Ficha técnica

Título: La vida ordenada | Autor: Fabio Morábito | Editorial: Eterna Cadencia  | Género: Cuentos | ISBN: 978-987-1673-63-6 | Páginas: 160 | Formato:  14 x 22 cm. | PVP: $77 | Publicación: 2013

La vida ordenada

ETERNA CADENCIA

Después de publicar La lenta furia y Grieta de fatiga, Eterna Cadencia Editora presenta el tercer volumen de cuentos del reconocido escritor mexicano Fabio Morábito.

Con su prosa diáfana y perturbadora a la vez, estos relatos recorren la intimidad de unos hogares donde, como en todos, hay una historia extraña, un punto oscuro, una particular manera de manejarse con lo que queda no dicho.

Como dijo Edgardo Dobry, «lo mejor de estos cuentos es que nunca pasa nada extraordinario y sin embargo todo es inquietante, porque en la buena literatura la inminencia es más poderosa que la consunción.»

En los cuentos de Fabio Morábito las situaciones más cotidianas sorprenden dejando entrever una dimensión casi fantástica, allí donde el dolor, el hastío o simplemente la cruda realidad se cruzan con los miedos o la duda. Así, la necesidad de seguir pagando una renta baja puede llevar a unos inquilinos a un siniestro y humillante «arreglo» con los nuevos dueños del departamento en el que viven hace más de 30 años; una visita a una casa en alquiler puede derivar en una fiesta de cumpleaños repentina donde las negociaciones inmobiliarias se mezclan con la nostalgia y las fantasías; o una fiesta de cumpleaños convertirse en la vigilia de una muerte.

Los personajes de La vida ordenada se mueven como por inercia, atravesando alguna crisis o a la espera de que suceda algo que tuerza su camino. De la cárcel a un departamento heredado, de la casa familiar al oasis de un pequeño estudio rentado, de un amplio departamento prestado a la diminuta vivienda de uno, los espacios van marcando posibilidades, destinos, aspiraciones, ofreciendo a sus ocupantes algo a que aferrarse.

He aquí una exquisita combinación de pequeños detalles y misterios extraños tamizados por una de las sensibilidades más destacadas de la narrativa contemporánea.

 

Las llaves  

Seguramente además de los hermanos de Lisa había venido la tribu de sus primos y mi casa debía de estar llena de niños. Cambié de idea y en lugar de meter el auto en la cochera lo estacioné en la calle, porque presentía que iba a tener un enésimo roce con Lisa después de nuestra pelea de la mañana.

     Cuando entré, Rocío, la esposa de Javier, uno de los hermanos de Lisa, estaba saliendo de la cocina con un pastel que depositó, al lado de otro y de varias bandejas de galletas, en la mesa del comedor. Mi suegra estaba sentada en el sillón de terciopelo, rodeada por los primos y hermanos de mi mujer. Le di su abrazo de cumpleaños, que resultó ser un simple apretón de hombros porque le pedí que no se levantara, y después de saludar a mis cuñados me paré un momento junto al ventanal que daba al jardín para ver la turba de niños que jugaban alrededor del columpio y la resbaladilla. Entré en la cocina, donde se habían reunido las mujeres, y las saludé a todas de beso, sin exceptuar a Lisa, que apartó la cara para no besarme, algo que nunca había hecho frente a los demás. Me ruboricé y las voces bajaron por un momento de intensidad. Por suerte Graciela, su hermana menor, salió en mi ayuda, preguntándome por qué llegaba tan tarde. Le contesté que había estado arreglando los libros en mi nuevo estudio, que consistía en un cuarto con cocineta y baño donde apenas cabía. «A ver cuándo lo conocemos», dijo ella, y el bullicio volvió a llenar la cocina y dejé de ser el centro de las miradas. Miré agradecido a Graciela, a quien había juzgado débil y subyugada por sus hermanos, y salí de la cocina para tomarme un whisky.

     En la sala, para no participar en la plática de mis cuñados, me dediqué a preparar unos tragos a los que tenían su vaso vacío. Me gusta servir las bebidas, tanto que mi suegro decía que debería haber sido barman. Hasta cuando sirve, Lisa no puede dejar de dar órdenes. Le gusta estar en el centro de una pequeña multitud y decirle a cada cual lo que tiene que hacer, y siempre he sospechado que sus cuñadas no la soportan.

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