Ficha técnica

Título: Las buenas ideas | Autor: Steven Johnson  | Editorial: Turner | Colección: Noema | Género: Ensayo | ISBN: 978-84-7506-289-1 | Páginas: 320 | Formato:  14 x 22 cm.| Encuadernación: Rústica con solapas | PVP: 19,90 € | Publicación: Mayo de 2011

Las buenas ideas

TURNER

El tópico dice que es de madrugada, que el genio está solo en su despacho o en su laboratorio, inclinado sobre un trabajo absorbente que le aparta del mundo, cuando… ¡flash!: le llega la idea como por milagro, como un chispazo repentino que le hace gritar «eureka». Pero Steven Johnson argumenta en este libro que ese tópico es la excepción y no la regla.

Según esta fascinante, accesible, entretenidísima «historia natural de la innovación», las ideas llegan a los cafés antes que a los laboratorios, a los barrios céntricos antes que a las casas aisladas y a las salas de reunión antes que a los despachos del último piso.

En este libro se narra la aparición de la contabilidad de doble entrada, la imprenta o YouTube con un mismo espíritu: el ansia de averiguar cómo se abre paso una idea revolucionaria, cómo funciona la creatividad y cómo afectan el mercado, las patentes y los derechos de autor a la salud de las ideas. Y esa narración nos permite entender dónde están las raíces de la innovación, y a la vez nos brinda muchas estrategias útiles para cultivar nuestras propias buenas ideas.

«Una lectura esencial para todo el que intente entender esta cultura». Frank Rich. The New York Times 

 

INTRODUCCIÓN
ARRECIFE, CIUDAD, RED

…mientras la imaginación da cuerpo
a formas desconocidas, la pluma del poeta
las convierte en figuras, y a la etérea nada
le otorga una residencia y un nombre.

SHAKESPEARE, El sueño de una noche
de verano
, V, i, 14-17.

LA PARADOJA DE DARWIN
 
4 de abril de 1836. Casi en el extremo oriental del océano Índico, los inevitables vientos monzónicos del noreste han ido cediendo paso a la calma veraniega. Las aguas color esmeralda de las islas Keeling, dos pequeños atolones compuestos de veintisiete islas, unos novecientos kilómetros al oeste de Sumatra, tienen un aspecto incitante, tan cálidas y apacibles, con el encanto añadido de la arena blanca, hecha de coral pulverizado. En un tramo de costa habitualmente inaccesible por el fuerte oleaje, el agua está tan quieta que Charles Darwin salta de su embarcación y, bajo el inmenso cielo azul de los trópicos, vadea hasta el arrecife de coral vivo que rodea la isla.
 
  Se pasa varias horas allí de pie, investigando el abigarrado tesoro que le brinda el arrecife. Darwin, que tiene veintisiete años, se halla a casi diez mil kilómetros de Londres, al borde de un precipicio, de pie sobre la cumbre subterránea de un pico que se alza desde el fondo del mar insondable. Está a punto de llegar a una idea sobre las fuerzas que crearon ese pico, una idea que, luego se sabrá, va a ser el primer gran descubrimiento científico de su carrera. Y acaba de lanzarse a explorar otro presentimiento, aún borroso e informe, que en algún momento le conducirá a la cumbre intelectual del siglo XIX.
 
  A su alrededor, grandes bancos de las especies que pueblan el arrecife de coral pasan como flechas brillantes. La mera variedad da escalofríos: peces mariposa, damiselas, peces loro, peces Napoleón, peces ángel, pseudanthias que se alimentan del plancton de arriba, el que se halla sobre los brotes en forma de coliflor del coral; los pinchos y los tentáculos de los erizos de mar y las anémonas. El espectáculo es un festín para la vista de Darwin, pero su cerebro está ya buscando un misterio escondido bajo la superficie. En su relato del viaje del Beagle, publicado cuatro años más tarde, Darwin escribiría: «Es excusable el entusiasmo al hablar del infinito número de seres orgánicos que pululan en el mar de los trópicos, tan pródigo de vida; pero debo confesar que, a mi juicio, los naturalistas que han descrito en páginas bien conocidas las grutas submarinas, adornadas de innúmeras bellezas, se han complacido en usar un lenguaje algo exuberante».

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