Ficha técnica

Título: La viuda embarazada | Autor: Martin AmisTraducción: Jesús Zulaika |  Editorial: Anagrama | Colección: Panorama de narrativas | Género: Novela | ISBN: 978-84-339-7552-2 | Páginas: 504 | PVP: 23,50 € | Publicación: Febrero de 2011

La viuda embarazada

ANAGRAMA

Puede que Keith Nearing esté pasando el verano de su vida. Tiene veinte años, y su novia Lily, tras tres meses de libertad para experimentar con otras costumbres y otros cuerpos, ha vuelto para que pasen juntos las vacaciones en un castillo en Italia. Porque es el año 1970, ya en plena revolución sexual. En el castillo, un grupo de jóvenes nadan a favor y en contra del cambio. Pero en los veranos hay brillos peligrosos, y un orden social que muere no deja un heredero sino una viuda encinta, y entre la muerte de uno y el nacimiento del otro, mucha agua ha de correr…

«Una novela brillante y extraña» Edmund White, The New York Review.

«En este fascinante regreso en su mejor forma, Amis vuelve a los temas de sus primeras novelas con la implacable sabiduría que da la experiencia. Una novela aguda, inteligente y profunda, una revelación» Publishers Weekly.

«El Amis satírico, el brillante escritor, es un maestro indiscutible y un modelo a seguir» Boyd Tonkin, The Independent.

 

2006 – A MODO DE INTRODUCCIÓN

     Habían ido en coche a la ciudad desde el castillo, y Keith Nearing caminó por las calles de Montale, Italia, del coche al bar, en el crepúsculo, flanqueado por dos rubias de veinte años, Lily y Scheherazade…

     Ésta es la historia de un trauma sexual. No fue a una edad tierna cuando le sucedió. Desde todo punto de vista, era ya un adulto; y consintió: consintió totalmente. ¿Es trauma realmente la palabra que queremos (del griego «herida»)? Porque su herida, cuando llegó, no le dolió en absoluto. Fue lo opuesto sensorial de una tortura. Ella gravitó sobre él desvestida e inerme, con las pinzas de la dicha: los labios, las yemas de los dedos. Tortura: del latín torquere, «torcer». Era lo opuesto a la tortura, aunque «retorcía». Lo destruyó durante veinte años. 

                     

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Cuando era joven, a la gente que era estúpida, o estaba loca, la llamaban estúpida, o loca. Pero actualmente (ahora que era viejo) los estúpidos y los locos recibían nombres especiales derivados de aquello que les aquejaba. Y Keith quería uno. También él era un estúpido o un loco, y también quería uno: un nombre especial derivado de lo que le aquejaba a él.  

     Observó que hasta los trastornos de los niños tenían nombres especiales. Y leyó cosas sobre estas supuestas neurosis y deficiencias imaginarias con la codicia de un padre curtido y ya cínico. Reconozco ésa, se decía a sí mismo: también conocido como Síndrome de la Pequeña Mierda. Y también reconozco éste: también conocido como Trastorno del Tipejo Perezoso. Estos trastornos y síndromes -tenía la seguridad absoluta- no eran sino excusas de las madres y padres para «dopar» a sus hijos. En Norteamérica, que -grosso modo- era el futuro, a la mayoría de las mascotas domésticas (aproximadamente un sesenta por ciento) se les administran fármacos que actúan sobre el estado de ánimo.

     Pensando en el pasado, Keith supuso que habría estado bien, diez o doce años atrás, drogar a Nat y a Gus -como un modo de imponer de cuando de cuando un alto el fuego en su guerra fratricida. Y habría estado bien, ahora, drogar a Isabel y a Chloe -dondequiera que estuvieran armando sus voces con chillidos y alaridos estridentes (tratando de encontrar los límites del universo), o siempre que, con toda la frescura del descubrimiento, dijeran cosas increíblemente hirientes sobre su apariencia. Papi, tendrías mucho mejor aspecto si te creciese un poco más de pelo. Oh, sí. Papi, cuando te ríes, pareces un vagabundo viejo y loco. Sí, pero tú entonces tienes que consultar al médico, e inventar alguna cosa contra ellos, e irte a hacer cola en la farmacia de las lámparas fluorescentes de Lead Road…

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