo de un año lleno de crisis y revelaciones, asistimos a los avatares de Thomas, Tonie, sus hermanos y familiares: Howard, el mayor y más exitoso hermano y su gregaria mujer, Claudia, y Leo, inseguro y casado con la lenguaraz y alcohólica Susie. Y en la cúspide la pirámide, los padres de Thomas, los viejos Bradshaw, prosiguen su erosionante y tensa vida marital.

Con una estructura que recuerda a las famosas Variaciones Goldberg de Bach, Rachel Cusk recorre las escalas de las relaciones de los Bradshaw hasta construir una partitura hecha de azares, decisiones, errores, amores y desencuentros que dan una imagen de la vida familiar entendida como pieza musical. 

 

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¿Qué es el arte? Thomas Bradshaw se plantea a menudo esta pregunta. Todavía no sabe la respuesta. Antes creía que el arte era una especie de simulación, pero ya no lo cree. Emplea la palabra «autenticidad» para describir lo que ahora piensa. Algunas cosas son artificiales y otras auténticas. Es fácil detectar cuándo una cosa es artificial. Lo contrario cuesta más. 

   Por las mañanas escucha música, Bach o Schubert. De pie en la cocina, en batín. Espera a que bajen su mujer y su hija. Tiene cuarenta y un años, la edad en que la vida emerge del pasado como si se desprendiera de un molde y, o es sólida, toda de una pieza, o no logra mantener la forma y se desintegra. No cuesta imaginar la desintegración. Es la solidez, la forma concreta, lo desconcertante. La desintegración no suscita preguntas relacionadas con la autenticidad, es más bien sobre la forma sólida que deben plantearse preguntas.

   De hecho, suele ser la inquilina, Olga, la primera en bajar. Oye sus pasos en la escalera y no los reconoce: así es como, todos los días, la identifica, al oír sus pasos quedos, algo pesados, y preguntarse a quién diablos pertenecen. Olga agacha su cabeza oxigenada ante él, le dirige su sonrisa incierta como desde un fugaz vagón de tren. Lleva seis meses enredada en una ortodoncia excesivamente larga. Debajo de los aparatos metálicos hay unos dientes grises y desordenados. Por lo visto, de niña, su madre nunca la llevó al dentista. No por desatención, le ha dicho Olga, sino porque a ella le daba miedo ir y su madre no soportaba que la hija pasara miedo o sintiera dolor. Olga le ha contado a Thomas que está ahorrando para un puente y varias fundas. Tiene tres empleos e invierte todo el dinero en sus dientes. Se queja del gasto; en Polonia los dentistas son mucho más baratos. Allí podría completar todo el tratamiento -«¡Todo!», repite Olga, dando un manotazo seco- por lo que le cuesta aquí una visita mensual.

   Estas conversaciones no captan totalmente la atención de Thomas. Cuando Thomas habla con Olga está y no está a la vez. Espera a que baje Tonie, como el jefe de estación espera el paso del tren de Londres. Las apariciones de Tonie en la cocina son breves. Como el tren, Tonie se detiene, desparrama actividad y luego parte de nuevo. Es cuestión de minutos, pero Thomas necesita estar preparado. Oye a Olga -en cierto sentido incluso se identifica con ella, ambos habitan los andenes- pero cuando ella habla, Thomas no puede corresponderle. Se siente como encerrado tras un cristal. Se pregunta si ella se percata, si se da cuenta de que lo ve pero no puede tocarlo. Olga bebe té de una taza gigante de Garfield y come cereales, añadiéndoles leche a menudo con el recipiente de plástico que está junto al cuenco. Él mira fugazmente sus piernas desnudas, color champiñón, bajo la mesa, sus pies enfundados en zapatillas grandes y blandas. Sube un poco la música: es una ofrenda, una forma de explicación. Quiere que Olga sepa que es consciente de sus limitaciones, de su incapacidad para sacar algo en claro de sus conversaciones matinales. A veces esa incapacidad se le antoja algo inherente al tiempo, una fuerza interior, como la decadencia. Los interludios en la cocina pasan y se olvidan. Y sin embargo son siempre iguales: Thomas podría permanecer en el mismo sitio cien años y tendría más o menos la misma conversación con Olga. Por lo visto existe un número ilimitado de copias de esa conversación, que nunca lleva a ninguna parte ni evoluciona. De igual modo, nunca se agota. No guarda relación alguna con el tiempo. Quizá se deba a su falta de autenticidad.

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