Ficha técnica

Título: Las muertas | Autor: Jorge Ibargüengoitia | Editorial: RBA Editores | Páginas: 176 | Formato: 14 x 21,30 cm. | Encuadernación: Rústica | Primera edición: mayo 2009 | ISBN: 978-84-98675-25-2 | PVP: 16 euros

Las muertas

RBA EDITORES

 

Si al despertarse, Simón Corona se hubiera vuelto a su casa, los crímenes de Las Poquianchis habrían permanecido ocultos. Pero el destino tenía escrita otra historia. El reencuentro con Serafina Baladro, su amante, le costará a Simon Corona cuarenta y ocho balas de calibre reglamentario, y aun así se librará de la muerte. Pero también le valdrá una confesión ante el inspector Teodulo Cueto: una vez ayudó a Serafina y a su hermana Arcángela a trasladar el cadáver exhumado de una mujer. Ibarguengoitia forma parte, sin duda, del Olimpo de escritores mexicanos, junto a Juan Rulfo, Octavio Paz y Carlos Fuentes. Es, asimismo, el más desconocido de todos ellos. Con Las muertas, que él llamaba su «novela seria», alcanza sin dudarlo uno de los hitos de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Una obra fundamental que, junto a toda su trayectoria literaria y periodística, está viviendo un florecimiento en México.

 

CAPÍTULO I

LAS DOS VENGANZAS

Es posible imaginarlos: los cuatro llevan anteojos negros, el Escalera maneja encorvado sobre el volante, a su lado está el Valiente Nicolás leyendo Islas Marías, en el asiento trasero, la mujer mira por la ventanilla y el capitán Bedoya dormita cabeceando.

El coche azul cobalto sube fatigado la cuesta del Perro. Es una mañana asoleada de enero. No se ve una nube. El humo de las casas flota sobre el llano. El camino es largo, al principio recto, pero pasada la cuesta serpentea por la sierra de Güemes, entre los nopales.

El Escalera detiene el coche en San Andrés, se da cuenta de que los otros tres se han quedado dormidos, despierta a la patrona para que pague la gasolina, y entra en la fonda. Almuerza chicharrones en salsa, frijoles y un huevo. Cuando está tomando la segunda taza de café entran los otros tres en la fonda, amodorrados. Los mira compasivo: lo que para él es el principio del día es para los otros el final de la parranda. Ellos se sientan. El capitán actúa con cautela, le pregunta a la mesera:

-Dígame qué tienen que esté muy sabroso.

El Escalera se levanta, sale a la calle y da vueltas en la plaza con las manos en los bolsillos, paso largo y muy lento y un palillo de dientes en la boca. Se abrocha la chamarra, porque a pesar de brillar el sol sopla un vientecito helado. Se detiene a ver unos boleros que arrojan tostones contra la pared en un juego de rayuela diferente al que él conoce. Sigue su paseo reflexionando si los habitantes de Mezcala son más brutos que los del Plan de Abajo.

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