Ficha técnica

Título: La vida me sienta mal. Argumentos a favor del arte romántico previos  a su triunfo   | Autor:  Alberto Santamaría   | Ilustrador: William Humphrey | Editorial: El Desvelo | Encuadernación: Rústica | Medidas: 21 X 13 cm | Páginas: 176 | ISBN: 978-84-942688-9-2 | Precio: 17,00 euros

La vida me sienta mal

EL DESVELO

La pregunta por el sentido de lo romántico es una cuestión recurrente a lo largo del último siglo. Sin embargo, en muchas ocasiones, la expresión romanticismo sólo es útil para cerrar en falso su verdadero sentido radical, es decir: las nuevas políticas sensibles que en el transito del siglo XVIII al siglo XIX introduce. De este modo, en ocasiones, la palabra romanticismo sirve únicamente como etiqueta dormitiva, como tranquilizante académico, cuya finalidad es amansar superficialmente un espacio de por si conflictivo. Pero ¿estamos diciendo algo cerrado, definitivo, cuando decimos romanticismo? Si el romanticismo se nos muestra, a día de hoy, como un espacio inagotable no es simplemente porque los propios románticos dejaran sin definir este lugar, sino que ese carácter inagotable es parte esencial de lo romántico. El romántico se desidentifica, precisamente, de todo aquello que lo pueda reducir a una identidad simple y concreta. He ahí su política sensible. He ahí su economía narrativa. De esta forma, este libro, a lo largo de sus fragmentos, pretende acercarse a lo romántico, desde su contexto previo, detectando aquellos nombres, aquellos textos, aquellos problemas que la política sensible del romanticismo abre y que hoy en día nos queda por pensar. La prosa como problema, el humor nihilista, el viaje contra-ilustrado, la imaginación… son algunos de los temas, y Laurence Sterne, Xavier de Maistre, Friedrich Schlegel, Jean Paul o Leandro Fernández de Moratín, son algunos (sólo algunos) de sus nombres. Por supuesto, este libro no agota ninguno de esos temas, sino que su simple y humilde objetivo es detectar y repensar algunas -y sólo algunas- de las líneas de fuerza del arte romántico previas a su triunfo.

 

EL DESCUBRIMIENTO DEL SEÑOR JOURDAIN

En El burgués gentilhombre Molière nos sitúa frontalmente ante uno de esos personajes desde cuyo ser-delirante es posible leer las acciones de una época: el señor Jourdain. El señor Jourdain es un simple y clásico hombre de la burguesía francesa del momento; buena persona, cándido y algo ingenuo, es cierto, pero con pretensiones de introducirse con buen pie en el peculiar mundo de la nobleza y de la aristocracia de la época. Posee una gran suma de dinero, dado que su padre se enriqueció con el oficio de trapero; oficio que él tratará de ocultar por todos los medios. En cualquier caso, su objetivo principal en la vida será impresionar a las que denomina les gens de qualité, frente a las cuales trata de hacer ver su cultura como medio de aceptación. Sabe, o más bien ha oído, que para lograr su aristocrático objetivo el mejor camino es el de desarrollar una cultura propia o, dicho de otro modo, cultivarse para así lucirse y conquistar a ese notable público. Para ello no escatima en esfuerzos ni en dinero, y contrata tanto a un profesor de música como a un profesor de baile. Ambos tratan de reconducir al burgués gentilhombre, ambos buscan estrategias para educar, pero también para contener, al señor Jourdain. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de sus maestros, éste no sólo carece de dotes para tales artes sino que además carece de gusto y estilo, según narran, lo que provocará situaciones densamente tragicómicas.

     Al inicio de la obra, Molière, en un perfecto modo de condensar temporalmente la acción, sitúa a ambos profesores esperando la llegada del señor Jourdain. La teatralización de los gestos delata, a su vez, una teatralización de las conciencias. Mientras eso sucede, el profesor de música y el de baile, divagan libremente en torno a su trabajo y, sobre todo, acerca de su relación comercial con el burgués gentilhombre. «Los dos hemos encontrado un hombre tal que nos conviene. Rica renta es la que nos proporciona el señor Jourdain -dice el profesor de música- con sus quimeras de galantería y nobleza». Y más adelante describe con una sutil superficialidad la propia superficialidad del señor Jourdain: «Verdaderamente nues-tro alumno es persona de pocas luces, que habla de todo a derechas y torcidas, y que nunca aplaude sino a deshora; pero su mucho dinero corrige su poco ingenio. 

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