Ficha técnica

Título: Las batallas perdidas | Autor: Eudora Welty |  Traducción: Miguel Martínez-Lage |  Editorial: Impedimenta  | Género: Novela | ISBN: 978-84-15130-00-0 | Páginas: 584 | Formato:  14 x 22 cm. | Encuadernación: Rústica con sobrecubierta |  PVP: 28,00 €

Las batallas perdidas

IMPEDIMENTA

«Una de las voces más originales, sutiles y mágicas en el conjunto de la prosa americana.» Joyce Carol Oates

Las batallas perdidas, novela de dimensiones faulknerianas, vasta y anchurosa como los ríos sureños, fue el proyecto más ambicioso en que se embarcó Eudora Welty, además de su obra más exitosa en vida. Novela finalista del National Book Award, dotada de una acerada vena cómica, narra el encuentro de tres generaciones de excéntricos descendientes de la abuela Granny Vaughn, que se reúnen en su vieja casa de Mississippi para celebrar su noventa cumpleaños en los tiempos más duros de la Depresión. El invitado de honor será el nieto preferido de la abuela Vaughn, Jack Renfro, quien, por no perderse la celebración, se ha escapado de la cárcel de donde estaba previsto que lo liberaran al día siguiente.

Una novela fascinante en la que los secretos familiares se mezclan con historias de derrotas que pasan de padres a hijos. Un tapiz riquísimo de un Sur que ya no existe más que en los libros; el testimonio de una estirpe condenada a desaparecer.

 

1 

Cuando cantó el gallo, la luna aún no se había despedido del mundo, y ya bajaba con la mejilla arrebolada en vísperas de estar llena. Una nube fina y alargada la atravesaba despacio, estirándose como el nombre con que se llama a alguien. Cambió el aire, como si a poco más de un kilómetro se hubiese abierto de golpe una puerta de madera, y de pronto un olor más cálido que húmedo, un olor a río en estiaje, ascendió pegado a la arcilla de las lomas que se alzaban sumidas aún en la oscuridad.

   Apareció entonces una casa en la cresta de la colina, como el reloj de plata de un anciano que asoma una vez más del bolsillo del chaleco. Saltó un perro de donde se había tumbado a dormir como un tronco, y se puso a ladrar como si saludase el día, como si no fuese a callar nunca.

   Una niña chica salió entonces como un rayo de la casa. Bajó casi a gatas las escaleras y echó a correr por la parcela con los brazos abiertos, tropezando con los macizos de flores aún descoloridos como rostros pálidos, tocando uno por uno, a la carrera, los cuatro árboles grandes que jalonaban las cuatro esquinas del terreno, tocando el pilar de la cancela, el brocal del pozo, la pajarera, el poste de la campana, un asiento hecho de troncos, un columpio colgado de un árbol y, dando la vuelta a la casa, hizo uso de todas sus fuerzas para dar la vuelta a un cajón grande, de madera, con lo que dejó salir en tropel a las gallinas blancas, de la raza Plymouth Rock, que se esparcieron por el mundo. Las gallinas se atropellaron veloces por delante de la niña, tras la cual apareció una jovencita en camisón. Le bailaba en torno a la cabeza un círculo de rulos para el pelo, de papel, más claros que la luz del alba, pero ella corría segura, de puntillas, como si creyera que nadie podía verla en esos instantes. Cogió a la niña chica en brazos y se la llevó dentro de la casa sin que la niña dejara de patalear en el aire como si por piernas tuviera las aspas de un molino.

   La más lejana de las lomas, como la lengua de un ternero, dejó un cárdeno lametazo en el cielo. En los bancos de bruma, los eriales, las arboledas y los trechos de arcilla pelada, palpitaba la vida como en los rescoldos aún prendidos, entre el rosa y el azul. Un espejo colgado en el interior del porche comenzó a titilar a la vez que se prendían algunos fósforos en la cocina. De súbito, los dos árboles del paraíso que medraban al fondo del jardín se encendieron como dos gallos que se pavoneasen levantando la cola de oro. Las babas de las orugas relucían en el árbol del pecán. Una sombra se abultaba bajo la copa, con una forma tan familiar como el Arca de Noé: un autobús escolar.

   Entonces, como si algo se descolgase del cielo, todo el techo de chapa de la casa se tiñó de un nuevo azur. Los postes del porche suavemente florecieron en línea descendente, como si se fuesen trazando rayas de tiza, bajando de una en una en la pizarra todavía brumosa. La casa se fue revelando como si se encontrase allí y surgiera del puro recuerdo, recortada sobre un cielo ya sin luna. En lo que dura un respiro todo permaneció libre del menor atisbo de sombra, como si se hallase bajo la mano que levantara un velo, y entonces se vio un pasadizo que atravesaba la casa, justo por el centro de la construcción, y en el arranque del pasadizo, en el centro del salón de entrada, se reveló la presencia de una figura, una muy anciana señora sentada en una mecedora, con la cabeza ladeada, como si estuviera ansiosa de que alguien la viera.

   La luz del domingo se derramó entonces a raudales sobre la granja con la misma rapidez con que se escabullían las gallinas. El primer haz de luz plana, sólida como una vara de avellano, se posó de inmediato sobre las lomas.

   La señorita Beulah Renfro salió por el pasadizo al trote y clamó con esa voz de alarma que era su voz de siempre al elogiar a los demás.

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