Ficha técnica

Título: Las palabras de mi vida | Autor: Bernard Pivot | Traducció:n Teresa Lanero | Editorial: Confluencias | Páginas: 276 |Formato: 150 x 210 mm |Encuadernación: Rústica | ISBN: 978-84-942012-1-9 | Precio: 20 euros

Las palabras de mi vida

CONFLUENCIAS

Bernard Pivot (Lyon, 1935) es la persona más influyente de la televisión cultural europea gracias a los legendarios programas Apostrophes y Bouillon de Culture. Divulgador, periodista y crítico literario, Pivot ha reunido en Las palabras de mi vida aquellas que le han acompañado a lo largo de su popular trayectoria profesional, y con ellas da cuenta de sus recuerdos íntimos, manías, ensoñaciones y lecturas. Más un autorretrato que una autobiografía, este libro adopta la curiosa forma de un diccionario: uno muy personal, libre y de tono tanto riguroso como ameno y descarado. Bernard Pivot es miembro de la Academia Goncourt.

La vida de Bernard Pivot es la de un periodista de éxito y de larga carrera profesional, pero la trascendencia de su programa de televisión Apostrophes ha sido tal que casi ha eclipsado sus demás logros. Hombre de gran rectitud y profesionalidad, su carrera literaria quedó aparcada durante las décadas que ejerció de divulgador y crítico literario -pese a que fue un novelista precoz, publicó L’Amour en vogue en 1959-. Su retirada de la primera línea de los medios en 2005 nos ha permitido descubrir al Pivot escritor, algo de lo que este Las palabras de mi vida (2011) es una buena prueba. «La gente no me cree cuando digo que no pasa un día sin que abra un diccionario», reconoce Pivot en Las palabras de mi vida, su personalísimo diccionario.

Gato 2 (Chat 2)

A Pierre Roudil

Con la edad se quedó sordo. Pero su mirada seguía siendo la de un gato al que no habían aburrido ni deteriorado los placeres de la mesa y del espíritu. Quizá se pudiera observar en sus grandes ojos almendrados y verdes una ligera tendencia a oscurecerse, como si el tiempo, en lugar de despintar el iris, hubiera acentuado eso que podríamos denominar los tintes de la contemplación. Él leía, y fue una suerte que pudiera leer hasta el final. Murió a los veintitrés anos y medio y -como muchos archivistas, bibliotecarios, analistas y monjes eruditos que Dios olvida llamar porque se esconden tras montanas de papel- su elevada edad se debía probablemente a su intimidad con los libros. Frío y tieso, con los ojos todavía abiertos parecía que continuaba escrutando imágenes o palabras. .Había retomado ya sus lecturas en el más allá? .Había pasado, casi sin saberlo, de una vivienda-biblioteca a otra? .Se asombró al no verme allí? Los gatos no se asombran de nada, ni siquiera de leer. Él sabía hasta pasar las páginas.

Llegó sin pedigrí, sin papeles, sin diploma, pero con la recomendación de una secretaria sagaz, y se instaló en nuestra casa el mismo ano en que yo debuté en la televisión. Le importaban un comino mis angustias. Cuando era pequeno, aunque era juguetón, ya tenía un temperamento sonador y a menudo reservado. Comprendió que en aquella casa no habría más que un rival: el libro; y que lo que más le convenía no era competir contra su numerosidad, su disponibilidad y sus misterios, sino convertirse en su aliado mediante la lectura. De este modo se volvió tan serio como un autodidacta.

Demasiado serio, incluso. Mucho más que yo. Por más que le decía que en la vida no solo está la literatura, él era reflexivo y circunspecto como una obra de la editorial Presses Universitaires de France. Coincidíamos en nuestro gusto por el pescado y la carne, pero no podía seguirle en sus largas sesiones de deconstrucción de la novela o de reiteración ontológica. Le horrorizaba que le molestaran mientras reflexionaba. En una foto aparece tumbado en el sofá del salón, rodeado por Yves Montand, François Périer y Michel Piccoli, a los cuales se había negado a ceder el sitio. La fama no le impresionaba, pero mis amigos se quedaron pasmados ante la manera soberana y hogarena que él tenía de ejercer su santa voluntad. Cuando aparecía un equipo de televisión o unos fotógrafos por el pasillo de la entrada, huía al fondo del piso donde esperaba escondido hasta que aquellos inoportunos se marchaban. Si hubiera sido periodista en la televisión, se habría sentido feliz si le hubieran condenado al ostracismo laboral… con un buen libro.

Creo que me quería porque yo leía. Entre nosotros existía en ese momento una connivencia que apaciguaba su mal carácter, o como mínimo su circunspección. Se colocaba en mis pies o sobre mi mesa y ronroneaba con una afectuosa complicidad literaria. Yo me encontraba entonces en la gloria, me derretía, y hay que reconocer que los libros que tenía bajo los ojos se beneficiaban de un atractivo, de un encanto, de  una plusvalía que no tenían las obras que caían en mis manos cuando él no me ayudaba en mis lecturas o cuando se quedaba lejos. De este modo mi gato ha influido mucho en mis opiniones. E incluso en mis elecciones. Si venía y se tumbaba sobre un volumen abierto, estaba claro que me desaconsejaba continuar con la lectura.

¿Se había dado cuenta de que yo estaba bostezando?Lo había hojeado la noche antes mientras yo dormía? En veintitrés anos de vida en común y de trato compartido con los libros, jamás cometió la torpeza de interrumpirme durante la lectura de una obra que me proporcionaba placer. Prudencia y delicadeza. Él sabía leer en la mirada de un lector. Como todos los gatos, curioso por los paquetes que entraban en la casa, presentía la llegada de los libros que traía el cartero o el mensajero. Al darme cuenta de que desatendía a unos y prestaba atención a otros, pensé que él me estaba dando ahí un primer aviso. Pero me equivocaba.

¿Quizá quería ver hasta dónde llegaba mi confianza en él? Si yo hubiera ratificado sus elecciones a través del papel del embalaje, sin duda lo habría decepcionado. Ya he dicho que era un gato muy serio. Y bonito. Aunque viniera al mundo de forma circunstancial en los tejados, tenía la categoría de una edición original en papel de lujo. Con el pelo blanco y gris oscuro, era de patas largas, recio y se deslizaba con elegancia entre los montones de libros. No se llamaba Proust ni Montaigne, sino simplemente Rominet24. Cuando yo leía en voz alta una página que me fascinaba, levantaba las orejas y sus patas se estremecían. (Aparecido en Le Journal du dimanche, 8 de diciembre de 1996).

Por cierto…

«Marcel Aymé tenía un gato al que adoraba, que acudía a su mesa para reclamar caricias mientras él escribía. Un día que tenía que terminar un texto apartó al gato. El animal se fue a la ventana, se lanzó al vacío y se mató. Marcel me dijo en voz baja: «Mi gato se ha suicidado». Sin duda el gato simplemente se resbaló, pero así es mucho más hermoso». (Yves Robert, Un homme de joie).

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