Ficha técnica

Título: Las lecciones peligrosas | Autora: Alissa Nutting | Traducción: Cecilia Ceriani | Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de Narrativas | Páginas: 320 | ISBN: 978-84-339-7920-9 | Precio: 19,90 euros | Ebook: 12,99 €

Las lecciones peligrosas

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Es de noche y, ansiosa ante su primer día como profesora de instituto, Celeste Price se masturba con furia. Así arranca Las lecciones peligrosas, que pronto pulverizará cualquier atisbo de normalidad que pudiera haberse concebido en el exiguo espacio de dos contundentes párrafos. Y es que Celeste es joven, y es hermosa, y tiene un marido, Ford, que es policía y tan hermoso como ella. Ambos forman una pareja perfecta, pero sólo sobre el papel; pues, mientras se satisface en silencio, Celeste adopta precauciones para que Ford no la toque. La explicación que nos da de este hecho desconcertante es muy clara, y más perturbadora aún: «Me lleva muy pocos años, puesto que yo tengo veintiséis y él treinta y uno. Pero supera en más o menos diecisiete años la edad que acapara todo mi interés sexual.»

He aquí la granada que estalla en la primera página de una novela tan inquietante como directa; una novela que se complica cuando en la escuela, en medio de un ecosistema repleto de hombres lascivos y grotescos y mujeres neuróticas y desequilibradas, la profesora escoge al joven destinado a aplacar sus deseos. Jack Patrick, delgado, aniñado, cohibido: el prototipo exacto de la lujuria para Celeste. La lujuria que tomará pronto la forma de encuentros apasionados en coches, en hostales y hasta en la casa de Jack; y que, con la irrupción de Buck, el patán grosero de mirada rijosa que el muchacho tiene por padre, cuyo interés por Celeste resulta más que obvio, empieza a enfrentarse a riesgos cada vez mayores que precipitarán una trama de tensión creciente y probada capacidad adictiva.

Y es que Las lecciones peligrosas no puede soltarse pese a su agresividad frontal: la de enfrentarnos con una voz en primera persona tan explícita como amoral, que obliga a recalibrar nuestra empatía y presunciones genéricas a medida que rechaza las coartadas, las explicaciones, la culpabilidad. Una voz que sazona su capacidad de escándalo con un tono repleto de agudeza y sarcasmo, de un humor satírico, incómodo y rabioso: la de Alissa Nutting, que le ha servido para desencadenar una polémica en su país de origen avalada por una solvencia literaria a prueba de bomba.

«Valiente y maravillosamente escrita; una mirada provocativa a un tema tabú» (Irvine Welsh).

«Una carrera salvaje: sexy, rápida y terrorífica, el contrapunto perfecto de Lolita. En comparación, Humbert Humbert resulta de lo más manso. ¡Nadie debería saber hasta qué punto te ha gustado!» (David Vann).

«Te cautiva y seduce, introduciéndote en la mente desprovista de remordimientos de su protagonista femenina, y luego gira el cuchillo deslizándose incómodamente cerca de tu propia oscuridad interior. Encierra a tus hijos» (Viv Albertine, cantante de The Slits).

«Impecablemente escrita, llena de observaciones culturales inteligentes y plagada de dosis considerables de ingenio. Las lecciones peligrosas es mucho más que el ruido que la rodea, y más significativa que las palabras clave con las que inevitablemente se la definirá» (The Daily Beast).

1

     La noche anterior a mi primer día de trabajo como profesora no pegué ojo. Inmóvil en mi lado de la cama, me sumí en una excitada espiral de callada masturbación. Me había puesto en secreto un picardías de seda y unas bragas finas debajo del camisón para que Ford, mi marido, no se abalanzara sobre mí. Siempre estaba dispuesto a estropearme mis fantasías. Resulta divertido que la gente piense que Ford y yo somos la pareja perfecta basándose sólo en nuestra apariencia. En el discurso que el hermano de Ford pronunció como testigo en el banquete de nuestra boda dijo: «Vosotros dos parecéis los ganadores de la lotería genética.» Había un claro tono de envidia en su voz. Después añadió que nuestros rostros parecían retocados con Photoshop. Tras decir esta última frase, en lugar de concluir con un brindis, bajó el micrófono, lo dejó sobre la mesa y regresó a su asiento. Iba acompañado de una joven que tenía un ojo perezoso en el que, por educación, todos simulábamos no fijarnos.

     Es inevitable que Ford me parezca atractivo, a todo el mundo se lo parece. «Es demasiado guapo», protestó una amiga, que pertenecía a la misma hermandad universitaria que yo, cuando volvimos a la residencia estudiantil tras la primera noche que salimos juntas con nuestros ligues. «Ni siquiera puedo mirarlo sin sentir que se me encoge la entrepierna.» En realidad, el único problema que tengo con Ford es su edad. Ford, como todos los maridos de las mujeres que se casan por dinero, es demasiado mayor. Es cierto que me lleva muy pocos años, puesto que yo tengo veintiséis y él treinta y uno. Pero supera en más o menos diecisiete años la edad que acapara todo mi interés sexual.

     Supongo que sólo por llevar un anillo valió la pena casarse con Ford, pues eso redujo considerablemente el acoso frenético de algunos idiotas que se me acercaban cada vez que salía de compras. Además de ser un anillo muy bonito, por supuesto. Ford es policía, pero su familia tiene un montón de dinero. Yo pensaba que su riqueza me mantendría entretenida, sin embargo me salió el tiro por la culata: satisfizo todas mis necesidades menos las sexuales.

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