Ficha técnica

Título: Las esposas de Los Álamos | Autor: TaraShea Nesbit | Editorial: Turner | Colección: El Cuarto de las Maravillas | Encuadernación: Rústica con solapas | Dimensiones: 12,5 x 19 cm |
Páginas: 296 | ISBN: 978-84-16142-02-6 | Precio: 14,90 euros

Las esposas de Los Álamos

TURNER

El inicio de la era atómica puede resultar anecdótico, pero los detalles del proyecto Manhattan, una de las empresas más extrañas y monumentales de la era moderna, son incluso descabellados.

Un judío húngaro llega a Estados Unidos y, como no sabe conducir, su primera misión es convencer a alguien de que lo lleve hasta el científico más famoso del mundo. Le trae noticias gravísimas. Una vez recibidas, Albert Einstein decide, junto con su atribulado amigo Leó Szilárd, avisar por carta al presidente Roosevelt: es posible construir una bomba de alcance nunca imaginado, y tal vez los nazis ya se hayan puesto a ello.

Decenas de miles de personas acabaron movilizándose para construir ingenios que nadie había probado antes y, aun así, el secreto se mantuvo. Naturalmente, si los mejores físicos del planeta iban a juntarse a imaginar su destrucción, había que fundar para ellos una ciudad que no apareciera en los mapas. Y hasta aquí, la parte más conocida de la historia.

Las esposas de Los Álamos es, sin embargo, la reconstrucción imaginaria de lo que no sabemos, contada por un «nosotras » que es la voz de la colmena y el pensamiento popular, pero también de la reflexión: la de unas mujeres jóvenes y cosmopolitas, esposas educadas que venían de Berkeley y de Cambridge, que habían huido de París, solían vivir en Londres y Chicago, y que, sin darse cuenta, o un poco a sabiendas, contribuyeron a desatar la fuerza más destructiva de la historia. Una voz que por eso mismo disiente y se hace preguntas sobre la ciencia, la guerra y el poder que no dejan de ser las nuestras.

 Booktrailer del libro

1943

Oeste

En el mar Negro, el Mediterráneo, el Pacífico, el Ártico, el Atlántico; en alcantarillas, en trincheras, en alta mar, en el cielo, se libraba una guerra. A veces daba la impresión de que la guerra quedaba lejos, de que casi ni la había, pero entonces una madre o una esposa colocaba una estrella dorada en la ventana del salón (su hermano, su marido, su hijo, nuestro vecino) y la guerra se convertía en algo personal.

Estábamos en marzo, nos racionaban la gasolina; por eso en las calles reinaba el silencio. Oímos que un coche se detenía en el camino de entrada. Nos secamos las manos en el delantal y dejamos el delantal sobre los platos. Sonó el timbre y vimos en el porche a un joven, apenas un poco mayor que nuestros maridos, de unos treinta y cinco años, que llevaba un sombrero de copa baja y que nos preguntó si el profesor estaba en casa. Sus ojos tenían el color de la quietud, un matiz a medio camino entre el que presenta una pálida masa de agua antes de salir el sol y el de la neblina que emerge de ella. Aunque la cena ya casi estaba lista, en casa nos helábamos (no podíamos encender la estufa de gas); lo invitamos a pasar, pero el frío nos avergonzaba. Nuestros maridos bajaron del piso superior y le estrecharon la mano. Aquel hombre era alto pero tenía los hombros caídos, como si se hubiera pasado la vida tratando de parecer más bajo de lo que era para que los otros no se sintieran incómodos.

Les preguntó a nuestros maridos por sus investigaciones en la universidad, nosotras lo invitamos a quedarse a cenar; él rechazó el ofrecimiento pero les dijo a nuestros maridos Tengo una propuesta, y juntos cruzaron el pasillo para dirigirse al despacho y, una vez dentro, cerraron la puerta.

Cuando salieron, una hora después, nuestros maridos sonreían y tenían las mejillas encendidas. Le estrecharon la mano al hombre, sonrieron de nuevo y lo acompañaron a la puerta.

Nuestros maridos se reunieron con nosotras en la cocina y nos anunciaron Nos vamos al desierto, y a nosotras no nos quedó más remedio que exclamar ¡vaya, vaya!, como si aquello fuera algo divertidísimo. ¿Dónde?, preguntamos, pero no obtuvimos respuesta. Las veces en que fuimos nosotras quienes acompañamos al visitante a la puerta (al futuro director de nuestra futura y desconocida residencia), en el porche de entrada nos dijo Creo que le  va a gustar la vida de allí. Nosotras preguntamos ¿Y ese «allí» dónde está exactamente? Él se mostró dubitativo y contestó Mis dos grandes amores son la física y el desierto. Mi mujer es mi amante, y nos guiñó un ojo. Nos quedamos mirando cómo se marchaba por la acera, recorría dos manzanas y doblaba la esquina.

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