Ficha técnica

Título: Las religiones asesinas | Autor: Élie Barnavi | Edición original: Les religions meurtrières (Flammarion, colección Café Voltaire, noviembre de 2006) | Edición española: Turner, colección Noema, 45, noviembre de 2007 | ISBN: 978-84-7506-809-1 | Traductora: Carmen García Cela | Precio: 12 euros | Páginas: 128

Las religiones asesinas

EDITORIAL TURNER 

Extracto de Las religiones asesinas, de  Élie Barnavi. Un fantasma recorre el mundo: el terrorismo basado en la religión. Este ensayo intenta explicar los resortes morales de este fenómeno político, sin duda el que más angustia causa en nuestros días: el nacimiento de lo que Barnavi llama «el fundamentalismo revolucionario». La forma del texto, una serie de «tesis» breves y sólidamente argumentadas, permite situar este fenómeno en el contexto histórico y cultural de la religión política en sentido amplio. Redactado con una prosa simple e ilustrado con ejemplos concretos, este libro no es una obra erudita, sino de combate. Y aspira a darle al ciudadano democrático un bagaje con el que enfrentarse a un enemigo muy diferente de todos los que le han amenazado en el pasado.

 

Extracto del libro:

[…] el fundamentalismo revolucionario no es específicamente musulmán, aunque en nuestros días ése sea esencialmente el caso. Se trata de una actitud mental, que, según las épocas, se ha manifestado con mayor o menor vigor en todas las religiones reveladas. Para entender esta actitud, hay que recordar que los monoteísmos son religiones históricas cuya concepción del tiempo es lineal. Hubo un principio y habrá un fin. Entre ambos, un momento de revelación hizo nacer esa historia sagrada, necesariamente superior a todas las demás, o mejor, que ha de llegar ser necesariamente la de la Humanidad en su totalidad: el don de la Torá a Moisés en el monte Sinaí, el advenimiento de Cristo, la aparición del arcángel Gabriel a Mahoma. Esta concepción de la historia, que desemboca en el Juicio Final, genera una angustia personal y colectiva cuyas implicaciones políticas pueden ser temibles. ¿Qué hacer mientras se espera al Redentor, anunciador del final de los tiempos y, por lo tanto, de las miserias del hombre? A esta pregunta, casi todos los dirigentes religiosos siempre han contestado: nada, no hay que hacer nada. Esperar humildemente, llevar con paciencia el sufrimiento, tener esperanza. El Mesías vendrá cuando llegue su hora, según la voluntad de Dios, cuyos caminos, como todos sabemos, son inescrutables. Pero otros, más impacientes, no han podido esperar. El fuego sagrado que les quemaba las venas les empujaba a la acción. Es necesario, decían, allanar el camino del Redentor. Esta actitud, que se denomina «milenarismo» en el cristianismo porque aspira a adelantar la llegada del milenio, la edad de oro de mil años que supuestamente reinará en la tierra después del Segundo Advenimiento de Cristo, ha existido y sigue existiendo, ya lo veremos, en los tres monoteísmos. De ella procede el fundamentalismo revolucionario.

Ya sé lo que va a decirme. Me reprocha usted que ignore la dimensión social del fundamentalismo revolucionario. Me dirá que, de hecho, estas pretendidas actitudes religiosas ocultan reivindicaciones que no tienen nada que ver con la religión y mucho con la pobreza, las masas de parados, la miseria, el retraso cultural, económico y social, la frustración nacional, y vaya usted a saber cuántas cosas más. No estoy ignorando ninguna de esas cosas. De sobra sé que un conflicto religioso nunca atañe exclusivamente a la religión. Esto ya se cumplía cuando se produjeron las «auténticas» guerras de religión, las que ensangrentaron la Francia del siglo XVI y que, no por haber alzado hasta enfrentarlas a dos concepciones antagónicas del cristianismo, dejaban de implicar aspectos políticos, dinásticos y sociales, nacionales e internacionales. Y esto también se cumple hoy, está claro. Sin embargo, entonces igual que ahora, la religión no es sólo un tupido abrigo con el que se cubrirían unos intereses inconfesables. Se trata de una auténtica causa, sin la cual puede que las demás no hubiesen alcanzado para encender un conflicto de envergadura, y, de haberlo hecho, no habrían desembocado en un conflicto semejante. A lo mejor, o a lo peor, no se trata de una causa más, sino de la primera de todas, aquélla que ofrece a las demás el cimiento ideológico que de otro modo les faltaría. Pues el fundamentalismo revolucionario es un sistema en el que la religión se aplica al campo político en su conjunto, reduciendo la complejidad de la vida a un único principio explicativo, violentamente excluyente con todos los demás. Al igual que el comunismo o el fascismo de no hace tanto, funciona como una ideología totalitaria.

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