Ficha técnica

Título: Las sombras de Longbourn | Autor: Jo Baker | Traducción: Rubén Martín Giráldez | EditorialLumen  | ISBN:  9788426400383 | Páginas: 480 | eBook: 11,99 € |  Género: Novela | Precio: 19,90 €   | Publicación: 10 de octubre 2013

Las sombras de Longbourn

LUMEN

¿Y si Jane Austen hubiera dado voz a los criados?

Son las cuatro de la mañana en Longbourn, la casa de los Bennett en Herdfordshire. Mientras las cinco hermanas y sus padres, los famosos protagonistas de Orgullo y prejuicio, duermen plácidamente, Sarah y Polly, las dos jóvenes doncellas, empiezan a trabajar a las órdenes de la anciana señora Hill, la cocinera. Todos llevan años repitiendo la misma rutina, pero saben que la vida es algo más que un simple ir y venir de trapos, cacerolas y escobas.

Sarah es quien más desea arriesgar, y su pequeño y rutinario mundo finalmente cambia el día en que James Smith, un nuevo sirviente, llega a Longbourn arrastrando con él un pasado lleno de secretos y un futuro donde cabe la libertad. De repente, los sótanos y los áticos de la mansión cobran vida, y detrás de los delantales y los uniformes descubrimos criaturas que tienen mucho que contar. Mientras las hermanas Bennett duermen… sus criados por fin hablan, y vale la pena escuchar.

El estilo de Jo Baker, que respeta la escritura de Jane Austen pero tiene un carácter propio, aporta nueva luz a un clásico y lo hace con gran talento e imaginación.

 

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El mayordomo…, la señora Hill y las dos criadas… 

Tan improbable era que alguien se pusiese la ropa si antes no la habían lavado como que saliese desnudo a la calle; al menos en Hertfordshire, y menos aún en septiembre. No había posibilidad de saltarse el día de la colada, pero aun así la purifi cación semanal de la ropa de toda la casa no dejaba de ser un panorama deprimente para Sarah.

     Cuando emprendió la tarea, a las cuatro y media de la madrugada, el frío era implacable. La palanca de hierro de la bomba estaba helada, e incluso con los guantes puestos le escocían los sabañones al extraer el agua del oscuro subsuelo para que cayera en el balde dispuesto para recogerla. Quedaba un largo día por delante y esto no era más que el comienzo.

     Todo a su alrededor era quietud. Las ovejas se apiñaban en rebaños en la ladera; los pájaros, mullidos como vilanos, salpicaban los setos; en el bosque las hojas susurraban al paso de los erizos; el arroyo refl ejaba la luz de las estrellas y espejeaba sobre las rocas. Más abajo, en el establo, las vacas exhalaban nubes de vapor, y en la pocilga la cerda se revolvía, con los lechones arracimados a su vientre. En la minúscula buhardilla, la señora Hill y su marido dormían el sueño vacío del cansancio absoluto; dos pisos por debajo, en la alcoba principal, el señor y la señora Bennet eran un par de túmulos cubiertos por la colcha. Las cinco señoritas, dormidas en sus camas, soñaban con lo que quiera que sueñen las señoritas. Y por encima de todo eso brillaba la luz gélida de las estrellas; brillaba sobre las tejas de pizarra y sobre el patio enlosado, sobre el retrete y sobre los arbustos, sobre la fronda que crecía más allá del césped y sobre las nidadas de faisanes, y sobre Sarah, una de las dos criadas de Longbourn, que accionaba la bomba de agua, llenaba un cubo, lo apartaba a un lado con las manos ya doloridas y colocaba otro bajo el chorro.

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