Ficha técnica

Título: Las letras entornadas | Autor: Fernando Aramburu  | Editorial: Anagrama  | Colección: Andanzas CA-847 | Páginas: 296 | ISBN: 978-84-9066-001-0 | Precio: 17,31 € (IVA no incluido) | Ebook: 9,08 € (IVA no incluido)

Las letras entornadas

TUSQUETS

Todos los jueves, el autor de este libro acude a la casa de un hombre mayor, solitario y casi ciego, con quien comparte dos aficiones: la buena literatura y los buenos vinos. En el curso de su conversación semanal, ambos descubren que también los une la propensión a los placeres serenos y una idea moral de la existencia, así como algo más que nos será revelado al final de la obra. Sobre dicha armazón narrativa, Aramburu traza, a partir de evocaciones autobiográficas, un dibujo generacional de las postrimerías del franquismo y los primeros años de la democracia, al tiempo que ofrece un abanico de reflexiones sobre obras, sobre autores y personajes que han conformado una educación sentimental. Todas juntas nos dan la medida de un hombre dispuesto a saborear y agradecer los frutos de la inventiva humana.  

 

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Un niño en San Sebastián

      Yo ceno a las siete. Después de la cena me consagro a la lectura. Tiempo atrás hacía una excepción los jueves, debido a que dicho día de la semana, a lo largo de once meses, mantuve la costumbre de visitar al Viejo. Nos acomodábamos en un ático donde se albergaba su copiosa biblioteca. Hasta que él se fue a vivir a otra ciudad por un problema grave en la estructura de su casa, nos dedicábamos a conversar por espacio de dos o tres horas sobre escritores, libros y asuntos culturales en general. De paso compartíamos alguna que otra botella de buen vino.

      El Viejo se definía como un disfrutador. Mi oficio, disfrutar serenamente; mi filosofía, cualquiera que postule el disfrute sereno, afirmaba. Sólo admitía como tales los placeres compatibles con el ejercicio de la inteligencia, aquellos que no le alteraban el sueño y a los que él, al revés de lo que sucede con las adicciones, podía poner fin a voluntad.

      La primera vez que lo visité me dijo que poseía una bodega de alrededor de ciento cincuenta botellas de vino selecto. Mientras me la mostraba en compañía de su asistente, me hizo un recuento minucioso de las maravillas líquidas repartidas por los botelleros. El Viejo juzgaba improbable que lo autorizaran a cruzar con semejante cargamento la frontera del más allá. A sus setenta y nueve años, seguro de estar agotando el cupo de sus días, creía llegada la hora de vaciar por vía oral la estupenda colección de caldos y me pidió, al poco de conocernos, que lo ayudara en la tarea. Con tan eficaz señuelo me atrajo a su casa, si bien lo que motivaba principalmente nuestros periódicos encuentros era la compartida pasión por la literatura. Debo, no obstante, añadir que, en lo que a mí respecta, el vino no estaba de más.

      Manifestó curiosidad por saber cómo había surgido en mí la vocación de escritor, conjeturando que quizá me había predispuesto a ello el ambiente familiar, de la misma manera que a tantos otros la presencia en casa de una biblioteca los había empujado a tomarles afición a los libros a edad temprana.

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